jueves, 4 de agosto de 2011

John Venn

 John Venn nació el 4 de agosto de 1834 en Kingston upon Hull, Yorkshire, Inglaterra. Murió el 4 de abril de 1923 en Cambridge, Inglaterra.


Estamos en años de la Inglaterra victoriana. Los padres deciden cuál será la vocación de sus hijos, y los maestros les atizan los nudillos con varas rigurosas.
En casa del reverendo Henry Venn, el viudo rector de la parroquia de Drypool, el joven John reúne objetos. Empieza por frutas –ése siempre es el primer paso, como se demostrará más adelante, al correr de los años—: naranjas con naranjas, peras con peras, limones con limones. Luego intenta aunar los cítricos. Lleva las naranjas adonde están los limones. Ahora las frutas de color amarillo, y toma los limones para acumularlos con las bananas y una manzana golden que le había quedado suelta. Pero así los cítricos se le disgregan. Se preocupa. Intenta rejuntar las frutas secas y no encuentra ninguna. Considera, entonces, que el rejunte de frutas secas ya está completo. O no. No lo sabe. Anda por ahí su abuelo, también John Venn, también reverendo. “Qué andás haciendo”, le pregunta, en inglés, lógico. “No sé”, miente Johnny. “Me está haciendo falta algo”, dice ahora la verdad. “Qué cosa”, insiste el reverendo. “No sé”, vuelve a decir, pero esta vez, también, es cierto.
En la escuela –puede ser la prestigiosa Highgate School, donde John iría a estudiar en su adultez, precoz como se estilaba entonces, o alguna otra, da lo mismo—, el maestro les pide a sus alumnos que dibujen “un conjunto de lápices” (¿por qué lápices? No lo sabe. Era lo que tenía a mano y se le ocurrió eso). Los niños garabatean. “Veamos”, dice el maestro. “Éste es un conjunto de lápices”, y señala los que hizo un niño, que probablemente se llama Timothy, en la pizarra. “¿Y estos otros?”, pregunta Timmy, señalando más lápices que otro niño hizo en la cercanía pizarral. “Otro conjunto”, responde Mister Donahue (el maestro). “¿Por qué son otro y no el mismo?”. Timothy es un pequeño impertinente. “Porque los dibujó otro niño”, asevera el docente. “Pero son lápices”. El maestro se araña las sienes. Vara en mano, golpea los dedos del chico. “¡Clase de historia!”, anuncia, imperativo. “A ver, ¿cómo llamaba Henry VIII a su esposa –pregunta con malicia—. ¡El que no responda bien se las verá con mi vara!”
Henry Venn quiere que John sea reverendo, como él y su padre. Al muchacho, sin embargo, le interesan más las ciencias que la religión. En particular, la lógica, que estudiará en Highgate y más tarde en el colegio de Gonville y Gaius, de la Universidad de Cambridge. Pero en la Inglaterra victoriana los padres deciden cuál será la vocación de sus hijos. A los 25 años, John será sacerdote de la Iglesia Anglicana. Con la sotana puesta, igualmente publicará sus textos sobre lógica que no son considerados en general demasiado importantes en el desarrollo de la ciencia. En particular, algún tema sí.
En la parte más relevante de esta historia, John apenas ha pasado los 30 años de edad. Por ahí andan, apiladas, naranjas y peras. Toma un lápiz y traza un círculo. Y otro. Y otro. “¿Y eso?”, le pregunta ya no su abuelo, tal vez Henry. “Es un diagrama”, contesta él. “¿Un diagrama de qué?”, insiste el reverendo. “Un diagrama mío”.
Pasa el tiempo. Llega 1989. En el comedor de los profesores de Gonville y Gaius, un ventanal coloreado con los tres archifamosos círculos entrelazados rinde homenaje a Venn y su diagrama. Inglaterra ya no es la de la Reina Victoria, sino de la “Dama de Hierro”, y algunos profesores siguen agitando la vara.

Publicado en el diario La Unión del 4 de agosto de 2011.

jueves, 28 de julio de 2011

Hugo Chávez

Hugo Rafael Chaves Frías nació el 28 de julio de 1954 en Sabaneta, estado de Barinas, República Bolivariana de Venezuela.


