jueves, 9 de febrero de 2012

Víctor Sueiro

Víctor Sueiro nació el 9 de febrero de 1943 y murió el 20 de junio de 1990 y el 13 de diciembre de 2007, en la Ciudad de Buenos Aires.



Tía Estela,
te escribo ahora que no estás con la ilusión de que puedas leer esta carta y perdonarme. Es improbable, pero siento que aun así tengo más chance de que atiendas a mis palabras que cuando estabas en casa, conmigo. Era difícil, Tía Estela, hablar con vos sólo durante las propagandas e interrumpir cualquier argumento apenas aparecía la placa del 13. Cuando llegaba el otro corte uno ya había perdido el hilo, tenía que empezar de nuevo. Sería por eso, Tía, que nos pasamos la vida discutiendo sin ponernos de acuerdo. Y ahora que estoy solo pienso que tenías razón. Y me gustaría que lo supieras; qué meta absurda, ¿no, Tía Estela? El equivocado era yo.
¿Cómo le podías creer a Víctor Sueiro, inventor de noticias, fenómenos, entrevistas y entrevistados? Eso pensaba yo y te lo decía a los gritos. Y vos: “Yo le creo. ¿Por qué no puede ser cierto?” Vos con tu irracionalidad inquebrantable que me volvía loco. Sueiro le decía “la mamita” a la Virgen María (a mí me hacía reír porque me acordaba de Francella con Silvia Kutika en “De carne somos”), televisaba cielos santos con dos soles, jesuses que lloraban, sanaciones milagrosas. ¡Sueiro decía que se había muerto asomado al Paraíso y vuelto! Me volvía loco. Y vos: “Para mí es un buen hombre. Tendrías que ser menos incrédulo”. Loco, Tía, me ponían él y vos. ¿No te dabas cuenta de que ese tipo, mucho antes de sus milagros, había sido de los que sostenían, en la revista Gente, que la verdad es lo que sale en la nota y no a la inversa? ¿Que antes de relatar a la mamita le escribió los libretos a Olmedo? ¿Que según sus muchos amigos era divertido y ocurrente? ¡Ocurrente, Tía! ¿No te dabas cuenta? Pero, claro, todo esto no te lo podía decir porque aparecía la plaquita de “La Tele” y vos “¡sshhh!”, me mandabas callar, que volvía Víctor con sus misterios y milagros. Me daba bronca, Tía. Pero ahora que no te tengo conmigo me doy cuenta de que estabas en lo correcto. Porque, ¿qué es la vida, Tía Estela, sino lo que percibimos? Lo que uno siente es lo que es. Yo decía que Sueiro era un mentecato. Ahora que veo todo más claro digo que era un tipo tan considerado que nos daba la posibilidad que él no tenía, de creer en esas maravillas. Porque él sabía todo: lo que se veía en la tele y la parte de atrás, la invención, lo turbio. Nosotros sólo la imagen feliz y, si queríamos, la hacíamos nuestra. ¿Se forró de guita vendiendo sus entelequias? Cierto. ¿Y qué hay de malo? Todos aspiramos a ser bien compensados por lo que damos, en esta vida o en otra. Otros se llenan los bolsillos promoviendo guerras, también en base a ilusiones. Él, a cambio, te daba algo que si lo creías era cierto y te hacía bien. Él fue del otro lado y volvió, prefirió estar vivo y mostrárnoslo. Ser un muerto no era para él. Él era un vivo. El más vivo de todos. Hasta que se murió, claro. Nadie zafa para siempre. Todos seremos polvo, como el Gallego Sueiro, vos y yo tal vez mañana. Pero entretanto hay que seguir viviendo, tía. Honrar la vida. Así que me voy al billar, que los muchachos me esperan. Vuelvo a eso de las 11 y nos clavamos un par de horas de Tinelli que está que arde, ¿te parece? Bah… No sé para qué me caliento en preguntarte, Tía Estela, si vos en tu puta vida leíste dos líneas juntas, lo único que hacés es mirar tele e ir a misa, te vas a morir rezando. Después nos vemos.
Tu sobrino.

Publicado en el diario La Unión del 9 de febrero de 2012.

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