jueves, 7 de julio de 2011

Ringo Starr

Richard Henry Starkey nació en Liverpool, Inglaterra, el 7 de julio de 1940.


Induteeewn… Where I wis boooorn... McCartney –acá lo llamamos “McCartney”; dejamos el familiar “Paul” para Badía o las bandas tributo, y el penoso “Sir Paul” para Catalina Dlugi—, que no es zonzo, terminó la canción y no debe de haber tardado mucho en darse cuenta: “Ésta es para Ringo”. El petiso no iba a tener drama en cantar el asunto ése del marinero, los mares de colores y la vida dispendiosa. No sólo eso: la iba a pasar fenómeno. Era –es—el tipo capaz de sugerir “che, cantemos Yellow Submarine” en medio del viaje en combi y arrancar, de lo más divertido, con el Induteeeewn..., contento como en este video que están pasando en los noticieros para anunciar que viene a Buenos Aires en noviembre, donde la canta meneando las patitas flacas y zambas y haciendo sube y baja de hombros como si estuviera en un karaoke de un millón de dólares. Porque, ah, eso, viene Ringo. Va a cantar acá por primera vez. Como plan para una noche entretenida es fantástico. Lo que no termina de cerrar es que cobre entrada. Está bien –o no, pero es comprensible—que ir a ver a McCartney en River salga más que comprarse un 306. Pero Ringo es casi de la familia, es como un tío tarambana que hace 50 años iba por ahí pasándola bomba y de repente se dio cuenta de que, en su andar despreocupado, se había metido en los Beatles –acá decimos “Los Beatles”; dejamos el “The Beatles” para los giles. Y para Badía—. Y desde entonces anda por el mundo de joda. ¿Cómo nos vas a cobrar doscientos mangos a nosotros, tío Ringo? Porque fíjense una cosa: hagamos como Braceli, que anda todo el tiempo encontrándose con los muertos, e imaginémonos que nos cruzamos con uno de los Beatles y le tiramos un “¿qué hacés, campeón? ¿Cómo andás?”. Supongamos cómo sería la reacción. Yo me imagino a George respondiendo un “hola” respetuoso y yéndose ligero a otra parte. A McCartney diciéndome “qué tal, mucho gusto, puede hablar con mi manager”. A John preguntándome “¿y vos quién sos?”. Y a Ringo que me larga un efusivo “¡hola, maestro!”, y ahí nomás arrancamos juntos: Induteeewn…
Lo peor que tenía Pete Best no era lo mal que tocaba la batería, sino su invariable cara de culo. Los Beatles no estuvieron completos hasta 1962, cuando llegó Ringo con su eterna idea: “Vamos a divertirnos”. Ésa fue su función principal en la banda. Además de tocar la batería, si no brillantemente, sí bastante mejor de lo que se dice. “¿Cómo es ser uno de los mejores bateristas del Mundo?”, lo presentó un día un entrevistador. Ringo lo corrigió: “Ni siquiera era el mejor baterista de los Beatles”. Pero exageraba. Ringo no hacía –no hace—milagros con los tambores, pero iba con swing, en ritmo y parejo, sin metrónomo ni auriculares. Y no era tan fácil, tal como corroboró el propio McCartney cuando, ya separados los Beatles, grabó su disco solista tocando él la batería. Ahora en sus shows toca poquito. Más bien se para al frente, con esa cara y físico de Gran Gonzo de los Muppets, y te muestra cómo se divierte. ¿Te parece poco? ¿Querés más? Andá a otro show. Andá a verlo a Malosetti, que hasta podés llevar pipa. Ringo es eso, lo que se ve, no esconde nada, es ese tipo que, estoy seguro, fue el que en 1966 cayó al taller de chapa y pintura con el submarino y le dijo al pibe de overol que no entendía nada: “Flaco, ¿me lo pintás de amarillo?”.

