jueves, 26 de abril de 2012

Carlos Bianchi

Carlos Arcecio Bianchi nació el 26 de abril de 1949, en la Ciudad de Buenos Aires.


Levantó el tubo gordo del teléfono púbico anaranjado, metió el cospel y discó. Trrrrr… trrrrk… seis veces. Muchos años más tarde, a ese mismo lugar llamaría por celular (y con el 4 adelante en la característica). La campanilla larga y pausada sonó dos o tres veces. Y atendió Dios.
–¿Quién habla? –preguntó Dios por educación, porque sabía.
–Yo … Carlitos.
–¿Y qué querés?
Dios es misericordioso pero de pocas palabras.
–Jugar bien a la pelota, Dios. Hacer goles. Pero soy medio patadura, no sé gambetear.
–A ver, Carlitos, decime: ¿qué parte del cuerpo es más importante para jugar bien a la pelota?
–Y… Los pies. Son los pies, ¿no?
–No.
–¿No?
–No. No son los pies. Es la cabeza.
–¿La cabeza? ¿Para hacer goles de cabeza?
–No, Carlitos. Para pensar. Lo más importante en el fútbol es pensar. Vos pensá, Carlitos. Pensá y salís –le dijo Dios, que tenía la cara de Alejandro Urdapilleta y se le veía aunque estuviera hablando por teléfono porque es Dios.
Carlitos pensó y empezó a meter goles. Montones. No era muy alto, habilidoso o superveloz, no tenía una pegada especial, era algo miope y se veía que iba a quedarse calvo. Pero sabía dónde estar y qué hacer para mandar la redonda a las piolas del arco. Hizo pilas de goles. A los 18 años debutó en la Primera de Vélez y a los 20 ya era el goleador del equipo. Esos locos que llevan las estadísticas de toda la historia del fútbol suelen discutir si Labruna tiene el récord de goles con 293 o Erico hizo 295. Carlitos en la Argentina metió 206, pero regaló ocho años durante los cuales jugó en Francia. Y allá clavó otros 179. Hagan cuentas.
Pese a tanto, nunca pudo destacarse en la Selección. Dios no es como el diablo de Goethe pero tiene lo suyo. Por algún lado te cobra. Si no, todos seríamos Messi y Paul McCartney. Carlitos jamás jugó un Mundial. Por una u otra cosa, los entrenadores del seleccionado siempre eligieron a otro.
La historia de Carlitos técnico es más sabida, no hace falta explayarse tanto. Siguiendo aquel consejo de Urdapilleta, pensando, armó equipos invencibles, ganó torneos nacionales, copas internacionales y del Mundo. Y las veces que la cosa se puso dura, marcó aquel número de teléfono –ahora en su celular– y Dios le dijo “decile al arquero que se tire para allá, que la ataja”. Y el arquero se tiró para allá. Y la atajó.
Carlitos fue el DT número uno de la Argentina casi desde que empezó y para siempre. El más votado en todas las encuestas. El más nombrado y el elegido de los hinchas cada vez que hubo que contratar un técnico nuevo para la Selección. Pero por una u otra cosa, nunca la dirigió. Un día marcó, una vez más, ese número. Quería saber, posta, qué estaba pasando.
–¿Qué querés, Carlitos? –lo atendió Dios. A esta altura ya pasaba por alto la formalidad de preguntar quién hablaba.
–Quiero saber por qué nunca la Selección.
Dios se encogió de hombros, arqueó los labios hacia abajo y frunció la frente.
–Ah, no sé. Ojala yo quiera –dijo Dios, acentuando “ojala” grave– que un día pueda ser. Pero yo no decido. Yo hago lo que dicen los clubes.
“¿Se habrá ligado?”, pensó Carlitos. Dios ahora tenía otra cara: cara de humilde ferretero de Sarandí, ojos chiquitos, mentón corto, papada. Y un anillo grueso de oro que decía “Todo pasa”.

Publicado en el diario La Unión del 26 de abril de 2012.

jueves, 19 de abril de 2012

Luis Miguel

Luis Miguel Gallego Basteri nació el 19 de abril de 1970 en San Juan, Puerto Rico.


