jueves, 26 de enero de 2012

Miguel Mateos

Miguel Ángel Mateos nació el 26 de enero de 1954 en la Ciudad de Buenos Aires.


Valga la siguiente aclaración: en el transcurrir de este artículo, hay un momento en el que el protagonista desaparece, no se sabe nada de él. Pasa el rato –un rato largo, años, décadas— y el tipo regresa. En tono menor, pero vuelve. El que no sepa qué pasó con él en ese período nebuloso no lo va a aprender acá. Esto no es una E! True Hollywood Story ni un Los Expedientes Marley (o como fuera que se llamaba ese programa en el que Wiebe contaba los más recónditos secretos que ya sabíamos todos de la vida de Susana Giménez). Es simplemente la reflexión sobre lo intrascendente de todos los jueves. Música para tu piel de verano, como decía Velasco Ferrero. Y qué mejor, para ambas cosas, que Miguel Mateos, ¿no?
Lo de Vélez fue rarísimo. Llega Queen a la Argentina. Primera visita de un grande grande en su pico de popularidad. No se explica de ninguna forma que para telonear pusieran una banda que no tenía ni un disco grabado y promediaba 45 espectadores por show. Porque eso era Zas. Mateos contó una vez en la tele que los habían elegido porque ganaron un concurso de artistas nuevos. Pero no. No hay noticias de tal certamen. Hubo, sí, uno, pero fue 12 años antes, y el grupo de Mateos llegó a la final pero no lo ganó. Se ve que a Miguel se le cruzaron todas las anécdotas en el marote.
Otra historia según la cual Alfredo Capalbo –el que trajo a Queen— conoció a los Zas en Estados Unidos (o fue un amigo de Capalbo que era productor musical y le llevó la propuesta; es todo una mescolanza), le gustaron y les dijo “che, ustedes son fenómeno, los voy a poner de soporte de Queen” es de verdad increíble. Porque después sí se armo la bola grande, con “Chirá… chirá para arriba”, “Dulce Ana”, y todo eso. Pero aún en el 84 –tres años después de lo de Queen—, todavía Miguel Mateos/Zas (ahora así, con nombre propio) tocaba en fiestas que armaban Wrangler y Pato Sarmiento en los colegios para que los quintos años juntaran guita para irse a Bariloche. Dale que dale con “Un poco de satisfacción”.
En fin, la cuestión es que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Y bueno o no, la verdad es que Mateos metía estribillos como un loco. A los ya mencionados sumale “Huevos”, “Tengo que parar”, “Extra, extra”, “Va por vos, para vos”, “Perdiendo el control”, “Un gato en la ciudad”, “Chico marginado”, “Mujer sin ley”, y seguro que me olvido de algunas que hace 25 años las sabíamos todos. Pero todos, eh. Todos. El tipo metió más gente en el Luna Park que Queen en aquellos Vélez. Vendió medio millón de “Rockas vivas”. Y chau. Dos veces breve. De esas multitudes pasó a un puñado de fanáticos como mi amigo el Cuervo, que sigue yendo a todos los recitales. Y aparentemente tuvo un éxito impresionante en México, como una especie de vendetta por el Señor Barriga.
Acá es donde va el agujero negro de 20 años en los que Miguel Mateos y nada es casi lo mismo. Pasó. Capaz que fue Facebook el que lo trajo de vuelta. Ahora es más fácil saber de la gente.
No está de retiro como el Bombita Rodríguez canoso del habano. Sigue tocando. Se parece a José Pablo Feinmann. Gira por Caleta Olivia, Oberá, Olavarría, como hacen los artistas veteranos. Viene como cerrando el círculo. En agosto pasado volvió al Luna Park. Y en octubre fue telonero en Vélez, cuando tocó Rod Stewart. En cualquier momento sale finalista de un concurso.

Publicado en el diario La Unión del 26 de enero de 2012.

jueves, 19 de enero de 2012

Carlos Eduardo Robledo Puch

Carlos Eduardo Robledo Puch nació el 22 de enero de 1952 en Olivos, Provincia de Buenos Aires.


