jueves, 27 de octubre de 2011

Lula

Luiz Inácio Lula da Silva nació en Caetés, Pernambuco, Brasil, el 27 de octubre de 1945.


Católico practicante no soy. Ni no practicante, no jodamos. Pero la historia es buena. El padre, el hijo, el espíritu santo. La famosa Santísima Trinidad. Que, anunciada por los profetas hebraicos en tiempos inmemoriales de miles de años antes del cero, aterrizó en Latinoamérica dos milenios después; la escritura, los capítulos, los versículos y los libros se hicieron hombres de una trilogía –no digamos “trinidad”, en este caso, para que no se enojen los curas y los creyentes, total para nosotros es lo mismo— cimarrona, que se escapó de los amos del Universo y se les embraveció. Tres y uno, tres que cada uno es él mismo y los otros dos, y no lo es, a la vez, como dice la Biblia. El padre Hugo, temido de los dioses marmóreos que insisten con ese asunto del Olimpo. El hijo Néstor, que al tercer día resucitó de entre los muertos y se hizo evangelio mientras la Gorda amenazaba en vano con el apocalipsis. Y Lula, el espíritu santo, omnipresente y omnisciente, espíritu obrero que santifica, el halo que destella en los retratos de familia.
No hay forma de explicar con contundencia indiscutible esas cosas que pasan en otra parte. Brasil es el paraíso de los digitados discursos opositores argentinos porque queda lejos, no está acá. Hace unos cinco años, en tiempos de campaña para la reelección, justo yo andaba por allá. Lula gobernaba desde 2003. Mariano, el dueño del hotel, un pibe de 26 años que había heredado todo lo que era y tenía, sufría por el futuro del país, culpa de su presidente. “Puede perder. La gente está cansada. Este hombre le está haciendo mucho daño a Brasil”, juzgaba Mariano en español, gracias a Dios, y no en ese amague de idioma comprensible que es el portugués. “Ha acostumbrado a la gente a no trabajar”, decía entre trago y trago de un vaso largo que no había llenado él ni tampoco lo había llevado a la mesa. Se quejaba de que ya no conseguía mozos idóneos para su restorán ni mucamas ni ayudantes de cocina. Botones, por supuesto, no le hacían falta. “Vienen durante el verano, aprenden el oficio. Pero cuando termina la temporada de buenas propinas, se van. No les interesa conservar el empleo. Les da lo mismo hacer cualquier otra cosa”, lamentaba, indignado. Era septiembre. En octubre, Lula sacó el 60 % de los votos y barrió con el presunto opusdeista Gerardo Alckmin. La trinidad latina fue más que la vaticana. Los buenos les ganaron a los malos. Mariano, igual, se iba a Australia, a surfear. Así es la cosa. Cada uno decide de quién está a favor.
Pero sepa, cada quien, que sea como sea, Lula está en todas partes. En los obreros que hoy, acá y allá, pueden más que en 2003. En los dirigentes que no se resignan a hacer mantenimiento de caminos, que aspiran a utopías y gestionan realidades. En los que no se cansan por perder elecciones, empleos, sus padres, su infancia, una esposa, un hijo. En los que eligen pelear junto a los compañeros y no llevarlos de la correa. En los que se embarran el nombre militando. En los que lo conocen por la tele y creen que es bueno porque los malos que le cuentan se lo han dicho. En los discursos infames de Alfonsín y el Cabezón asesino. En todas partes. Así es el espíritu santo.

Publicado en el diario La Unión del 27 de octubre de 2011.

jueves, 20 de octubre de 2011

Bela Lugosi

Béla Ferenc Dezső Blaskó nació el 20 de octubre de 1882 en Lugoj (hoy, Lugos), Transilvania, entonces parte del Imperio Austrohúngaro, hoy Rumania. Murió el 16 de agosto de 1956 en Los Ángeles, California, Estados Unidos.