–¡Qué voz tiene este niño! ¡Qué maravilla! ¡Si va a ser un cantante extraordinario!
–¿Qué dices? ¿Que vamos a ganar mucho dinero con qué?
Es la mar de fácil imaginarse un supuesto diálogo así, entre padres artistas y allegados del ambiente entusiasmados con lo que daba y prometía la garganta del pequeño Luchito.
Pero no nos circunscribamos a Luis Miguel. Hablemos, mejor, de mi amigo Fabio, un tipo bastante más divertido que el puertorriqueño cantor. A mediados de los 80 todos nos matábamos con Yes, que había venido a tocar a Vélez cuando no existía que viniera una banda extranjera, con The Police, Iron Maiden, los Stones adultos, Peter Gabriel y su Amnesty y, por supuesto Charly García. Menos Fabio. Él era incapaz de nombrar dos canciones de Piano Bar y, aunque tocaba el bajo en una banda metaloide, no sabía diferenciar a Bruce Dickinson de Rick Astley. Hasta Riff le importaba un pito. Lo de él era Luis Miguel. Sacaba –más o menos— los tonos de las canciones en la guitarra, tenía todos los discos, unos cuantos pósters y era de los que iban a la puerta del Hyatt si Luis estaba en Buenos Aires. La primera vez que el pibe cantó en el Luna con la voz gruesa (le tuvieron que cambiar el arreglo del “tú y yo, los dos, el pájaro y la flor”, me imagino), de puro fan hizo correr la bola de que Luis Miguel estaba por salir del estacionamiento y lo sacó a su hermano, el Chori, rubio y melenudo, tapándose la cara con la campera en el asiento de atrás del auto. Hordas de jovencitas enloquecidas se treparon al capó y el techo del Falcon de don Tony (el padre de Fabio, sí) y casi le hacen destrucción total mientras el hermano corría riesgo de asesinato si llegaba a asomar un ojo y saltaba el engaño.
Era inexplicable, porque no éramos nenes, teníamos más de 20 años, tal pasión de un muchacho grande por un carilindo romántico. “Canta como la puta que lo parió”, decía Fabio, y era cierto. Tanto como que él también se volvía loco por Sergio Denis, lo que invalidaba cualquier apreciación musical suya.
¿Por qué lo hacía? ¿Por las pendejas? Seguramente no; su gusto era genuino. Pero es cierto que mientras los demás nos chocábamos las guindas en recitales de Memphis –todo muy lindo, sí, con mucha onda, pero había como mucho una única señorita y estaba con el baterista–, él, gracias a Luismi, se movía en un ámbito mucho más abarcativo del espectro femenino. Y que, a lo largo de casi 30 años, Fabio anduvo gordo, flaco, musculoso, fofo, pudiente, pobre, enamorado, desengañado, dandy y cornudo, pero siempre con chicas a su alrededor o en la mira. Y gracias a Luismi. Y tanto anduvo que llegó a ser experto en novias en los programas de Ari Paluch y Pettinato, consejero de jóvenes despechados por internet y ahora es escritor y sus libros sobre conductas relativas de las féminas se exhiben en los estantes de “Autoayuda”. Todo gracias a Luismi. Y ahora que somos grandes, los demás reconocemos, nos guste o no –mayormente, no—que el puertorriqueño de los dientes con intermezzo y el peinado sospechoso la mueve lindo con las cuerdas vocales. Porque el “que no sabes lo que tú me haces sentir” te pone a 120, la interpretación de “no culpes a la plaia” es tan grasa como impecable y el último fraseo de “Palabra de honor”, es el non plus ultra de los cantores con manicura. Aprendimos a saber que, en el juego que juega, Luismi la rompe. Y fue gracias a Fabio.

Publicado en el diario La Unión del 19 de abril de 2012.

jueves, 12 de abril de 2012

Carlos Reutemann

Carlos Alberto Reutemann nació en la ciudad de Santa Fe el 12 de abril de 1942.


Fue y le devolvió al periodista amigo los varios cientos de dólares que el otro le había dado a ella la noche anterior para que ella los reventara en el black jack. “Tomá –se los devolvió y le dijo— pero nunca más le prestes un centavo”. Él jamás le liberaba el efectivo. Y en esos años no había Banelco. Ella era una chica dispendiosa, de familia bian, que nunca había padecido apreturas y vivía como si la guita fuera el aire. Él era en lo económico un buen partido, un buen nombre y un buen hombre. Pero le faltaba glamour. Ella, quizás, envidiaba la facha loca de James Hunt, la vida de playboy de Laffite, la flmaa tana de Andretti, los lujos millonarios de Merzario, incluso el magnetismo sci-fi de Niki. Y lamentaba, quizá, que de todos el suyo fuese el gaucho que de chico iba a la escuela a caballo y que había aprendido a correr arriba de un tractor y a ser metódico y cauto dándoles de comer a los chanchos.
No le fue mal a Lole en la Fórmula Uno, aunque parecía que sí porque no salía campeón. Con sus maneras de “una duda es una duda y no una instancia a optar” corrió en los mejores equipos, ganó 12 grandes premios y no llegó al título mundial porque el venenoso de Frank Williams le metió el piripipí a su auto en la última carrera de 1981. Seguramente es por eso que lo seguimos viendo más como un ex piloto de F1 que como un político, aun cuando anduvo sólo 10 años sobre Brabhams, Ferraris y Lótuses y en la política ya lleva más de 20 con cargos públicos tan destacados como gobernador o senador de la Nación.
O será que cuando él corría la gente se levantaba los domingos a la mañana para verlo, se fumaba los relatos y comentarios de Cando y Acosta y se hacía malasangre delante de la pantalla hasta que el Lole abandonaba, terminaba segundo o tercero o ganaba. En cambio su política de frialdad y cautela nunca emocionó demasiado a nadie. O es posible que así como en el automovilismo llegó hasta donde llegó y fue bastante, en la política también haya avanzado hasta donde es capaz de avanzar y no es para tanto. Quién sabe. La política es a veces ciencia oculta para las mayorías.
Cosas de la vida: siempre esperamos un logro mayor del Lole piloto. Es que veíamos que tenía con qué, pero no pudo ser. En cambio, el Lole político, de quien no esperábamos ya nada trascendente, nos concedió el logro más grande cuando dijo “vi algo que no me gustó” y se fue a boxes. No hubo Lole y el capocheta, usualmente corto de vista, se creyó que de verdad Néstor podía ser su chirolita. ¿Sabría Lole que al tirarse a la banquina le abría paso a semejante Presidente? Difícil, pero seamos buenos y pensemos que sí. Que igual que aquella vez en la carrera de Brasil, cuando le mostraron el cartel de “JONES-REUT” y él no obedeció porque sabía que ganaba, en las elecciones de 2003 le mostraron el de “REUT-KIRCH” y tampoco le hizo caso porque entendió que ganábamos todos. No es verdad, pero vamos a hacerle este regalo en reciprocidad porque él puso su parte para regalarnos aquel Néstor, y ya que es su cumpleaños.