Cada asesino plural tiene sus motivaciones. A Jack lo podían las prostitutas. Al Petiso Orejudo Godino, los nenes y, a eventual falta de ellos, los seres vivos (condición, ésta, sine qua non para un asesino) pequeños. A Ted Bundy, las cabezas de jovencitas universitarias. Mateo Banks actuó movilizado por la guita, como Yiya Murano. Barreda, por podredumbre. El Hijo de Sam mataba porque se lo ordenaba el perro del vecino. Ningún asesino múltiple es igual a otro. Carlos Eduardo Robledo Puch quizá sea el más puro: mataba por puro gusto, ya que estaba, durante algún afano, por las dudas o porque justo tenía el revólver a mano. “¿Y qué quería? ¿Que los despertara?”, le respondió preguntándole al fiscal que lo interrogaba, ya en la mala, acerca de algunos serenos que le habían quedado en el “debe”. Honró la camiseta –si esto fuera posible—de los criminales hasta el último instante; cuando, en 1980 –ocho años después de su último asesinato y su detención—, un tribunal de San Isidro lo condenó a perpetua, él no invocó a Dios ni declamó “creo en la Justicia” ni gritó inocencia, ni ninguno de los lugares comunes del sentenciado. Miró a los jueces y les dijo: “Algún día voy a salir y los voy a matar a todos”.
Pero no salió. Desde 1992 lleva más tiempo de su vida preso que el que pasó  afuera. Está en Sierra Chica desde hace 39 años. Hace 10 le prendió fuego a la carpintería del Penal, igual que le había prendido fuego a Héctor Somoza, su compañero de afano, tres días antes de que lo agarraran, en el 72. Es el preso más antiguo de todo el sistema carcelario argentino. No aprovechó para estudiar abogacía como otros delincuentes; ni siquiera terminó el secundario. Es preso. “Yo trabajé toda la vida: para delinquir y robar hay que trabajar mucho”, explicó su cansancio o su esfuerzo. No hay preso más preso que Robledo Puch.
Lo que pasó antes de la cafúa es mejor leerlo en otra parte. En un diario La Opinión de 1972 en el que Osvaldo Soriano escribió “la mejor nota de Buenos Aires sobre el caso Robledo Puch”, como le pidió, palabra por palabra, Jacobo Timerman. Soriano, que todavía no era oficialmente escritor, dice que Robledo Puch jugaba al fútbol y se creía Sanfilippo, pero Robledo era fanático del Ronco Onega. Por lo demás, cuenta la historia, paso por paso, tal como fue o mejor, como debería haber sido. Muerto por muerto: José Bianchi, Pedro Mastronardi, Manuel Godoy, Juan Scattone, Virginia Rodríguez, Ana María Dinardo, Jorge Antonio Ibáñez, Raúl Delbene, Juan Carlos Rosas, Bienvenido Serrini, Manuel Acevedo y Somoza, el que, fiambre y desfigurado por el fuego, lo delató por la cédula de identidad que Carlos Eduardo se le olvidó encima. Hace de esto 39 años. Robledo no vio la vuelta de Perón, su muerte, el gol de Bruno, la dictadura, el Mundial 78, la Guerra de Malvinas, Alfonsín, la Mano de Dios, Grande Pa, el uno a uno, la década infame, Natalia Oreiro, el cacerolazo, el campeonato de Racing, Cromañón, Bailando por un Sueño, el Bicentenario, a Néstor, a Cristina. Sigue adentro, para siempre. Su tenebrosa amenaza está latente: “Algún día voy a salir y los voy a matar a todos”. Pero no sale. No hay preso más preso que él.

Publicado en el diario La Unión del 19 de enero de 2012.

jueves, 12 de enero de 2012

Maharishi Mahesh Yogi

Mahesh Prasad Varma nació el 12 de enero de 1917 en Jabalpur, Madhya Pradesh, India. Murió el 5 de febrero de 2008 en Vlodrop, Limburgo, Holanda.