Cómo le va, comandante. Lo tengo que saludar así, me sale así. “Aló comandante” sonará muy bien en su país, pero acá el “aló” ése es una payasada, suena a Erika Wallner en una telecomedia de hace 35 años. Por eso mejor me sale el “cómo le va”, muy usual por estos lugares. Y el “comandante”, que sé que me va a poner de culo con unos cuantos. A muchos usted los indigna, compañero, sin que se cuestionen demasiado por qué. Hasta mi mujer le tiene fastidio, y yo no dejo de preguntarme cómo puede ser. Porque si habláramos del troglodita de mi cuñado, vaya y pase; para él, usted no es más ni menos que un “negro cabeza”. Pero mi señora es una persona más que razonable. Y sin embargo le altera los nervios verlo por la tele con esa grandilocuencia suya tan propia de los líderes. Después, por ahí, si lo piensa acomoda las ideas, supongo. Pero en principio hay que decir que no la incomodan imágenes de parásitos ostentosos que asumen que son descendientes de Dios como Juan Carlos de Borbón, por decir uno, y sí imágenes de usted, que desciende del Pueblo. A la gente, presidente, no le gusta que las cosas cambien. Quiere que mejoren, pero que sean las mismas. Arriba los de abajo, sí, pero los de arriba siempre más arriba. Los únicos que quieren que se cumpla eso de “arriba los de abajo” son los de bien abajo. E incluso muchos ellos, de a uno, quieren llegar arriba pero junto con los que siempre están arriba y, en todo caso, compadecerse de los que abajo queden. Que estemos mejor, Hugo, pero que el que nos lleve a estar mejor no sea un negro. Lo de roba pero hace puede andar si se trata de un boga, jamás de un remisero. Que haya redistribución de riquezas, pero que no vaya a ir un pelito más allá de toda la distribución de pobrezas anterior (“escuchame una cosa: si dicen que la inflación es del 15 por ciento, ¿cómo es que arreglan aumentos del 30?”, pregunta mi suegro, y ni siquiera considera un cómo distinto). Yo soy pobre pero estoy con los ricos, no vaya a ser que el día que yo sea rico los que estén bien sean los pobres; ésa es la idea. Y le permiten su origen humilde de padres maestros de escuela y campo vasallo de Sabaneta, pero no que haya llegado al poder sin renegar de él, de ellos, para volverse distinto. Le permiten que sea negro, pero no que sea ilustrado. Qué sé yo, comandante, si lo que usted hace es lo mejor como gobierno o no lo es. Soy más bien lego en política y más en política de otro país, no soy Slotoguiazda, ni siquiera sé cómo se escribe. Sé que en el Mundo usualmente las cosas se hacen y se modifican siempre cuidando de no afectar los privilegios de los privilegiados –mire ahora en Europa, que le dicen “rescate” a juntar plata para que los ricos puedan cobrar sus acreencias—y que los signos políticos son sólo distintas formas de encarar ese asunto. Pero usted no, usted agarró otra ruta y con eso me basta para estar a favor de usted. Se arma un quilombo bárbaro cuando aparece alguien así, ¿no, Hugo? Acá lo sabemos bien desde hace ocho años. Y le permiten –le decía—que tenga cáncer –qué digo le permiten, algunos hasta le celebran— pero no que no cumpla el rol de enfermo incapaz, no que siga gobernando. Así es la cosa, mi amigo, no le voy a dar más vueltas. Dicen que los fuertes salen del cáncer todavía más fuertes. Yo creo que es cierto. Mejóresé, presidente; un abrazo.

Publicado en el diario La Unión del 28 de julio de 2011.

jueves, 21 de julio de 2011

Joaquín Galán

Joaquín Galán nació en la Ciudad de Buenos Aires el 21 de julio de 1956.


