jueves, 22 de marzo de 2012

Karina Jelinek

Karina Olga Jelinek Yamaguchi nació el 22 de marzo de 1981 en Villa María, Córdoba.


Ella se llamaba Olga y no quería que nadie lo supiera. Olga era un nombre sin glamour, de vieja, de fea, maldita la hora en que su padre austríaco le había puesto Olga, Karina Olga. ¿Por qué no Karina Giselle? ¿O Karina Belén? Nadie más que quienes lo sabían tenían que saber que ella se llamaba Olga. Pero a alguien se le escapó. La tele todo lo puede y la insistencia cómplice del productor de un programa fue suficiente para hacerle abrir la boca a algún allegado bocina. Cuando Pettinato le preguntó “¿no te gusta que te digan Olga?” ella no supo qué responder. No podía decir que sí, siempre se había negado a llevar ese nombre. Tampoco que no, porque era cierto. Como tantas veces, no supo qué pensar. No supo qué hacer. Se fue.
Ella le vendió la exclusividad de la imagen de su culo a una marca de pastillas para adelgazar. Y por mucho tiempo no pudo mostrarlo. Lo tenía embargado. Se entregó, entonces, a las gorgonas redondas de su pecho, tan imponentes y artificiales, iguales a tantas otras de otros pechos, iguales una a la otra. Durante algún tiempo ella fue frente sin dorso. Y fue como si a Piazzolla le hubieran escondido el bandoneón o a Palermo, prohibido patear al arco. Trasero esquivo… Todo por culpa de una exclusiva.
Ella supo pronto que muchas veces no sabía qué contestar. Y aprendió un comodín: “Lo dejo a tu criterio”. Desde entonces lo usó para todo, ya fuese que le preguntaran si era mejor como actriz o como modelo, si le parecería bien hacer un “desnudo cuidado”, qué opinaba de las recientes declaraciones de Stefanía Xipolitakis o cuál era la capital de Italia. Ella respondía “lo dejo a tu criterio”. Y advirtió que el recurso funcionaba. Y le gustó.
Ella cuenta que no endosó un cheque y le puso dedicatoria, que no mezcló un alfajor con un ácido en la secundaria y que no demandó al tipo que le dijo Olga. Tal vez le parezca elegante decir que no. Ella dice que fue a París “y todos hablaban en Francés” que no es “de la generación de leer libros”, que su nombre artístico “es Karina Jelinek” pero su nombre real es “Karina Jelinek”. Ella…
Ella se casó con un multimillonario de rodete. Fue la princesa rosa de Leonardo. Él le compró anillos de diamantes grandes y caros como el Taj Mahal, autos lucientes y veloces para pasear por Palermo y otros distintos que hicieran juego con Puerto Madero, una mansión con habitaciones en las 23 provincias, tal vez viajes o caprichos. O un kilo de helado en Freddo. O un pony. La llevó de paseo a Miami para declararle su amor en Cancún. Eso es clase. Él no le hacía preguntas, al menos no en situaciones de exposición pública. Y ella, a él, no le respondía “lo dejo a tu criterio”. Enamorados, separados, tatuados o insatisfechos. Qué importancia tiene. Era una historia de amor y mucha plata en la que ella siempre fue, básicamente, un amor.
Ella, ligustro imponente, india oliva japonesa, fatal monumento exótico, flor de upite, flor de tetas para hincarles bien el ojo, partirla en dos como un queso, hacerle saltar los piojos, darle del suelo al pescuezo, pasarla por bayoneta y si quiere gritar, que grite.

Publicado en el diario La Unión del 22 de marzo de 2012.

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