“No nos dejes caer en la tentación”, reza el Padre Nuestro de los cristianos. Los indios le entran al asunto por otro ángulo, más de autocontrol que de pedir ayuda al Divino. Pero el blanco es el mismo: mantened la nerca lejos de mí. Quítame de ahí esas naifas.
El del popular Gurú Maharishi es un drama japonés, en todos los sentidos. Como en “El bosque al costado del camino entre Sekiyama y Yamashina”, la verdad es diferente según quien la posea, y el único que sabe la verdad verdadera es el muerto. El Maharishi muerto, lógico. Aunque en esta historia haya otros. Pero ellos no supieron la verdad. O bien, nosotros no sabemos que es verdad lo que ellos saben. He ahí el misterio.
Dijo George Harrison: “‘¿No es un poco demasiado obvio llamar Maharishi a la canción? Es ridículo’, le dije a John. ‘¿No sería mejor ponerle algo como, digamos, Sexy Sadie?’ John aprobó la idea enseguida. Como sea, me gustaba la melodía. La letra… es lo que sentía John acerca de sus vivencias con el Maharishi. Pero incluso John se equivocaba a veces”.
Dijo Deepak Chopra, un discípulo: “Todo ese asunto acerca de Mia Farrow no tiene ningún sentido. Estuve con ella varios años más tarde y me pidió que le comunicara al Maharishi que aún lo amaba”.
Dijo Paul McCartney: “El que vino con la acusación fue Magic Alex. Pero yo creo que era todo falso. Un invento”.
Dijo Mia Farrow: “Estaba distraída con su barba cuando, de repente, sentí dos brazos peludos que me abrazaban. Salí corriendo, tan rápido como pude, hacia el cuarto de Prudence”.
Dijo Prudence Farrow: “Es un honor ser tocado por un hombre sagrado después de meditar con él. Una tradición”.
Dijo Ringo Starr: “Nos vamos de la India. No puedo tolerar esta comida”.
Dijo Alexis Mardas, Magic Alex, el amigo griego de Lennon: “Nunca conocí a Mia Farrow. Yo estaba con John cuando Rosalyn Bonas vino a decirnos que el Maharishi había tenido acercamientos sexuales hacia ella. Esa noche fuimos con John y George a espiar por la ventana de la villa del Maharishi y vimos cómo él intentaba abrazarla”.
Dijo John Lennon: “George empezó a darle vueltas al asunto y yo pensé ‘si George duda, entonces debe haber algo de cierto’. Nos fuimos con George y Alex en un taxi creyendo que el chofer nos iba a engañar y nunca podríamos salir de ese campamento demente. Y para peor, el griego loco gritaba ‘¡es magia negra, magia negra! ¡Nunca podremos salir!’”.
Dijo Cynthia Lennon: “John y George eligieron creerle a Alex. Pero en realidad, lo que John sentía era que, para ser un hombre espiritual, el Maharishi parecía tener demasiado interés en el reconocimiento público, las celebridades y el dinero”.
Dijo Pattie Boyd: “George no tenía ganas de estar dos meses meditando mientras los negocios de los Beatles eran un caos. Así que nos fuimos a lo de Ravi Shankar, a distraernos con su música”.
Dijo Yoko Ono: “Si John estuviera aquí, sería el primero en reconocer y apreciar todo lo que Maharishi hizo por el mundo”.
No hay nada más que hacer con el Gurú. La verdad yace en algún sitio entre Sekiyama y Yamashina y nadie la conoce. La verdad no existe. Lo demás, que se vio, del Maharishi, no lo diferencia demasiado de muchos líderes espirituales de todas las religiones: sabio, ambiguo, más rico de lo que profesaba e improbablemente carnal. Lo que lo destacó del resto fue eso, lo que no sabemos.

Publicado en el diario La Unión del 12 de enero de 2012..

jueves, 5 de enero de 2012

Ante Garmaz

Antonio Jorge Garmaz, o Anton Djordj Garmaz nació en Croacia –¿nació en Croacia?—, entonces parte del Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, el 5 o el 7 de enero de 1928. Murió en la Ciudad de Buenos Aires el 16 de julio de 2011.


¿Dónde nació Ante Garmaz?, me pregunto. En Croacia, dicen los sabios de la farándula. Pero la información se hace nebulosa. Voy al archivo, a revisar papeles y viejos reportajes. Vino de muy chico a la Argentina. Allí termina todo. En ninguna parte hay un dato más. En las entrevistas, Ante no pasa de confirmar “nací en Croacia”, pero su relato enseguida pasa a la infancia chaqueña.
El plan de Ante Garmaz no era ser modelo. Quería ser jugador de fútbol. La pelota lo apasionaba. Pero no era lo suyo. Sus pies, que recorrían la pasarela alocados y precisos, como guiados por un GPS, se perdían inexorablemente en la cancha. Se dio el gusto atajando en partidos a beneficio, alguna vez con el plantel de River –aunque era fanático de Boca—, con los veteranos de Independiente y hasta con un equipo llamado Ante Garmaz FC en un torneo organizado por Ñuls, en Rosario. Siempre le llenaban la canasta, y volvía locos a sus propios defensores gritándoles en ese idioma raro que sólo él hablaba.
Me sigo preguntando dónde habrá nacido Ante Garmaz. Las necrológicas se repiten e insisten en asegurar que su nombre real era Antonio Jorge Garmaz. Y que nació en un condado de la vieja Yugoslavia pero se desconoce cuál. Es raro. Un croata se llamaría Anton Djordj. Ante es el diminutivo croata de Anton. Y Antonio Jorge no es nombre de croata sino de folclorista.
Justamente, Ante Garmaz quiso ser cantor. Pero no era lo suyo. Reírse a los gritos en la mesa de Mirtha Legrand fue lo más cercano al canto en su vida. Así, sin pies para el fútbol ni garganta para el canto, pintón y atrevido, tenía que ser modelo. Quién sabe si era bueno. Pero fue el mejor. En una época en la que los mannequen (así se llamaban) caminaban derecho y duritos, igual que ahora, él desfiló al borde del bochorno, bailoteó como un trompo, aleteó sacos. También le puso un abrigo de piel a Amadeo Carrizo, actuó en una película de Olmedo, hizo fotonovelas. Cosas que los modelos no hacían. Y dijo en voz alta –como todo lo que dijo— que era homosexual, en los años de Onganía. Otra cosa que los demás no hacían.
¿Habrá nacido en Croacia, Ante, o en Las Breñas, el pueblito chaqueño de su infancia? Él me alimenta la intriga, un poco porque casi nunca hablaba de Croacia y otro porque al hablar no se le entendía nada. “Por eso yo les agradezco, con esto, diciéndoles como siempre, ¡por hoy nada más! ¡Cariños y hasta la próxima!”, se despedía en su programa de tevé bien llamado “El Mundo de Ante Garmaz” porque era una especie de universo propio, realidad paralela edificada sobre chivos de poca monta, en la que a fin de año se entregaban los “Garmaz de Oro”. El Ruso Sofovich insiste con que aquel ATC suyo era lo mismo o mejor que el Canal 7 de ahora. Y yo, por no preguntarme si el Ruso creerá de verdad que somos idiotas, me pregunto dónde habrá nacido Ante Garmaz, el croata, el que hacía todo mal pero convencido, el provocador obvio, el que iba a las reuniones de la AFA representando a Chaco For Ever, el que decía que le hubiera gustado fumar pero nunca había podido aprender, el que mandaba a todos los taxistas a examinarse la próstata, el vejete baboso, el fanático del fútbol que terminaba mirando los partidos como una tía grande en un Mundial, a los gritos y viéndoles los músculos a sus admirados Andújar y Gago. El del idioma misterioso y el origen desconocido. ¿Dónde será que nació? Qué grande, Ante.