Imaginaos, queridos amigos hispanohablantes, a estas dos personas (no; no aún a ellos, aunque el título y la foto de esta página lo sugieran. Éstos son dos personajes, precisamente, imaginarios) batiéndose en diálogo. Uno, tal vez representante, ofrece un número artístico. El otro, quizás empresario, intenta aceptar la oferta.
–¿Y qué canta?
–Canciones. Canciones románticas. Baladas.
–¿Y es buena? ¿Canta bien?
–Y… Canta. Canta. Tiene una voz potente.
–¿Qué? ¿Desafina?
–No… Bah, un poco, a veces. Nada del otro mundo.
–¿Pero es linda chica, che? Vos sabés que una piba linda…
–No es fea. Es colorada, pelirroja. Linda, sí. Linda… Normal.
–¿Son buenas canciones? ¿Pegadizas? ¿Tipo Perales, Julio Iglesias…?
–Son románticas, qué sé yo. Así, melódicas. Canciones.
–Pero decime una cosa. ¿Qué me querés vender? Hay cincuenta mil cantantes como ésta. ¿Qué tiene de especial esta mina?
–Que todo el tiempo mientras canta tiene un tipo al lado que le dice a todo que no.
“El inútil necesario” bien podría ser una película. Es un buen título, por ejemplo, para una de la época del Nuevo Cine Argentino. O una comedia francesa de ésas que no te reís ni porque terminaron. Pero en este caso sería argentina. Y sería sobre Joaquín Galán. La del hermano opaco del personaje refulgente es una historia que hemos visto mil veces. Vimos al Turco Maradona no poder ir más allá del modesto Rayo Vallecano madrileño. A Eduardo Menem –perdón, Dios nos libre y guarde— pasar dos décadas en el Senado con menos onda que flequillo de Moe hasta tener que dejar la banca el día que Carlitos dijo “nene, quedate en La Rioja que esta vez voy a ir yo”. A Nati Pastorutti grabar un disco y que la discográfica eligiera como corte de difusión el tema en el que (¡sí!) cantaba la Sole. Joaquín podría ser uno más para sumar a esta lista si no fuera porque, a diferencia de ellos, él es –permítaseme la insistencia—un inútil necesario. Ahí está en el escenario, con esa voz que no le envidiaría ni Gustavo Sylvestre, esos trajes a lo Guillermo Nimo, carmela azabache en pelo y barba, sus caritas de actor de festival de colegio secundario, los pasitos de baile mínimos y rígidos, los chistes de peluquería y, por sobre todas las cosas, sus mínimas intervenciones en cada hit que su hermana Lucía lleva adelante a fuerza de desgañitarse. Ahí está él, que, sin embargo, con semejante pobreza de recursos, es Pimpinela. Lo que hace al dúo Pimpinela no es otra cosa que Joaquín y sus “¡no!”, sus “¿por qué?”, sus “¡¿qué quieres?!”. Sin ese hermano mayor que tan bien actúa de esposo monosilábico –como son los esposos después de 30 años de convivencia, que es lo que llevan los Pimpinela—, Lucía no sería más que una Susan Ferrer de gira por el Conurbano. Al contrario de aquel otro Galán, que decía “¡Síii… sí!”, él dice “¡No! ¡No!”. Pero si lo sabe cante, cante con Joaquín. Y ella es la que entona, grita, transpira, desentona, se despeina, establece la melodía en la primera estrofa, la revienta en la segunda y redondea los estribillos. Y él, parado ahí al costado, como un espíritu santo de smoking con lentejuelas, es el que le da sentido a todo.

Publicado en el diario La Unión del 21 de julio de 2011.

jueves, 14 de julio de 2011

Julio Chávez

Julio Chávez –Julio Hirsch— nació el 14 de julio de 1956 en Buenos Aires.


Todos sabemos cómo es el tiempo: el tiempo es tirano. Pero además es exagerado. Basta que le pase tiempo a algo para que ese algo se agrande, de a poco pero sin pausa (mirá si el tiempo va hacer pausa. Qué contrasentido; pausa es, justamente, tiempo que no le pasa a nada). Cuanto más tiempo, más exageración. Primero un poquito de tiempo, y ese ítem que antes –antes de tiempo— era pequeño o normal, estándar, se torna diferente, cobra singularidad. Después (claro: el tiempo siempre es primero primero y después después) algo más de tiempo, mucho tiempo, y ya es descomunal. El tiempo es como el revoque, que paso a paso (o pasada tras pasada) convierte en Capilla Sixtina lo que en esencia es ladrillo.
Algún día –cuando pase el tiempo— se hablará de Julio Chávez y se contará una actuación suya extraordinaria, incomparable, una película entera en la que no hablaba, no se movía, parpadeaba pero sólo de vez en cuando, había que estar muy atento –exigía el esfuerzo de un espectador bien comprometido— para no perderse ese parpadeo elocuente, preciso, que decía todo lo que el personaje tenía que expresar, sin excesos demagógicos ni sobreactuación de aprendiz. Fenomenal. “Brillante”, “despojado”, “notable economía de recursos”, “una lección de actuación”, “el actor puesto al servicio del personaje”, dirán que dijeron críticos arrobados.
Permítaseme una aclaración, y después sigo con el argumento. Aquí se está hablando más que nada de Julio Chávez en el cine y la tele. No niego la extraordinaria trayectoria de Julio en el teatro. Pero éste es un espacio de lectura popular. ¿Cuánta gente fue al teatro a ver “Yo soy mi propia mujer”? ¿Y cuántos, de ellos, lo hicieron por voluntad propia y no para impresionar a su pareja o porque su esposa sacó las entradas? En contraste: ¿cuántos lo vieron a Chávez soportando a la insufrible Cecilia Roth, o ahora que anda con la remera sin mangas? La distancia es indiscutible. El Julio Chávez del que hablamos, entonces, es más o menos el que de la melena de “No toquen a la nena” en adelante, coló en “La película del rey”, peló músculo y empezó a empanzar en “Un oso rojo”, nos descosió de siesta en “El custodio” –habíamos visto la del Oso, la escena con René Lavand, y nos engrampamos—,  gritó más que Fito Páez en “Tratame bien” y ahora está ahí pero lo vemos salteado, porque los domingos se mira fútbol, viejo, ya sea el campeonato de acá, al Bambino Pons diciéndole “Pinocho” a Van der Sar, o los diálogos fumancheros de Rulo Taquini y el Mariscal Perfumo. Y con más razón si Suar se empeña en obviar el peronismo de los personajes que “idea” (“Idea: Adrián Suar”. “Una idea de Carlos Ávila”… Son todos iguales). Sigo.
Cuando pase el tiempo, esperemos que bastante, se dirá eso –aquello—de Julio Chávez. O se lo olvidará, mayormente. Chávez es un crack, voy concretando por si no había quedad claro. Pero, como sus personajes, no es un tipo que vaya más allá de lo que su papel necesita sólo porque a ese personaje además lo interpreta Julio Chávez. No es Olmedo, no es Susana Rinaldi. No se saca la foto con el Mini Cooper hoy porque pegó un par de laburos en Pol-Ka y mendiga mañana ayuda en La Casa del Teatro porque cuando tuvo cincuenta mangos se los gastó en Mini Cooper y un PH de autor en Palermo con mesada de mármol de verdad. Mientras Cecilia Roth nos mostraba, como siempre, lo superada que es, él hizo el berrinche de la humanidad porque le reventaron el perro. Te daban ganas de ir para allá a darle un abrazo. Pero no; pará un cachito, nada de excesos. Es Julio Chávez. Con un parpadeo sincero, que le llegue al corazón, es suficiente.