Publicado en el diario La Unión del 7 de julio de 2011.

jueves, 30 de junio de 2011

Leonardo Sbaraglia


Leonardo Máximo Sbaraglia nació en la Ciudad de Buenos Aires el 30 de junio de 1970.


¿Se puede hacer una referencia futbolística en esta página que, vista con condescendencia, es casi cultural? Perdón. Permiso. Quería contar esto. Hace tiempo y allá lejos, para cualquiera que no viviera en el área portuaria, los ídolos del fútbol eran personajes en cierto modo mitológicos, compuestos más en una imaginación que los hacía infalibles. Ahora la cosa cambió porque el fútbol es para todos, en cualquier lugar del país es cuestión de poner la tele y ver que hasta Riquelme a veces pisa mal y se cae de culo. Pero ni siquiera es necesario irse a la época del flash a magnesio y las cupecitas para pintar eso del mito. Todavía hace muy poco tiempo, acá en Buenos Aires capaz que ensalzábamos a un nueve rosarino creyendo que lo conocíamos, cuando en realidad lo habíamos visto dos partidos en todo el año, seis segundos por domingo en los resúmenes de Paso a Paso, y leíamos los “ocho” que le ponían los corresponsales también rosarinos, hinchas del equipo del nueve y amigos del representante que lo quería vender a Capital. Después al nueve lo compraba River y recién ahí advertíamos que no era un crack sino un afanoso breguero que hacía goles dos veces por año y pateaba al arco seis segundos por partido.
Un día Leo Sbaraglia se fue a vivir a España. Lo corrió el 2001, como a tantos argentinos. Se fue y se llevó su pasado. Su Diego de “Clave de Sol”, sus personajes de películas de Marcelo Piñeyro, los diversos ladronzuelos de “Plata Quemada” y “Caballos Salvajes”. Escondido en el fondo del equipaje se llevó hasta el “Sbagliato” a quien Mesa martirizaba en “El Gordo y el Flaco”. Unas cuantas cosas las tiró por la borda mientras cruzaba el Atlántico (es decir… se habrá ido en avión. Digamos que las dejó en la cinta del baggage claim). Leo se fue a España. Lejos. Sin tevé en directo. Venía dos domingos por año, hacía de perseguido por Lito Cruz y se iba. A España. Y era un fenómeno. Prestigioso, serio, versátil, convincente, culto y bien mirado. Exitoso. El “notable actor argentino” en la Península. Nuestro Tom Hanks. Una eminencia transmitida por corresponsales. Elogiada por Catalina Dlugi con baba en la comisura y un poquito de pis. Vista sólo si uno tenía mucha voluntad, en películas que duraban una semana y media en cartel en la sala 27 del último piso del Cinemark.
Un día Leo Sbaraglia volvió. Lo llamó el bienestar nacional y popular, como a tantos argentinos. Volvió, o no volvió, o va y viene… la cuestión es que se lo ve por acá. Y cuando se lo ve… no es Tom Hanks. Más bien su estilo tiene un aire Calabró en “Campeones”, cuando hacía de actor serio en camiseta. Es el precio de estar delante de nuestros ojos. Leo hace la propaganda de Centrum, y ahí, acá, es que lo vemos. Antes hacía un Andrew Beckett en cada película –que lo sigue haciendo, pero ¿alguien piensa ir al cine a ver “Sin Retorno” o “Restos”?— pero nos lo contaba la orinada Catalina. Y es mejor ahora, que nos encontramos con este Leo Sbaraglia laburante, que actúa en películas rigurosas, pero también promociona las bondades de un suplemento vitamínico con cinc, va a la tele a defender la realidad –aunque se enrede en cada frase y no redondee una idea nunca antes de que lo manden al corte—, banca al Incaa TV, habla en los actos –y también se enreda—, y muestra cómo la yuga, de uno u otro modo. Como tantas otras cosas, mucho mejor ahora.