Publicado en el diario La Unión del 5 de enero de 2012..

jueves, 29 de diciembre de 2011

Jon Voight

Jonathan Vincent Voight nació el 29 de diciembre de 1938 en Yonkers, Nueva York, Estados Unidos.


Parafraseando a Liliana Ripoll, la contadora que hizo llorar a Luis Otero, podríamos decir que Jon Voight ha dejado de existir. ¿Quién, hoy por hoy, le conoce la cara? Quizás aparezca casualmente en la pantalla de Cinecanal un sábado a la tarde de mate, pan dulce y familia en plan de reunión “antes de fin de año”, y alguna prima grande, o un tío al que nunca le gustó el fútbol, confirme, de pleno conocimiento: “Ése es Jon Voight”. Pero sus chances de figuración en estos días no pasan de ahí. “¿Compraste un auto porque le perteneció a Jon Voight?” “No, no…”. “Me parece que ‘sí, sí’. Te gusta la idea de que la gente diga que estás manejando el auto de Jon Voight”. “Bueno, puede ser. ¿Y qué?”.  Seinfeld interpela a George Costanza en el episodio número 94 de “Seinfeld”. Esto fue a fines de 1994. Y ya entonces parte del chiste era que el auto fuese de un actor fuera de época. Imaginate lo que sería ahora. Si Mercedes Morán se compra el auto de Jon Voight y se lo cuenta a Francella, Guille no larga ni un “¡uuuiiiii!”. ¿Qué va a saber Hugo Bermúdez quién es Voight?
Cómo es la cosa, eh. Porque Jon Voight no fue uno del montón. Fue Joe Buck en “Perdidos en la noche”. Cosa seria. “Jerry, ¡estamos hablando de Joe Buck! ¡Si podés interpretar a Joe Buck, hacer a Oscar Schindler es una pavada!”, le dice Costanza a Seinfeld. Joe con las tejanas, los flecos y el sombrero, el pavote una cabeza y media por encima de Dustin Hoffman que termina entrándola en todas partes. Brevemente: después vienen “La violencia está en nosotros” junto a Burt Reynolds, “El Campeón” con Faye Dunaway y “Regreso sin gloria” con la silla de ruedas y Jane Fonda a upa. Para las dos últimas, Angelina Jolie ya había nacido. Ah, sí… porque Angelina Jolie es la hija de Jon Voight. O, al revés, él es el papá. Hay un momento en nuestra vida en el que dejamos de ser nosotros para ser el papá de alguien. Llamamos por teléfono a la escuela y no decimos “hola, habla Vallejos” sino “habla el papá de Laura Vallejos”. O, en la puerta, a la espera de que salga tercer grado, nos presentamos a una mamá atractiva como “el papá de Laurita”; es la única forma de que nos reconozcan. Jon Voight pasó a ser parte de Angelina. Una parte casi irrelevante, menor, perdida en el pelotón. Primero viene Angelina toda ella, esa presencia sexual intimidante, ese halo animal, un portento. Después la boca, labios de churrasco, caminata lunar con dientes. Más atrás las tetas, no por habituales menos importantes. Siguen, si se quiere, los tatuajes, Lara Croft, el Oscar por Inocencia Interrupida, Camboya, las adopciones, Brad Pitt. Y recién ahí, en todo caso y con buena voluntad, en el montón, vendría Jon Voight. Que, por lo demás, para justificar esa ubicación de mitad de tabla para abajo, ya hace rato que viene bajando la cuesta de los papeles secundarios en películas protagonizadas por otros, las apariciones como invitado en series de TV y los telefilmes. Los productores, que tienen algo de prima grande o tío cinéfilo, todavía se acuerdan de él, del cowboy con berretín de taxi boy, del parapléjico rompecorazones, y cada tanto lo convocan. Porque, ojo, guarda, que el papá de Angelina Jolie supo ser tremendo actor con nombre y apellido.