Publicado en el diario La Unión del 14 de julio de 2011.

jueves, 7 de julio de 2011

Ringo Starr

Richard Henry Starkey nació en Liverpool, Inglaterra, el 7 de julio de 1940.


Induteeewn… Where I wis boooorn... McCartney –acá lo llamamos “McCartney”; dejamos el familiar “Paul” para Badía o las bandas tributo, y el penoso “Sir Paul” para Catalina Dlugi—, que no es zonzo, terminó la canción y no debe de haber tardado mucho en darse cuenta: “Ésta es para Ringo”. El petiso no iba a tener drama en cantar el asunto ése del marinero, los mares de colores y la vida dispendiosa. No sólo eso: la iba a pasar fenómeno. Era –es—el tipo capaz de sugerir “che, cantemos Yellow Submarine” en medio del viaje en combi y arrancar, de lo más divertido, con el Induteeeewn..., contento como en este video que están pasando en los noticieros para anunciar que viene a Buenos Aires en noviembre, donde la canta meneando las patitas flacas y zambas y haciendo sube y baja de hombros como si estuviera en un karaoke de un millón de dólares. Porque, ah, eso, viene Ringo. Va a cantar acá por primera vez. Como plan para una noche entretenida es fantástico. Lo que no termina de cerrar es que cobre entrada. Está bien –o no, pero es comprensible—que ir a ver a McCartney en River salga más que comprarse un 306. Pero Ringo es casi de la familia, es como un tío tarambana que hace 50 años iba por ahí pasándola bomba y de repente se dio cuenta de que, en su andar despreocupado, se había metido en los Beatles –acá decimos “Los Beatles”; dejamos el “The Beatles” para los giles. Y para Badía—. Y desde entonces anda por el mundo de joda. ¿Cómo nos vas a cobrar doscientos mangos a nosotros, tío Ringo? Porque fíjense una cosa: hagamos como Braceli, que anda todo el tiempo encontrándose con los muertos, e imaginémonos que nos cruzamos con uno de los Beatles y le tiramos un “¿qué hacés, campeón? ¿Cómo andás?”. Supongamos cómo sería la reacción. Yo me imagino a George respondiendo un “hola” respetuoso y yéndose ligero a otra parte. A McCartney diciéndome “qué tal, mucho gusto, puede hablar con mi manager”. A John preguntándome “¿y vos quién sos?”. Y a Ringo que me larga un efusivo “¡hola, maestro!”, y ahí nomás arrancamos juntos: Induteeewn…
Lo peor que tenía Pete Best no era lo mal que tocaba la batería, sino su invariable cara de culo. Los Beatles no estuvieron completos hasta 1962, cuando llegó Ringo con su eterna idea: “Vamos a divertirnos”. Ésa fue su función principal en la banda. Además de tocar la batería, si no brillantemente, sí bastante mejor de lo que se dice. “¿Cómo es ser uno de los mejores bateristas del Mundo?”, lo presentó un día un entrevistador. Ringo lo corrigió: “Ni siquiera era el mejor baterista de los Beatles”. Pero exageraba. Ringo no hacía –no hace—milagros con los tambores, pero iba con swing, en ritmo y parejo, sin metrónomo ni auriculares. Y no era tan fácil, tal como corroboró el propio McCartney cuando, ya separados los Beatles, grabó su disco solista tocando él la batería. Ahora en sus shows toca poquito. Más bien se para al frente, con esa cara y físico de Gran Gonzo de los Muppets, y te muestra cómo se divierte. ¿Te parece poco? ¿Querés más? Andá a otro show. Andá a verlo a Malosetti, que hasta podés llevar pipa. Ringo es eso, lo que se ve, no esconde nada, es ese tipo que, estoy seguro, fue el que en 1966 cayó al taller de chapa y pintura con el submarino y le dijo al pibe de overol que no entendía nada: “Flaco, ¿me lo pintás de amarillo?”.

