jueves, 1 de marzo de 2012

Benito Quinquela Martín

Benito Juan Martín, luego Benito Juan Martín Chinchella y por último Benito Quinquela Martín, nació el 1º de marzo de 1890 y murió el 28 de enero de 1977, en la Ciudad de Buenos Aires.


Si lo que dice acá arriba, a apenas una calle de diseño (antes se decía diagramación y sin embargo era lo mismo; debe de haber cambiado el nombre nada más, como cuando le pusieron Tavano a Virgilio) de distancia, es totalmente cierto, va a ser por suerte, casualidad o destino. La verdad es que no se sabe probadamente dónde, cuándo y quién nació aquel marzo. El dónde es una aproximación basada en probabilidad. Si a la criatura la dejaron en la puerta del Hogar de Niños Expósitos, actual Hospital de Niños Pedro de Elizalde (otro que cambió de nombre, como Benito mismo), en  la esquina de Caseros y Montes de Oca, a una cuadra de la estación Constitución, lo más probable es que haya nacido no lejos de allí. El cuándo lo determinaron los médicos del hogar que lo midieron, lo pesaron y concluyeron: “Este chico tiene 20 días”, y era viernes  21. Y el quién fue decisión de los curas que, con autoridad de cura, lo bautizaron Benito Juan Martín, se dice que porque el bebé llegó con un papel que traía escrito ese nombre, o tal vez no. Traía, eso sí, medio pañuelo bordado, la mitad que le tocó guardar del misterio de su origen. Suele suponer la gente que quien guarda un misterio conoce la verdad verdadera tras el velo. Pero a veces no es así y el guardián sólo posee el misterioso misterio. Cuando Benito tenía siete años, los carboneros Manuel y Justina Chinchella se lo llevaron de la Casa Cuna a que fuera hijo de ellos. Y fue Quinquela. Los carbones de la Boca fueron su primera primitiva arma de artista. Y fue pintor.
Marineros y estibadores cargan y descargan ahí del Puente Viejo. Un buque en ruinas se va deshaciendo bajo la tormenta.  Las barcas descansan, se amontonan y se reflejan en el agua todavía posiblemente azul del río. Don Quinquela pintó barcos, Riachuelo, puerto y portuarios. Apenas pintó otras cosas que, de tan pocas, se cayeron de su biografía. Muchas veces al fondo está Avellaneda, el Docke, este lado del río. El escenario es el otro, las Barracas al norte, los colores de la Boca urgentes en su espátula, porque Don Quinquela tras la iniciación pronto desechó el pincel despacioso, cauto y fino. El puerto no es fino.
Es Don Quinquela porque lo aprendimos de viejo. Así está en las fotos, las estampillas y la película en la que Arturo Puig se debate entre la 9 de Boca y Susana Giménez: un duende con cuatro pelos locos y un hongo como nariz crecida por los años, como el de la Canción para los días de la vida. Pero en lugar del violín que nunca calla, la espátula refalosa que sacaba a pasear colores y también era igual a las guirnaldas. Quinquela Martín se hizo viejo en el tiempo que tardó el arte, siempre tan culto, para entenderlo. Entretanto vivió de lo que pudo y a veces de lo que no pudo, expuso hasta por la fuerza e imaginó Caminito de fachadas coloreadas, como una callejuela hecha con todas las cajas de Rasti, allí donde antes había puro cardo y vía.
Como si hubiera querido compensar su primera infancia entre sotanas negras, curas y doctores de blanco, Quinquela pintó al pueblo en mil colores y fue hijo natural del puerto y la Boca.  Obreros, río y barcos que pintó su mano irrefrenable colorearon el ataúd en donde lo acostaron finalmente. La vida no podía ser gris para Quinquela. Menos, la muerte.

Publicado en el diario La Unión del 1º de marzo de 2012.

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