Publicado en el diario La Unión del 29 de diciembre de 2011.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Alcides Ghiggia

Alcides Edgardo Ghiggia nació el 22 de diciembre de 1926 en Montevideo, Uruguay.


No perdamos eso que tenemos. No lo perdamos. Y hablemos de fútbol, como el Mariscal Perfumo, el Ruso Verea y el Mago Capria. Eso que tenemos los uruguayos y los argentinos, que si jugamos es porque queremos ganar, porque, si no, para qué jugamos. Hablemos de fútbol, aunque haya gente a la que no le caiga bien que se hable de fútbol en un lugar adonde el fútbol supuestamente no debería ser invitado. De eso que los europeos, por ejemplo, no pueden entender, habituados a las castas y el respeto por el orden divino, tal vez como consecuencia de una tradición de reyes y transmisiones de poder por vía sanguínea que las jóvenes naciones americanas no tenemos. Hablemos, aunque haya gente que preferiría subsumirse a una corona, que le teme al albedrío. Hablemos, para que no perdamos el valor de ir siempre a más y no a “estar entre los cuatro primeros” o “entrar en alguna copa”.
Eso que tenemos, el Ñato Ghiggia lo tuvo. Además, aunque era win, le gustaba hacer goles. El Cotorra Míguez, el centrofóbar, muchas veces se enojaba porque Ghiggia, en lugar de desbordar y tirar el centro para que el Cotorra la metiera, pateaba él. Faltando 10 minutos, con el escore 1 a 1, Obdulio Varela, el Negro Jefe uruguayo, le tiró un pase, y el Ñato quiso ganar; si no, para qué había ido a la cancha. Menos una cosa, todo daba para ser pesimista: Brasil venía haciendo de a seis o siete goles por partido; doscientos mil hinchas en las tribunas del Maracaná, con camisetas de “Brasil campeón 1950”; los propios dirigentes de la delegación uruguaya, antes del partido les habían advertido a los jugadores que con perder por menos de cuatro y sin expulsados estaban hechos; el resultado, porque si empataban el título era para Brasil; Jules Rimet, el presidente de la FIFA, con el discurso ya armado para felicitar a los brasileños; la banda militar debía tocar el himno de país campeón en la premiación y ni siquiera tenía preparado el uruguayo. Todo en contra, y una sola cosa a favor: esa pelota que Obdulio le tiró en cortada. Ghiggia encaró a toda velocidad, lo pasó a Bigode, el marcador de punta, y ya iba a 100 por hora, o parecía. En el área, el Cotorra esperaba el centro. También el Pepe Schiaffino, el ídolo, el crack, la figurita deseada por los botijas. ¡Pero qué iba a mandar el centro Alcides! Ya había tirado uno antes, para que el Pepe metiera el 1 a 1. Esta vez, ni hablar de eso. Además, el arquero Barbosa le estaba dejando un huequito hermoso para meterla al lado del primer palo. Pateó, el Ñato, fuerte y rasante. “El silencio de los brasileños se escuchaba más fuerte que el grito de gol de los pocos hinchas uruguayos”, recordó Ghiggia cuando ya, con los años, la gesta se había hecho leyenda.
Sólo Ghiggia vive, de los once uruguayos que ganaron esa Copa del Mundo. Hace dos años volvió al Maracaná, a un homenaje. Dice que le dio un poco de vergüenza porque hubo pocos aplausos; 59 años después, los brasileños seguían en silencio. Tal vez regrese una vez más en 2014, para el próximo Mundial, a ver quién lo gana. La humanidad misma supone que será Brasil, que es imposible que de local lo pierda. Yo espero que seamos nosotros, que volvamos a ser los que jugamos porque queremos jugar mejor que todos, y que Messi les pinte la cara. Y Ghiggia, no tengan dudas, cree que va a ser Uruguay. Va a más. Sabe: yendo a más es como se consiguen los maracanazos.

Publicado en el diario La Unión del 22 de diciembre de 2011.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Roberto Pettinato

Roberto Pettinato nació en la Ciudad de Buenos Aires el 15 de diciembre de 1955.