Publicado en el diario La Unión del 7 de julio de 2011.

jueves, 30 de junio de 2011

Leonardo Sbaraglia


Leonardo Máximo Sbaraglia nació en la Ciudad de Buenos Aires el 30 de junio de 1970.


¿Se puede hacer una referencia futbolística en esta página que, vista con condescendencia, es casi cultural? Perdón. Permiso. Quería contar esto. Hace tiempo y allá lejos, para cualquiera que no viviera en el área portuaria, los ídolos del fútbol eran personajes en cierto modo mitológicos, compuestos más en una imaginación que los hacía infalibles. Ahora la cosa cambió porque el fútbol es para todos, en cualquier lugar del país es cuestión de poner la tele y ver que hasta Riquelme a veces pisa mal y se cae de culo. Pero ni siquiera es necesario irse a la época del flash a magnesio y las cupecitas para pintar eso del mito. Todavía hace muy poco tiempo, acá en Buenos Aires capaz que ensalzábamos a un nueve rosarino creyendo que lo conocíamos, cuando en realidad lo habíamos visto dos partidos en todo el año, seis segundos por domingo en los resúmenes de Paso a Paso, y leíamos los “ocho” que le ponían los corresponsales también rosarinos, hinchas del equipo del nueve y amigos del representante que lo quería vender a Capital. Después al nueve lo compraba River y recién ahí advertíamos que no era un crack sino un afanoso breguero que hacía goles dos veces por año y pateaba al arco seis segundos por partido.
Un día Leo Sbaraglia se fue a vivir a España. Lo corrió el 2001, como a tantos argentinos. Se fue y se llevó su pasado. Su Diego de “Clave de Sol”, sus personajes de películas de Marcelo Piñeyro, los diversos ladronzuelos de “Plata Quemada” y “Caballos Salvajes”. Escondido en el fondo del equipaje se llevó hasta el “Sbagliato” a quien Mesa martirizaba en “El Gordo y el Flaco”. Unas cuantas cosas las tiró por la borda mientras cruzaba el Atlántico (es decir… se habrá ido en avión. Digamos que las dejó en la cinta del baggage claim). Leo se fue a España. Lejos. Sin tevé en directo. Venía dos domingos por año, hacía de perseguido por Lito Cruz y se iba. A España. Y era un fenómeno. Prestigioso, serio, versátil, convincente, culto y bien mirado. Exitoso. El “notable actor argentino” en la Península. Nuestro Tom Hanks. Una eminencia transmitida por corresponsales. Elogiada por Catalina Dlugi con baba en la comisura y un poquito de pis. Vista sólo si uno tenía mucha voluntad, en películas que duraban una semana y media en cartel en la sala 27 del último piso del Cinemark.
Un día Leo Sbaraglia volvió. Lo llamó el bienestar nacional y popular, como a tantos argentinos. Volvió, o no volvió, o va y viene… la cuestión es que se lo ve por acá. Y cuando se lo ve… no es Tom Hanks. Más bien su estilo tiene un aire Calabró en “Campeones”, cuando hacía de actor serio en camiseta. Es el precio de estar delante de nuestros ojos. Leo hace la propaganda de Centrum, y ahí, acá, es que lo vemos. Antes hacía un Andrew Beckett en cada película –que lo sigue haciendo, pero ¿alguien piensa ir al cine a ver “Sin Retorno” o “Restos”?— pero nos lo contaba la orinada Catalina. Y es mejor ahora, que nos encontramos con este Leo Sbaraglia laburante, que actúa en películas rigurosas, pero también promociona las bondades de un suplemento vitamínico con cinc, va a la tele a defender la realidad –aunque se enrede en cada frase y no redondee una idea nunca antes de que lo manden al corte—, banca al Incaa TV, habla en los actos –y también se enreda—, y muestra cómo la yuga, de uno u otro modo. Como tantas otras cosas, mucho mejor ahora.

Publicado en el diario La Unión del 30 de junio de 2011.

jueves, 23 de junio de 2011

Zinedine Zidane

Zinedine Yazid Zidane nació en Marsella, Francia, el 23 de junio de 1972.