Publicado en el diario La Unión del 30 de junio de 2011.

jueves, 23 de junio de 2011

Zinedine Zidane

Zinedine Yazid Zidane nació en Marsella, Francia, el 23 de junio de 1972.


“Jugar –le decía el Ruso Salzman al demonio Asmodeo, en el relato de un Dolina culminante—. Quiero jugar, maestro”. Asmodeo, amo de las cifras, ser del ser de los tahúres, rostro de todos los naipes, le ofrecía el triunfo perpetuo, ganar siempre. Y el Ruso, cuyo punto era la acción y no el efecto, lo indignaba despreciándolo. Asmodeo se había encontrado con la persona equivocada: él buscaba, ponele, al Narigón Bilardo, con uno así le habría salido bien. Pero se topó con uno como Zinedine Zidane.
Zinedine, tipo raro, francés de nombre argelino por sus padres cabilios, cara, gesto y actitud extrañas en un mundo y un país –los suyos— donde los jugadores son altivos como Platini o altaneros como la Brujita Verón. Zinedine no era una cosa ni la otra, ni tampoco lo contrario. Era, parafraseando a Fontanarrosa, ya que estamos en visaje de citar escritores populares, argentinos y Negros, “lo que se dice, un jugador al fulbo”. De chico aprendió la historia del tío Djamel, quien en 1982 había jugado en una selección de argelinos flacos que le ganó 2 a 1 a Alemania un partido de Campeonato del Mundo. “No fue un gran partido. Fue una casualidad. Los alemanes cometieron dos errores, pero antes y después no nos dejaron jugar, no tocamos la pelota”, le contaron que decía Djamel. Zinedine también aprendió eso.
“Jugar. Eso. ¿Entiende, maestro?”. Zidane nunca se encontró con Asmodeo. Tal vez el demonio quiso evitar otro mal trago después de lo que le pasó con el Ruso. Pero le habría dicho algo así. Lo suyo era jugar. Jugó en el Real Madrid, el Juventus, con la selección de su país fue campeón de Europa y del Mundo. Era inevitable; él era demasiado bueno, por eso estuvo en esos sitios. De lo contrario, habría estado jugando en otro lado. De adolescente, casi veinteañero, conoció a Francescoli, que andaba casualmente por Marsella, su ciudad, jugando en el equipo de allí, y descubrió que lo que él quería hacer y hacía no era un desliz de la naturaleza, que existía, sólo que los otros franceses no sabían hacerlo. Y cuando tuvo un hijo  le puso Enzo.
De joven, antes de los 25, se quedó calvo. No se rapó. Eso lo hacen los futbolistas, y él era jugador al fulbo. La bocha lampiña rodeada de pelambre, como la de un Bochini franchute, mandó la pelota dos veces adentro del arco de Brasil, y Francia ganó el Mundial que, como siempre, era imposible que Brasil perdiera. Ocho años después, ya con más pelos en las cejas que en el marote, volvió a estar en la gran final. Mientras 21 “profesionales” apostaban a la sangre, sudor y lágrimas para triunfar, él jugó. Tuvo un penal que patear y lo volvió un malabarismo. Le hizo bailar el minué a la pelota. Por casi una hora y media, esa final fue él. Después, Marco Materazzi, un italiano que si se hubiera encontrado con Asmodeo lo habría asociado para poner una inmobiliaria, hizo sus deberes: lo insultó, lo provocó, basureó a su madre y a su hermana. Zinedine lo sentó de un cabezazo en las costillas y se fue de la cancha. Ese Mundial tuvo campeón pero no final; terminó antes de tiempo. De grande, de viejo, Zinedine será el muchacho de una historia, quizá cierta, para los nietos del tío Djamel. Les contarán que el tío Zinedine decía: “Perdimos con Italia, sí. Pero qué lindo fue jugar aquel partido”. Y ojalá aprendan eso.