No me cae bien Pettinato. Se cree más que yo. Y es un salame. No querría tener a Pettinato de amigo. Es el típico que si te llama para proponerte “che, a ver cuándo nos juntamos a tomar algo y charlar” en realidad te está diciendo “a ver cuándo nos juntamos a tomar algo y hablar de mí”.
Pongo pausa y aclaro, porque siempre hay alguno con alma de redactor de cartas de lectores de La Nación listo para meter el bocadillo improcedente. No lo conozco a Pettinato más que a un nivel superficial. Sé lo que de él se ve en la tele, sale en los diarios o se escucha en los discos. Y opino de eso, a la manera en que se opina de alguien que no es, como mínimo, cuñado de uno. Al cabo, no podemos saber si Eduardo Feinmann en la intimidad es cariñoso con los niños y rescata de las plazas a palomitas heridas, o si Juan Carr y Cachito Vigil dejan la toalla tirada en el baño para que la levante la señora. Hablamos de lo que vemos. Como Pettinato.
Sigo.
Pettinato se considera músico. Y más bien es un snob que toca el saxofón. Evangeliza acerca de qué música es una porquería y cuál debería ser de escucha obligatoria. Y esta última siempre es algo que conocen él y tres más, no vaya a ser que el pueblo sea inteligente. Llegó a Sumo porque a Luca le gustaba cómo conversaba (permítasenme unos signos: !!) y allí se instaló como un improvisador que, no obstante, tocaba siempre lo mismo y más o menos igual. El tipo que supuestamente cree en la calidad superior de lo que hace, grabó un disco y puso una foto de él desnudo en la tapa, pito al aire. Qué modo singular de valorar y difundir su música por sí misma, ¿no? Igual, el disco era inescuchable, como casi todo lo que toca Pettinato. Que nadie vaya a estar a su nivel para entenderlo.
Pettinato se considera ingenioso y showman. Cómo es que termina escribiendo una contratapa insulsa en el suplemento de espectáculos más cuadrado del país, e intercambiando comentarios machistas con Fabio Fusaro en su programa de televisión, es algo que no se explica. Tampoco se explica cómo es que Fusaro, además, es mucho más divertido que él. Vale reconocer: tal vez la falta de explicaciones no sea porque él no las tenga sino porque no crea pertinente darlas. Es del tipo que parece entender que todo lo bueno que le pasa se lo merece y todo lo bueno que les pasa a los demás se lo merece él.
Pettinato se considera piola. Y se casó con la ex novia de Vilas. Lógico: un saxofón incoherente es, no obstante, menos insufrible que un poema de Cientoveinticinco. Se considera diferente y cool. Y se casó con una artista 15 años menor que él, como cualquier diputado nacional o empresario del acero. Igual vale: gracias a Karina El-Azem habrá descubierto la existencia de Lomas de Zamora más allá del “camión de la 100” y la cancha de Los Andes. Ahora capaz que conoce Las Lomitas y le abate que no quede en Palermo.
Hasta acá llegué. Ahora me pregunto cómo hacerle llegar esta declamación a Pettinato. Que entienda que hay un diario que sale en Lomas va a ser complicado. Que lo tome en serio, más. “¿Un diario en Lomas? ¿Falsifican el Clarín y lo venden en La Salada?”, preguntará. Cómo hago, entonces, para acercar mis letras a su vista, que lea esto que escribo y poder decirle “no te calentés, Petti, ¿no ves que es un chiste?”, que él va a entender.

Publicado en el diario La Unión del 15 de diciembre de 2011.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Kim Basinger

Kimila Ann Basinger nació el 8 de diciembre de 1953 en Athens, Georgia, Estados Unidos.