“Jugar –le decía el Ruso Salzman al demonio Asmodeo, en el relato de un Dolina culminante—. Quiero jugar, maestro”. Asmodeo, amo de las cifras, ser del ser de los tahúres, rostro de todos los naipes, le ofrecía el triunfo perpetuo, ganar siempre. Y el Ruso, cuyo punto era la acción y no el efecto, lo indignaba despreciándolo. Asmodeo se había encontrado con la persona equivocada: él buscaba, ponele, al Narigón Bilardo, con uno así le habría salido bien. Pero se topó con uno como Zinedine Zidane.
Zinedine, tipo raro, francés de nombre argelino por sus padres cabilios, cara, gesto y actitud extrañas en un mundo y un país –los suyos— donde los jugadores son altivos como Platini o altaneros como la Brujita Verón. Zinedine no era una cosa ni la otra, ni tampoco lo contrario. Era, parafraseando a Fontanarrosa, ya que estamos en visaje de citar escritores populares, argentinos y Negros, “lo que se dice, un jugador al fulbo”. De chico aprendió la historia del tío Djamel, quien en 1982 había jugado en una selección de argelinos flacos que le ganó 2 a 1 a Alemania un partido de Campeonato del Mundo. “No fue un gran partido. Fue una casualidad. Los alemanes cometieron dos errores, pero antes y después no nos dejaron jugar, no tocamos la pelota”, le contaron que decía Djamel. Zinedine también aprendió eso.
“Jugar. Eso. ¿Entiende, maestro?”. Zidane nunca se encontró con Asmodeo. Tal vez el demonio quiso evitar otro mal trago después de lo que le pasó con el Ruso. Pero le habría dicho algo así. Lo suyo era jugar. Jugó en el Real Madrid, el Juventus, con la selección de su país fue campeón de Europa y del Mundo. Era inevitable; él era demasiado bueno, por eso estuvo en esos sitios. De lo contrario, habría estado jugando en otro lado. De adolescente, casi veinteañero, conoció a Francescoli, que andaba casualmente por Marsella, su ciudad, jugando en el equipo de allí, y descubrió que lo que él quería hacer y hacía no era un desliz de la naturaleza, que existía, sólo que los otros franceses no sabían hacerlo. Y cuando tuvo un hijo  le puso Enzo.
De joven, antes de los 25, se quedó calvo. No se rapó. Eso lo hacen los futbolistas, y él era jugador al fulbo. La bocha lampiña rodeada de pelambre, como la de un Bochini franchute, mandó la pelota dos veces adentro del arco de Brasil, y Francia ganó el Mundial que, como siempre, era imposible que Brasil perdiera. Ocho años después, ya con más pelos en las cejas que en el marote, volvió a estar en la gran final. Mientras 21 “profesionales” apostaban a la sangre, sudor y lágrimas para triunfar, él jugó. Tuvo un penal que patear y lo volvió un malabarismo. Le hizo bailar el minué a la pelota. Por casi una hora y media, esa final fue él. Después, Marco Materazzi, un italiano que si se hubiera encontrado con Asmodeo lo habría asociado para poner una inmobiliaria, hizo sus deberes: lo insultó, lo provocó, basureó a su madre y a su hermana. Zinedine lo sentó de un cabezazo en las costillas y se fue de la cancha. Ese Mundial tuvo campeón pero no final; terminó antes de tiempo. De grande, de viejo, Zinedine será el muchacho de una historia, quizá cierta, para los nietos del tío Djamel. Les contarán que el tío Zinedine decía: “Perdimos con Italia, sí. Pero qué lindo fue jugar aquel partido”. Y ojalá aprendan eso.

Publicado en el diario La Unión del 23 de junio de 2011.

jueves, 16 de junio de 2011

María Valenzuela

María del Carmen Valenzuela nació el 16 de junio de 1956 en la Ciudad de Buenos Aires.