Publicado en el diario La Unión del 23 de junio de 2011.

jueves, 16 de junio de 2011

María Valenzuela

María del Carmen Valenzuela nació el 16 de junio de 1956 en la Ciudad de Buenos Aires.


Las cosas cambian y el mundo evoluciona, es lógico, es inevitable. A veces, muchas, para hacerle la vida peor a la humanidad, también es lógico; “cuanto peor ellos, mejor yo” es la ecuación básica de los que viven por el poder y tienen en su acumulación más potestad que otros para generar cambios. Pero sea como sea y para lo que sea, los cambios, por definición, son evolución inevitable. Si la fotografía se hubiese inventado después del cine, se la habría celebrado como un sorprendente método para atrapar imágenes precisas de un instante que hasta entonces sólo se podían capturar en movimiento. Si los fósforos se hubieran conocido después del Cricket, se los habría vendido como la gran novedad: encendedores descartables ultraportátiles de un solo uso. La Prestobarba surgió después de la Gillette y el progreso, entonces, fue que no había que usar siempre la misma máquina de afeitar cambiándole la hoja, sino que se la podía tirar y a la vez siguiente usar otra. Más adelante salió al mercado la Trac, una Prestobarba a la que se le podía cambiar el cabezal con el filo, y fue progreso otra vez porque no había que tirarla después de un solo empleo. Todo es progreso, a veces bueno y otras veces no. Antes –hace un tiempo, no importa cuánto; “antes” es suficientemente preciso— el tipo gracioso y agudo era Pinti. Hoy, gracias a Dios, ese tipo es Capusotto, y Pinti una señora que barre la vereda y dice “qué barbaridad, son todos chorros”. Pinti decía la falacia esa de que pasan los años, los gobiernos, hipócritas, moralistas, listas negras… y quedan los artistas (andá a decirle a Luis Politi que las listas negras pasan y los artistas quedan). Capusotto dice: “Lástima que son tan egocéntricos, que sufren por pelotudeces, se deprimen y creen que son importantes, por mí que se vayan a la puta que los parió”. Mucho mejor, más certero. Una evolución. Muchos artistas, en el viaje de ser su propio personaje, desesperan como El Chavo a Quico. Pero María Valenzuela no. Sólo por eso, por evitarnos el mal trago, merece los buenos deseos de un feliz cumpleaños. Se bancó como una reina el “María del Carmen Valenzuela” empalagoso que tanto le gustaba a Migré y el todavía peor “Mariquita Valenzuela”, seguramente una idea de Alejandro Romay y si no lo fue tiene todo su estilo, hasta llegar al firme “María” sin más, como corresponde a una mujer sensata y sin empaques.
Se casó con Pichuqui, pudiendo haberse enganchado tranquilamente algún galán coetáneo. Nos imaginamos a mamá Valenzuela lamentándole: “¡Pero nena! Estando Pablo Alarcón, Arturo Puig, Arnaldo (mamá ni se imaginaba lo de Arnaldo)… ¿Qué le viste al pibe del noticiero? Decime un poco…”. Dejó de estar en la tele sin descangallarse por un minuto más en cámara, y volvió a estar sin verse como una resucitada vintage y de oferta. Armó, desarmó y rearmó familia sin melodrama. Bailó en lo de Tinelli sin hacer payasadas con Moria y la Alfano ni acusar a nadie de nada. Lloró sin cámaras durante la casi muerte de su hija mayor y sólo una vez y con recato delante de ellas después. No dice, jamás, con quién era que andaba cuando la gente pensaba que ella andaba con Darín. Perdió a Guevarita en Campeones y lo recuperó en Son de Fierro. Y su imagen es tan, pero tan digna que Pinti y su canción pedorra no se la merecen.

Publicado en el diario La Unión del 16 de junio de 2011.

jueves, 9 de junio de 2011

Les Paul

Lester William Polsfuss nació en Waukesha, Wisconsin, Estados Unidos, el 9 de junio de 1915. Murió en Nueva York, Estados Unidos, el 13 de agosto de 2009.