Vamos a decir la verdad. A sincerarnos, ahora que está de moda el sinceramiento.
“Nueve semanas y media” fue una película insufrible. “Una bosta”, diría mi amigo Claudio, para quien el mundo se divide ya no en “blanco” y “negro” sino en “está bárbaro” o “es una bosta”. El tiempo transcurría espantosamente lento a lo largo de esas casi dos horas durante las cuales, en las escenas de diálogos, caminatas o él eligiendo qué camisa blanca se iba a poner, sentías cómo se te iba yendo la vida mientras estabas en el cine. Gracias a dios pasó hace mucho, 25 años, una época en la que estábamos obligados a ir a verla para no quedar al margen de las conversaciones en los cumpleaños. Y con el transcurrir del tiempo, el mundo se va poniendo de acuerdo respecto de la especie. En IMDB.com, la web favorita de Axel Kuschevatzky, 15 mil usuarios la califican con 5,5 puntos sobre 10. Está bien: medio punto es para Mickey Rourke, se lo habrán puesto las chicas capaces de desvincularlo de la cara de boga (el pescado, no un manyapapeles) que el tipo tiene ahora. Para la película, nada. Y los otros cinco puntos son para Kim Basinger.
Digamos, también, que “You can leave your hat on” es una canción mediocre. Funk rock trompetero, monótono, sin melodía, cantado en un rango que no pasa de una cuarta, o por ahí nomás. Un golpe de suerte para Joe Cocker, que tuvo por primera vez en su vida un disco de platino. Y para Randy Newman, el autor de la canción que, sin gloria, la había grabado 14 años antes. Los dos le deben todo a la escena del strip tease. A las esposas y el látigo, la persiana americana –sí, Soda Stéreo también es deudor aquí—, el auricular travieso del teléfono, el abrigo resbaladizo. Todo a Kim Basinger.
Tiempo después vimos “Cita a ciegas”, con Bruce Willis haciéndose el gracioso junto a John Larroquette. Pero en VHS. Y me pregunto por qué supusimos que era anterior a “Nueve semanas y media” (sí, ya sé, Axel Kuschevatzky no; él sabía. Me refiero a mis amigos y yo: Charly, el Rafa, el Narigón…). Posiblemente, un poco, porque Willis tenía pelo arriba de la bocha. Y mucho más porque Kim venía en un inesperado castaño y lacio. ¿Cómo alguien iba a dejar de lado esa rubiez sinuosa, inmarcesible, que le coronaba la espalda floreciente mientras el seco de Cocker se quejaba en do como un manolero? ¿Por qué motivo inevitable? Eso razonábamos.
“Batman” nos dio una coartada. “¡Qué capo Jack Nicholson!”, podíamos decir, como si nos importara. Había que evitar, sí, mencionar a Michael Keaton. Habría sido muy evidente, una coartada demasiado boba. “Deseo y decepción” fue una genialidad de la industria de Hollywood: podías ir al cine con una chica y ponerla a mirar a Richard Gere mientras vos, como él, ardías indeciso entre Kim Basinger y Uma Thurman hasta que, al final, igual que Gere, optabas por ella. Y “Los Angeles al desnudo”, el shock definitivo. No hay Kim Basinger después de eso. No hace falta. Cada tanto, Susana Roccasalvo, o Catalina Dlugi, o Rial, habrían de meter alguna noticia innecesaria: que se casó con Alec Baldwin (¡grande, gordo!), que iba a hacer de señora en alguna otra película, que estaba en bancarrota, que amaba a las nutrias… nada relevante. El punto final fue el de L.A. Después, no importa nada. Es más, no recuerdo haber visto la película, aunque la vi; pero me quedé en el afiche. Ganó el Oscar por ésa. Está bien.

Publicado en el diario La Unión del 8 de diciembre de 2011.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Jaco Pastorius

John Francis Anthony Pastorius III nació en Norristown, Pensilvania, Estados Unidos, el 1º de diciembre de 1951. Murió el 27 de septiembre de 1987 en Fort Lauderdale, Florida, EE.UU.


Chaf. Chaf. En la primera escena está Pedro Aznar. Tiene 14 ó 15 años. Tenazas en mano y el bajo sobre la mesa, Pedrito va arrancando uno por uno los trastes, esos fierros que dividen en casilleros el mástil de los instrumentos de cuerda pulsada. Chaf. Cada chaf, un traste menos. Algunos salen limpios, muchos traen de regalo alguna astilla, un cacho de madera, el bajo le queda rotoso pero fretless. Pedro escuchó un disco de Weather Report, ese bajo distinto a todo lo que conocía, Jaco Pastorius. Averiguó cómo e hizo. Chaf. Chaf. Ese sonido Serú Girán, el bajo largo que se estira, que flamea. Jaco Pastorius. Chaf.
En esta otra escena, paramédicos de una ambulancia recogen a un tipo tirado en la calle, en la puerta del Midnight Bottle Club. Está hecho bolsa, con la cara rota. Para los ambulancieros no es nada del otro mundo: un sacado que bardea en el boliche y un patovica que le da leña hasta dejarlo irreconocible. Recién después de internarlo en terapia intensiva y atar cabos advierten que se trata de Jaco Pastorius. Ya decían todos que iba a terminar mal. Bipolar y empastillado como una farmacia, hacía rato que nadie lo quería, que lo admiraban en tiempo pasado. Fue y vino unos días entre los tubos, hasta que pintó hemorragia cerebral y fue, nomás.
Otra escena. Es en Nueva York, en una de esas canchas callejeras de básquet que tanto salían en los episodios de Starsky y Hutch. Un ratero, gorrita y buzo canguro, agarra el Fender Jazz Bass que está apoyado a un costado de la cancha y se va. Primero camina. Después raja. Se afanó el bajo de Jaco Pastorius. Jaco Pastorius se da cuenta cuando termina de jugar. Esa noche no va a poder tocar con los muchachos del puente. Ningún problema; igual, lo que ahora le interesa es la percusión, como cuando era un pibe. Por eso nadie quiere editarle su último disco. Dejó Weather Report porque una banda de virtuosos no era suficientemente espaciosa para él. Y ahora no tiene discográfica para su disco. ¿Quién va a querer comprar un disco de Jaco Pastorius en el que Jaco Pastorius no toca el bajo? Lógico.
¿Pero cómo había llegado hasta allí? Capaz que el camino empezó el día en que se le cruzó a Joe Zawinul, el tecladista y jefe de Weather Report, le dijo que se sacara de encima a Alphonso Johnson –hasta ahí bajista de la banda—y le hiciera lugar a él, “el mejor bajista del mundo”. Zawinul le echó flit. Él le dejó un demo. Zawinul lo escuchó y listo; apenas Alphonso se distrajo, empezó la era gloriosa de Weather Report, la de Jaco Pastorius.
Pensar –pensaría él—que lo que él quería de chico era ser baterista. Que si no se hubiera roto la muñeca a los 13 años jugando al fútbol americano, tal vez habría sido uno de los mejores. Pensar que pudo haber sido el mejor contrabajista pero no le alcanzaba la plata para mantener el contrabajo en buenas condiciones y lo cambió por un Fender. Pensar que si algún dueño anterior no le hubiera sacado los trastes a ese Jazz Bass él quizá no lo habría hecho y Joe Zawinul no se habría asombrado del mismo modo al escucharlo. No había cumplido todavía 20 cuando compró ese bajo. El bajo de Jaco Pastorius.