Vamos a evitar la bastardilla porque la cita es larga. Se trata de una entrevista a Bela Lugosi, a la antigua, en la que el entrevistador es lo de menos, y que no publicó el Reader’s Digest. Esto dice.
No es cosa de todos los días encontrarse con Drácula muerto, sentado en su sillón. Ahí estaba el Conde, seco como casco de avellana, sin cruces ni estacas, ajos o espejos que justificaran su deceso. En su capa, la cara blanca, el pelo negro profundo, los brazos magullados y el corazón quieto. Iba a ser mi segundo día de entrevista y terminó siendo el final del reportaje. “Venga, hablaremos”, me había dicho al fin Bela Lugosi cuando logré importunarlo lo suficiente. Creo que dijo eso, en realidad no se le entiende nada cuando habla con ese acento imposible de cosaco. Quiero decir: no se le entendía; ahora ya, como en tantas de sus películas, no habla. Su esposa, Hope, es una mujer joven, no muy bonita. Dicen que lo acosó con cartas, llamadas y mensajes incluso mientras se encontraba internado tratando de rehabilitarse de su adicción a los calmantes. Pero qué quieren, si el hombre era un viejo feo, medio loco y que pasó la mitad de su vida disfrazado de monstruo o espectro. “Bela no está bien. Tiene muchos dolores. Pero inténtelo. Él no tiene muchas personas con quien conversar. Usted sabe…”, me dijo. Y, sí, yo sabía: no se le entiende nada. La casa de los Lugosi es oscura. Me pregunto si será realmente así o él la ambientó para la ocasión. “Mire esto”, me invitó Bela mientras agitaba unos papeles en su mano. Yo no miré, escuché. Me esforzaba. 35 años en América, pensé, y no pudo aprender la lengua, ¿qué clase de actor es este tipo? Él siguió hablándome: “Vea: se llama ‘El zombie va al Oeste’. Mi próximo filme… Este chico, Ed Wood, es un buen chico. Pero un estúpido, un inútil. Yo le debo mucho, ¿puede creerlo?, a semejante imbécil”. Cambió de tema. Todo el tiempo lo hacía. “No entiendo qué quiere la gente. Míreme. Soy el Conde Drácula. Soy Bela Lugosi. Pero parece que ya a nadie le importa. Karloff es un farsante. Yo no quise interpretar a Frankenstein. Si a él le pareció interesante hacerse famoso con dos tornillos en el cuello, allá su vida. Un tipo amable, fuimos buenos amigos. Hace tiempo que no lo veo. Pero actuar con él es insoportable. Karloff siempre supo hacer negocios con los estudios. Yo soy actor”. Lugosi se levantó, sacó un frasco del cajón de un chifonier, pareció advertir que se había olvidado de mí, y volvió a guardarlo. “La ciática. Nadie puede entender lo que son 20 años de dolor profundo. Es inhumano”, se quejó. “Ninotchka fue una gran película –se distrajo, como iluminado—. Greta es hermosa. Me engañaron, como siempre. Semanas en el plató, trabajando. Qué escenas. Brillé. Después las cortaron y yo casi no aparezco. En los créditos sí. El nombre de Bela Lugosi, eso es lo que quieren. No entiendo a la gente. Creen que soy el Conde Drácula. Y no. Yo soy actor. Un gran actor”. Volvió a levantarse, volvió al cajón (al del chifonier), llamó a su esposa. “¿Por qué no dejamos, por ahora, y continuamos mañana, o en unos días?”, me invitó con cortesía.
Cuando volví a ir, el Conde estaba muerto, en su sillón, con su capa. Su ex mujer Lilian y su hijo Bela quisieron que lo enterraran con ella. Bela Lugosi descansa en paz, disfrazado de Drácula, en el cementerio de Culver, en California. Así de pronto terminó mi reportaje.

Publicado en el diario La Unión del 20 de octubre de 2011.

jueves, 13 de octubre de 2011

Neil Aspinall

Neil Stanley Aspinall nació en Prestatyn, Gales, el 13 de octubre de 1942. Murió en Nueva York, Estados Unidos, el 24 de marzo de 2008.


Será porque siempre queremos más, por la angurria que da el placer y que hace que cuanto más disfrutamos más sea insuficiente. Será por eso que hace medio siglo que la humanidad está buscando o queriendo ponerse de acuerdo acerca de alguien que sea “el quinto beatle”. Es así, es el placer, me das cada día más y cuando no, eh, ¿qué pasa? Cuántos jugadores de fútbol fueron “el Pelé blanco”, porque con el Pelé negro no alcanzaba. Los Beatles son –eran (son)— cuatro. Pero, ah, si fueran cinco, mirá si fuera que hubieran sido cinco. ¿Quién será el quinto beatle? Neil Aspinall podría serlo. Quizá no tanto como George Martin, el productor inmenso, el que los “descubrió” para la EMI, grabó sus discos, arregló canciones, tocó en varias de ellas. O como Brian Epstein, el manager enamorado, el groupie de John que los hizo famosos a destajo. Podría serlo, Neil Aspinall, tal vez a la par de Pete Best, el baterista fundacional que por perro se quedó afuera de la historia –escucharlo tocar Love Me Do en el Anthology I basta para entender por qué lo rajaron— , o de Stuart Sutcliffe, muy quinto beatle en su momento, cuando era el bajista de la banda que entonces era un quinteto, tipo bien trazado, el primero que echó flequillo y se cortó el pelo con la taza, cuyo gran defecto era que no sabía tocar el bajo. ¿O por qué no del gran Billy Preston, el organista negro que se sumó como un músico más del grupo –aunque no como un integrante más—a la grabación del disco póstumo? O Mal Evans, Jimmy Nicol, Derek Taylor, el que sepa quiénes son, bien, y el que no, no importa, o averigüe; cual más, cual menos, todos enrolados en el quintobeatlismo. Y Yoko, claro, evidente quinto beatle en muchas escenas de la película Let it be. Podría ser, Neil Aspinall, el quinto beatle. De entrada, de hecho, fue el cuarto, compañero de Paul y George en el Liverpool Institute y de John también en el grupo que a la par del guitarreo –ciencia infusa para los otros tres, misteriosa para Neil— transcurría la vida entre trapisondas de Jackass y humo de canutos. Podría decirse que era el primero (de derecha a izquierda; estamos en Inglaterra) en la camioneta que recorría el país, nunca muy lejos de Liverpool, las 24 horas del día, los siete días de la semana, él en el asiento del conductor, John o Paul en el de acompañante y los otros tres atrás, entre los amplificadores. El primero, o el quinto, cuando murió Brian Epstein y él pasó de chofer a director de Apple Corps, la compañía de negocios creada por los Beatles (porque, sépanlo, Steve Jobs no invento nada). El último, o el primero, cuando en un recoveco de The Cavern le hizo un hijo a la mamá de Pete Best. ¿Será, nomás, Neil Aspinall, el quinto beatle? En algo aventaja a Martin, Epstein, Taylor, Yoko y todos: él estuvo siempre, del  primer al último día, desde aquellas andanzas de secundario hasta la producción de Anthology en los 90. ¿Será, entonces, él? ¿Quién será el quinto beatle, me pregunto, definitiva aunque no exclusivamente? Porque el cuarto es Ringo, sin dudas. Igual que George Harrison, el tercero. Pero el segundo tampoco está tan claro. McCartney no tendría problemas en afirmar que es Lennon. Y Lennon está muerto.