–Así. Lo quiero así –dijo el tipo mientras con su mano izquierda, la que todavía podía mover a pesar de los vendajes, le doblaba el codo derecho al médico que lo atendía.
–Como una “L”. A noventa grados –afirmó el doctor, pero no era una aseveración sino una consulta. Quería saber si había entendido bien. Él –el doctor— no sabía nada de música. No tocaba ningún instrumento. No sabía.
–No. No a noventa grados. Un poco menos –corrigió el tipo, que no sabía nada de geometría. No quería un ángulo menor sino mayor. Un poco menos doblado el brazo, ésa era la idea que buscaba transmitir. Por suerte aclaró antes de que oscureciera: –Un poco más abierto. Así –y volvió a acomodar el brazo del médico. Él –el tipo—tenía 33 años y había venido andando con su Buick por la Ruta 66 de Wisconsin a Los Ángeles cuando, a la altura de Oklahoma, el pavimento helado hizo patinar el auto que dio unas cuantas vueltas en el aire antes de parar. La sacó barata: nada más el brazo derecho le quedó a la miseria. En el hospital le explicaron la situación: podían amputarlo o dejárselo rígido para siempre; el codo no servía más. Entonces fue cuando él dijo que rígido, sí, pero no recto. –Así –dijo--, y le mostró cómo al médico que lo atendía. Era la posición que necesitaba para poder, por el resto de su vida (que fueron 61 años), seguir tocando.
El mástil grueso, dos micrófonos doble bobina, el cuerpo macizo pesado como una valija de rulemanes. Ésa es la guitarra Gibson Les Paul. ¿Cómo suena? Gruesa, redonda, sostenida, con notas largas, acordes llenos, cuerdas estiradas que no se acaban nunca. “Whola lotta love”, de Led Zeppelin. Buscá en Youtube. Eso es la Les Paul. O el solo de Eric Clapton en “While my guitar gently weeps”. Para quien no lo sepa, desde que se inventó el rock, las guitarras son dos: la Les Paul y la Stratocaster. Después están las otras.
Pero volvamos a este hombre, el del accidente en Oklahoma. Se llamaba Lester Polsfuss. Y se hacía decir “Les Paul”. Efectivamente; ahora todo cierra, ¿no? Lo que le gustaba a Les era tocar la guitarra. Lo que no le gustaba eran las guitarras eléctricas de cuerpo hueco que eran las que existían en aquellos años, década del 30 del siglo pasado, “los treintas”, diría Caparrós. Veinteañero emprendedor, si lo que hay no sirve inventemos una que sirva, se dijo e hizo. A la primera le puso The Log (“La Madera” o “El Tronco”), nombre apropiado, ya que se trataba de un ladrillo de madera (“un paralelepípedo”, diría Arlt) al que le pegó un mástil de guitarra Gibson. No andaba bien. Después metió el ladrillo dentro del cuerpo hueco de otra guitarra eléctrica. La cosa mejoró un poco y quedó algo más presentable, pero no mucho. Pasaron casi 15 años, y aquel vuelco que lo dejó tullido, hasta que, con su prototipo, sus sugerencias y la mano de obra de la fábrica Gibson, nació, en 1951, la Gibson Les Paul (dato para los que están en tema y no lo saben: esa primera Les Paul no era como las de ahora, sino similar a la Gibson SG. Qué cosa, ¿no?).
La historia interesante de Les termina acá. Vivió casi 50 años más, con ese brazo chueco que, cosa curiosa, lo hacía ver deforme cuando andaba a capella, pero si se colgaba una guitarra eléctrica parecía el tipo más normal y sano del mundo.

Publicado en el diario La Unión del 9 de junio de 2011.

jueves, 2 de junio de 2011

Horacio Ferrer

Horacio Ferrer nació en Montevideo, Uruguay, el 2 de junio de 1933.