Publicado en el diario La Unión del 12 de abril de 2012.

jueves, 5 de abril de 2012

Cacho Tirao

Oscar Emilio Tirao nació en Berazategui, provincia de Buenos Aires, el 5 de abril de 1941. Murió en la Ciudad de Buenos Aires el 30 de mayo de 2007.


Cuando los diarios vengan con música va a ser más fácil. No sería nada raro. Tanto escorchan con “el final del diario en papel” que nunca pasa y nunca va a pasar, ¿por qué no pensar al revés, en “el comienzo del papel con Internet”? Y ahí va a ser más fácil. Porque ésta es una historia que viene con música de fondo: la del mejor Adiós Nonino en una guitarra sola que existe, dulce, envolvente, avasallante, lleno de notas y de música. Buscás esa versión, metés play y entonces sí, te ponés a leer.
Esta historia, además, empieza casi cuando termina. El 16 de diciembre de 2000, Cacho Tirao tocó Adiós Nonino en la Casa de la Cultura de Adrogué. Lo tocó como lo había hecho 30 años atrás integrando el Quinteto de Astor Piazzolla pero solo, porque Tirao solo sabía sonar como un quinteto de cámara. Tocó por milésima o millonésima vez en sus 53 años de trayectoria artística, 59 de vida. Tocó Adiós Nonino para terminar el recital, se levantó del taburete y no saludó al público porque cayó fulminado por un rayo cerebrovascular que le dejó inerte la mano izquierda, la que sabía volver viruta los diapasones.
En los tiempos en que Cacho Tirao empezó, a los músicos como él difícilmente se los veía. De tanto en tanto sí, en algún teatro, o los que eran verdaderamente entendidos y seguidores. Si no, el hábitat era el disco o la radio, ambos en soporte negro, ése que en las clases de física de tercer año nos enseñaron que era ausencia de color y no uno de ellos. Cacho, velocista preciosista, arreglador sorprendente (acá poné stop, buscá Berimbau, de Baden Powell, por Tirao, y vas a entender de qué se trata este asunto), capaz de hacerte de una guitarra una orquesta polifónica o un atardecer en Hokkaido, conseguía que, escuchándolo en un disco, vieras sus dedos macizos trajinar el diapasón. Algunos, pocos, legos, decían que era un defecto, una desprolijidad que se oyera algo más que no fuera la cuerda pulsaba. Otros cerraban los ojos y le veían los dedos. Y cuando se puso a tocar una vez por semana en la televisión de cuatro canales grises, vieron que era cierto y que era bueno. Con las grabaciones que sacó mientras salía en la tele vendió un millón de discos. Un millón. Diez millones de dedos. Cuatro millones de dedos zurdos pisando tripa de la prima a la bordona, como decían Alfonso y Zavala.
Esa ponchada de dedos fue que se quedaron quietos aquel diciembre. “No toco más”, pensó Cacho que decidía. Tanto había hecho ya que le pareció suficiente. Para qué más conciertos, viajes, discos, escalas y armonías. Pero su siniestra tenía ideas propias. Se entrenó como Rocky en el frigorífico, tamborilenado y dibujando arañas sobre un diapasón sin guitarra. La fue corriendo de atrás a la diestra hasta que consiguió alcanzarla. Rehízo los callos. “Agujas clavadas en los dedos”, decía el dueño de la mano que sentía después de cada día de entrenamiento. Decía que sentía. El asunto iba bien.
Al final del final, la mano zurda grabó el último disco, volvió a llevar a su jefe a un escenario, dejó así de chiquita una guitarra nueva. Y apenitas después dijo “ya está”. Esa mitad de Cacho Tirao que había hecho el camino de ida y vuelta al cementerio cantó –o, mejor, tocó— diez de última y se llevó a Cacho Tirao entero. ¿Para qué más armonías, escalas, discos, viajes y conciertos?
Poné stop, que terminó la historia. O, si querés, seguí escuchando el diario.

Publicado en el diario La Unión del 5 de abril de 2012.