Las cosas cambian y el mundo evoluciona, es lógico, es inevitable. A veces, muchas, para hacerle la vida peor a la humanidad, también es lógico; “cuanto peor ellos, mejor yo” es la ecuación básica de los que viven por el poder y tienen en su acumulación más potestad que otros para generar cambios. Pero sea como sea y para lo que sea, los cambios, por definición, son evolución inevitable. Si la fotografía se hubiese inventado después del cine, se la habría celebrado como un sorprendente método para atrapar imágenes precisas de un instante que hasta entonces sólo se podían capturar en movimiento. Si los fósforos se hubieran conocido después del Cricket, se los habría vendido como la gran novedad: encendedores descartables ultraportátiles de un solo uso. La Prestobarba surgió después de la Gillette y el progreso, entonces, fue que no había que usar siempre la misma máquina de afeitar cambiándole la hoja, sino que se la podía tirar y a la vez siguiente usar otra. Más adelante salió al mercado la Trac, una Prestobarba a la que se le podía cambiar el cabezal con el filo, y fue progreso otra vez porque no había que tirarla después de un solo empleo. Todo es progreso, a veces bueno y otras veces no. Antes –hace un tiempo, no importa cuánto; “antes” es suficientemente preciso— el tipo gracioso y agudo era Pinti. Hoy, gracias a Dios, ese tipo es Capusotto, y Pinti una señora que barre la vereda y dice “qué barbaridad, son todos chorros”. Pinti decía la falacia esa de que pasan los años, los gobiernos, hipócritas, moralistas, listas negras… y quedan los artistas (andá a decirle a Luis Politi que las listas negras pasan y los artistas quedan). Capusotto dice: “Lástima que son tan egocéntricos, que sufren por pelotudeces, se deprimen y creen que son importantes, por mí que se vayan a la puta que los parió”. Mucho mejor, más certero. Una evolución. Muchos artistas, en el viaje de ser su propio personaje, desesperan como El Chavo a Quico. Pero María Valenzuela no. Sólo por eso, por evitarnos el mal trago, merece los buenos deseos de un feliz cumpleaños. Se bancó como una reina el “María del Carmen Valenzuela” empalagoso que tanto le gustaba a Migré y el todavía peor “Mariquita Valenzuela”, seguramente una idea de Alejandro Romay y si no lo fue tiene todo su estilo, hasta llegar al firme “María” sin más, como corresponde a una mujer sensata y sin empaques.
Se casó con Pichuqui, pudiendo haberse enganchado tranquilamente algún galán coetáneo. Nos imaginamos a mamá Valenzuela lamentándole: “¡Pero nena! Estando Pablo Alarcón, Arturo Puig, Arnaldo (mamá ni se imaginaba lo de Arnaldo)… ¿Qué le viste al pibe del noticiero? Decime un poco…”. Dejó de estar en la tele sin descangallarse por un minuto más en cámara, y volvió a estar sin verse como una resucitada vintage y de oferta. Armó, desarmó y rearmó familia sin melodrama. Bailó en lo de Tinelli sin hacer payasadas con Moria y la Alfano ni acusar a nadie de nada. Lloró sin cámaras durante la casi muerte de su hija mayor y sólo una vez y con recato delante de ellas después. No dice, jamás, con quién era que andaba cuando la gente pensaba que ella andaba con Darín. Perdió a Guevarita en Campeones y lo recuperó en Son de Fierro. Y su imagen es tan, pero tan digna que Pinti y su canción pedorra no se la merecen.

Publicado en el diario La Unión del 16 de junio de 2011.

jueves, 9 de junio de 2011

Les Paul

Lester William Polsfuss nació en Waukesha, Wisconsin, Estados Unidos, el 9 de junio de 1915. Murió en Nueva York, Estados Unidos, el 13 de agosto de 2009.


–Así. Lo quiero así –dijo el tipo mientras con su mano izquierda, la que todavía podía mover a pesar de los vendajes, le doblaba el codo derecho al médico que lo atendía.
–Como una “L”. A noventa grados –afirmó el doctor, pero no era una aseveración sino una consulta. Quería saber si había entendido bien. Él –el doctor— no sabía nada de música. No tocaba ningún instrumento. No sabía.
–No. No a noventa grados. Un poco menos –corrigió el tipo, que no sabía nada de geometría. No quería un ángulo menor sino mayor. Un poco menos doblado el brazo, ésa era la idea que buscaba transmitir. Por suerte aclaró antes de que oscureciera: –Un poco más abierto. Así –y volvió a acomodar el brazo del médico. Él –el tipo—tenía 33 años y había venido andando con su Buick por la Ruta 66 de Wisconsin a Los Ángeles cuando, a la altura de Oklahoma, el pavimento helado hizo patinar el auto que dio unas cuantas vueltas en el aire antes de parar. La sacó barata: nada más el brazo derecho le quedó a la miseria. En el hospital le explicaron la situación: podían amputarlo o dejárselo rígido para siempre; el codo no servía más. Entonces fue cuando él dijo que rígido, sí, pero no recto. –Así –dijo--, y le mostró cómo al médico que lo atendía. Era la posición que necesitaba para poder, por el resto de su vida (que fueron 61 años), seguir tocando.
El mástil grueso, dos micrófonos doble bobina, el cuerpo macizo pesado como una valija de rulemanes. Ésa es la guitarra Gibson Les Paul. ¿Cómo suena? Gruesa, redonda, sostenida, con notas largas, acordes llenos, cuerdas estiradas que no se acaban nunca. “Whola lotta love”, de Led Zeppelin. Buscá en Youtube. Eso es la Les Paul. O el solo de Eric Clapton en “While my guitar gently weeps”. Para quien no lo sepa, desde que se inventó el rock, las guitarras son dos: la Les Paul y la Stratocaster. Después están las otras.
Pero volvamos a este hombre, el del accidente en Oklahoma. Se llamaba Lester Polsfuss. Y se hacía decir “Les Paul”. Efectivamente; ahora todo cierra, ¿no? Lo que le gustaba a Les era tocar la guitarra. Lo que no le gustaba eran las guitarras eléctricas de cuerpo hueco que eran las que existían en aquellos años, década del 30 del siglo pasado, “los treintas”, diría Caparrós. Veinteañero emprendedor, si lo que hay no sirve inventemos una que sirva, se dijo e hizo. A la primera le puso The Log (“La Madera” o “El Tronco”), nombre apropiado, ya que se trataba de un ladrillo de madera (“un paralelepípedo”, diría Arlt) al que le pegó un mástil de guitarra Gibson. No andaba bien. Después metió el ladrillo dentro del cuerpo hueco de otra guitarra eléctrica. La cosa mejoró un poco y quedó algo más presentable, pero no mucho. Pasaron casi 15 años, y aquel vuelco que lo dejó tullido, hasta que, con su prototipo, sus sugerencias y la mano de obra de la fábrica Gibson, nació, en 1951, la Gibson Les Paul (dato para los que están en tema y no lo saben: esa primera Les Paul no era como las de ahora, sino similar a la Gibson SG. Qué cosa, ¿no?).
La historia interesante de Les termina acá. Vivió casi 50 años más, con ese brazo chueco que, cosa curiosa, lo hacía ver deforme cuando andaba a capella, pero si se colgaba una guitarra eléctrica parecía el tipo más normal y sano del mundo.

