jueves, 8 de diciembre de 2011

Kim Basinger

Kimila Ann Basinger nació el 8 de diciembre de 1953 en Athens, Georgia, Estados Unidos.


Vamos a decir la verdad. A sincerarnos, ahora que está de moda el sinceramiento.
“Nueve semanas y media” fue una película insufrible. “Una bosta”, diría mi amigo Claudio, para quien el mundo se divide ya no en “blanco” y “negro” sino en “está bárbaro” o “es una bosta”. El tiempo transcurría espantosamente lento a lo largo de esas casi dos horas durante las cuales, en las escenas de diálogos, caminatas o él eligiendo qué camisa blanca se iba a poner, sentías cómo se te iba yendo la vida mientras estabas en el cine. Gracias a dios pasó hace mucho, 25 años, una época en la que estábamos obligados a ir a verla para no quedar al margen de las conversaciones en los cumpleaños. Y con el transcurrir del tiempo, el mundo se va poniendo de acuerdo respecto de la especie. En IMDB.com, la web favorita de Axel Kuschevatzky, 15 mil usuarios la califican con 5,5 puntos sobre 10. Está bien: medio punto es para Mickey Rourke, se lo habrán puesto las chicas capaces de desvincularlo de la cara de boga (el pescado, no un manyapapeles) que el tipo tiene ahora. Para la película, nada. Y los otros cinco puntos son para Kim Basinger.
Digamos, también, que “You can leave your hat on” es una canción mediocre. Funk rock trompetero, monótono, sin melodía, cantado en un rango que no pasa de una cuarta, o por ahí nomás. Un golpe de suerte para Joe Cocker, que tuvo por primera vez en su vida un disco de platino. Y para Randy Newman, el autor de la canción que, sin gloria, la había grabado 14 años antes. Los dos le deben todo a la escena del strip tease. A las esposas y el látigo, la persiana americana –sí, Soda Stéreo también es deudor aquí—, el auricular travieso del teléfono, el abrigo resbaladizo. Todo a Kim Basinger.
Tiempo después vimos “Cita a ciegas”, con Bruce Willis haciéndose el gracioso junto a John Larroquette. Pero en VHS. Y me pregunto por qué supusimos que era anterior a “Nueve semanas y media” (sí, ya sé, Axel Kuschevatzky no; él sabía. Me refiero a mis amigos y yo: Charly, el Rafa, el Narigón…). Posiblemente, un poco, porque Willis tenía pelo arriba de la bocha. Y mucho más porque Kim venía en un inesperado castaño y lacio. ¿Cómo alguien iba a dejar de lado esa rubiez sinuosa, inmarcesible, que le coronaba la espalda floreciente mientras el seco de Cocker se quejaba en do como un manolero? ¿Por qué motivo inevitable? Eso razonábamos.
“Batman” nos dio una coartada. “¡Qué capo Jack Nicholson!”, podíamos decir, como si nos importara. Había que evitar, sí, mencionar a Michael Keaton. Habría sido muy evidente, una coartada demasiado boba. “Deseo y decepción” fue una genialidad de la industria de Hollywood: podías ir al cine con una chica y ponerla a mirar a Richard Gere mientras vos, como él, ardías indeciso entre Kim Basinger y Uma Thurman hasta que, al final, igual que Gere, optabas por ella. Y “Los Angeles al desnudo”, el shock definitivo. No hay Kim Basinger después de eso. No hace falta. Cada tanto, Susana Roccasalvo, o Catalina Dlugi, o Rial, habrían de meter alguna noticia innecesaria: que se casó con Alec Baldwin (¡grande, gordo!), que iba a hacer de señora en alguna otra película, que estaba en bancarrota, que amaba a las nutrias… nada relevante. El punto final fue el de L.A. Después, no importa nada. Es más, no recuerdo haber visto la película, aunque la vi; pero me quedé en el afiche. Ganó el Oscar por ésa. Está bien.

Publicado en el diario La Unión del 8 de diciembre de 2011.

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