Publicado en el diario La Unión del 13 de octubre de 2011.

jueves, 6 de octubre de 2011

Roland Garros

Roland Garros nació en Saint-Denis, capital de la isla de Reunión, territorio francés en el Océano Índico, el 6 de octubre de 1888. Murió en Ardenas, Francia, el 5 de octubre de 1918.


Cómo las personas se transforman en nombre y esos nombres se quedan después sin el individuo que les dio existencia, ¿no? Venís por Camino Negro, cruzás Puente La Noria y agarrás General Paz. Primero está Roca, para ir al Autodromo (mi tío Cacho decía así, lo acentuaba grave al Gálvez, y él vivió casi toda su vida en Lugano, así que debía saber); después, Cruz, que te lleva al Jumbo. Un coronel y un general. Molina Arrotea fue cura, poeta y congresista en Tucumán antes de desembocar en Juan XXIII. Grigera, hábil chacarero primero, malhadado político luego y finalmente plaza. Porque Grigera, harto sabido es esto, no es nombre de persona ni personaje, sino de plaza. Igual que Roca, Cruz y Molina Arrotea son nombres de calles y no de coronel, general o cura. Nombres que se apropiaron de sí mismos.
Así le pasó a Roland Garros que, como todos conocemos, es un campeonato de tenis. ¿Qué habría pensado el aviador de la Primera Guerra, pionero del cruce sobre el Mar Mediterráneo, si alguien le hubiera predicho: “Serás torneo de Grand Slam. Sobre polvo de ladrillo”? Seguramente, que no; que su destino no era de estadio y trofeo sino de héroe de batallas. Que para eso había transformado su carrera de piloto experimental en militar, había pensado antes que nadie en blindar la hélice de su nave para poder disparar su ametralladora de frente sin riesgo de derribarse a sí mismo, había muerto en combate un día antes de cumplir 30 años. Pero el destino, viejo, es el destino. Garros le daba a la pelotita amarilla –que entonces no era amarilla sino blanca— de vez en cuando, como hobby. Eso y el décimo aniversario de su muerte fueron argumento bastante para bautizar el estadio donde, desde 1928, se jugaría y se juega el Abierto de Tenis de Francia. Roland Garros así perdió su ser de casquete y antiparras. Y su imagen la prestó para siempre. Su rostro fue el de Henri Cochet, campeonísimo francés, el primero que levantó la copa en el estadio. Y el de los australianos liderados por Rod Laver. De Björn Borg inexpresivo e invencible. De Rafa Nadal apabullante. De las chicas: Helen Wills en un prinicipo, Margaret Smith durante años, Chris Evert, Steffi Graf, Monica Seles, Justine Henin, todas campeonas una y otra y otra vez. De dos argentinos, dentro de todo, Guillermo Vilas, el que por más diferencia ganó la final, y Gastón Gaudio, el único profesional que la ganó habiendo perdido un set 6 a 0. Roland Garros fue todos ellos y nunca volvió a ser él. Quien es muchos no es nadie. Roland Garros no es nadie. Hay, sí, un piloto que cruzó el Mediterráneo de Francia a Túnez en su Morane-Saulnier, fue aviador de carreras y luego de guerra, bajó dos alemanes en 1915 antes de caer prisionero, tardó tres años en escapar, derribó otros dos en 1918 y crepó baleado por el fuego enemigo sólo un mes antes del final de la primera gran guerra, redondeando un score de 4 a 1 que, de todos modos, no pudo celebrar en forma. Pero ése no es el Roland Garros que conocemos. Poné “Roland Garros” en el buscador de imágenes de Google y vas a ver. De hecho, no sabríamos nada de él si no fuera por su homónimo, una popular cancha de polvo de ladrillo con Salata en la tribuna. Un evento, una situación que se repite año tras año, un peloteo, un cambio de lado, quizás un tie-break, una copa y un discurso, nadie.

Publicado en el diario La Unión del 6 de octubre de 2011.