Publicado en el diario La Unión del 9 de junio de 2011.

jueves, 2 de junio de 2011

Horacio Ferrer

Horacio Ferrer nació en Montevideo, Uruguay, el 2 de junio de 1933.


En el Hotel Alvear, hotel cajetudo del barrio porteño de Recoleta, “Alvear Palace”, nombre en lengua extranjera, como mejor cae en esa zona de la Ciudad de Buenos Aires, en esa avenida, Alvear, que recuerda al fallido dictador que quiso entregar las Provincias Unidas del Río de la Plata primero a los ingleses y más tarde de vuelta a los españoles, en ese cinco estrellas, en una habitación/departamento de 38 metros cuadrados, vive Horacio Ferrer. Un día, hará unos 30 años o un poco más, decidió que quería alojarse para siempre en ese hotel, que hacía juego con su moño, su rosa en el ojal, sus versos y su sonrisa, se compró esa habitación en el octavo piso y desde entonces hasta hoy y hasta el último día vive y vivirá rodeado de vecinos que cambian cada fin de semana, con botones y recepcionistas en lugar de porteros, y el cartel de “do not disturb” colgado del picaportes de la puerta si no quiere que la mucama se le meta sin avisar en su casa. Es una vida que sería imperdonable si fuese otra persona, digamos, Daisy de Chopitea, o el juez Fayt, o Fassi Lavalle. Pero Ferrer es un poeta, uno de los buenos. Los buenos poetas son bienes escasos, y ya eso sería suficiente como para perdonarle que viva en el Alvear. Pero si además vemos que todo el asunto, de vivir en una habitación de un hotel lleno de borlas, es un poco de su poesía, entonces no sólo hay que perdonarlo sino además estar a favor.
Horacio Ferrer nació en Montevideo. Todavía vivía allí cuando escribió para Aníbal Troilo la letra de “La última grela”, su primer tango, que después musicalizó Astor Piazzolla, y también cuando publicó su “Romancero canyengue”, el que decidió a Piazzolla a conminarlo: “Si no venís a Buenos Aires a trabajar conmigo sos un imbécil”. Horacio dejó sus trabajos en la Unviersidad de Montevideo y el diario El País, y vino. No era un pibe. Tenía 34 años.
4808-2100 es el número de teléfono del Alvear. Por supuesto, si uno llama no le van a pasar la comunicación con Horacio, pero seguramente le tomarán el mensaje que quiera dejarle. Él, si no anda de tertulia por ahí, estará mirando fútbol: a Huracán, pese a todo, al Barcelona, cualquiera del Fútbol para Todos, la Liga Inglesa o lo que le interese. “Miraré ocho, diez, partidos por semana, no me parece que sea mucho”, dice. Qué cosa: Horacio Ferrer mirando fútbol es también parte de su misma poesía.
Lulú es otra parte y no una menor. Lulú Michelli, la mujer que comparte con él esos 38 metros cuadrados de unos pocos libros, algunos discos, cuadros y dibujos. Esa pintora de la que Horacio se enamoró en un bar de San Telmo llamado –créase o no—“La Poesía”. Ella, por quien él dejó de dibujar –otra de sus actividades artísticas, opacada por la literaria—porque desde entonces “la artista plástica de la pareja es ella”, explica, firme y claro.
La frase inmortal: “eso no es tango”, nació el 16 de noviembre de 1969. Era el Festival de Buenos Aires de la Canción y la Danza y Amelita Baltar cantó “Balada para un loco” entre una ovación y monedazos. Unas semanas antes, Ferrer había llegado al departamento de Piazzolla con otra frase: “Ya sé que estoy piantao…”. Trabajaron siete días seguidos. Agregaron, quitaron, cambiaron ritmos, melodías, recitados, versos. Al terminar, Ástor le dijo: “Hacete una tarjeta que diga Horacio Ferrer, autor de Balada para un loco. Te va a servir para toda la vida”. Y también fue parte de su poesía.

Publicado en el diario La Unión del 2 de junio de 2011.