Publicado en el diario La Unión del 1º de diciembre de 2011.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Scott Joplin

Se supone que Scott Joplin nació en 24 de noviembre de 1868 en Texarkana, Texas, Estados Unidos. Murió el 17 de abril de 1917 en Manhattan, Nueva York, EE.UU.


Se sienta al piano Scott Joplin y sus dedos bailan. No como Nureyev, no como Nijinsky. Bailan como un Astaire achispado; igual que Fred, parecen deslizarse, nadar sobre el sólido, o, de repente, golpetear al ritmo en contracciones y distensiones perfectamente controladas, prolijas, elegantes. Sus dedos –los de Joplin— son engranajes como flores, se mueven y se mueven, su música se mueve, plebeya, esclava, música despreciada, música negra. Pero no, qué cosa, no es precisamente Joplin el Joplin que suena; es otra persona, tal vez Joshua Rifkin, el pianista que lo devolvió a la existencia pública más de 50 años después de su muerte. Porque Scott Joplin murió en 1917 sin haber dejado ni una sola grabación propia de su música. Solamente quedaron un puñado, o un par, de cilindros para pianola que produjo cerca del final, en los que se advierte una interpretación desprolija y disrítmica. Dicen los historiadores de la música y el género –el rag— que esos cilindros traen un Joplin enfermo y con dificultades para expresarse a través de sus dedos. Dicen, también, es cierto, que, aparentemente, en sus años de juventud, salud y esplendor tampoco era una lumbrera con las teclas. La verdad es que lo que baila y se desliza como corriendo en el aire no son los dedos de Scott Joplin en el teclado sino su música en el pentagrama.
Paul Newman y Robert Redford son rubios, bonitos y sonríen. Mientras ellos hacen sus fechorías en “El golpe”, lo que suena es “The entertainer” (pi-pi-piri-pirí-pirí… mil millones de teléfonos en espera que no eligieron Para Elisa) o, si no, “Solace”, o “Pine Apple Rag”, o algún otro. Lo que suena es Joplin. Scott no es rubio ni bonito. Y mucho menos sonríe. Es negro, atribulado,  hijo de un esclavo. Como cantó Lead Belly en “Cotton fields”, en esa Texarkana natal de Scott Joplin se cosechaba algodón, y había que hacerlo antes de que las cápsulas se pudrieran y arruinaran el vello. Cuando Jilles Joplin fue liberto y cambió los campos de algodón por un trabajo en el ferrocarril fue que nació Scott, hijo de Florence. Jilles y Florence tocaban el violín, el banjo y el piano. Scott fue pianista y se fue de la casa familiar porque no quiso ser ferroviario. El no querer sería una constante en la vida de Scott Joplin; no resignarse. No quiso tocar música clásica ni blues negro, sino jazz. No quiso ser un morocho más dándole al piano en el rincón de un bar sino componer, publicar y enseñar. No quiso atar sus rags a los dos o tres minutos de la música popular sino llevarlos a las formas de la erudita. Así compuso imprevistas extensas piezas de ballet y una ópera negra. No quiso que lo trataran como a un negro en los primeros años del siglo XX en Norteamérica. Pero eso era. Nadie aceptó sus, una y otra vez, esfuerzos de ballet y ópera. Sólo sus breves piezas de jazz de tres minutos de dedos deslizándose por el teclado de un piano como si fuera una pista de patinaje sobre hielo. Ha pasado casi un siglo desde su muerte por sífilis que se pescó en un hospital y es hoy el compositor negro más exitoso en términos de interpretación y reproducción de sus obras. Gracias al “Maple leaf rag”, banda de sonido de mil películas mudas, o a “The entertainer”. Sus tres minutos. Ahí está. No es –uno puede suponer— lo que él habría querido.

Publicado en el diario La Unión del 24 de noviembre de 2011.