En el Hotel Alvear, hotel cajetudo del barrio porteño de Recoleta, “Alvear Palace”, nombre en lengua extranjera, como mejor cae en esa zona de la Ciudad de Buenos Aires, en esa avenida, Alvear, que recuerda al fallido dictador que quiso entregar las Provincias Unidas del Río de la Plata primero a los ingleses y más tarde de vuelta a los españoles, en ese cinco estrellas, en una habitación/departamento de 38 metros cuadrados, vive Horacio Ferrer. Un día, hará unos 30 años o un poco más, decidió que quería alojarse para siempre en ese hotel, que hacía juego con su moño, su rosa en el ojal, sus versos y su sonrisa, se compró esa habitación en el octavo piso y desde entonces hasta hoy y hasta el último día vive y vivirá rodeado de vecinos que cambian cada fin de semana, con botones y recepcionistas en lugar de porteros, y el cartel de “do not disturb” colgado del picaportes de la puerta si no quiere que la mucama se le meta sin avisar en su casa. Es una vida que sería imperdonable si fuese otra persona, digamos, Daisy de Chopitea, o el juez Fayt, o Fassi Lavalle. Pero Ferrer es un poeta, uno de los buenos. Los buenos poetas son bienes escasos, y ya eso sería suficiente como para perdonarle que viva en el Alvear. Pero si además vemos que todo el asunto, de vivir en una habitación de un hotel lleno de borlas, es un poco de su poesía, entonces no sólo hay que perdonarlo sino además estar a favor.
Horacio Ferrer nació en Montevideo. Todavía vivía allí cuando escribió para Aníbal Troilo la letra de “La última grela”, su primer tango, que después musicalizó Astor Piazzolla, y también cuando publicó su “Romancero canyengue”, el que decidió a Piazzolla a conminarlo: “Si no venís a Buenos Aires a trabajar conmigo sos un imbécil”. Horacio dejó sus trabajos en la Unviersidad de Montevideo y el diario El País, y vino. No era un pibe. Tenía 34 años.
4808-2100 es el número de teléfono del Alvear. Por supuesto, si uno llama no le van a pasar la comunicación con Horacio, pero seguramente le tomarán el mensaje que quiera dejarle. Él, si no anda de tertulia por ahí, estará mirando fútbol: a Huracán, pese a todo, al Barcelona, cualquiera del Fútbol para Todos, la Liga Inglesa o lo que le interese. “Miraré ocho, diez, partidos por semana, no me parece que sea mucho”, dice. Qué cosa: Horacio Ferrer mirando fútbol es también parte de su misma poesía.
Lulú es otra parte y no una menor. Lulú Michelli, la mujer que comparte con él esos 38 metros cuadrados de unos pocos libros, algunos discos, cuadros y dibujos. Esa pintora de la que Horacio se enamoró en un bar de San Telmo llamado –créase o no—“La Poesía”. Ella, por quien él dejó de dibujar –otra de sus actividades artísticas, opacada por la literaria—porque desde entonces “la artista plástica de la pareja es ella”, explica, firme y claro.
La frase inmortal: “eso no es tango”, nació el 16 de noviembre de 1969. Era el Festival de Buenos Aires de la Canción y la Danza y Amelita Baltar cantó “Balada para un loco” entre una ovación y monedazos. Unas semanas antes, Ferrer había llegado al departamento de Piazzolla con otra frase: “Ya sé que estoy piantao…”. Trabajaron siete días seguidos. Agregaron, quitaron, cambiaron ritmos, melodías, recitados, versos. Al terminar, Ástor le dijo: “Hacete una tarjeta que diga Horacio Ferrer, autor de Balada para un loco. Te va a servir para toda la vida”. Y también fue parte de su poesía.

Publicado en el diario La Unión del 2 de junio de 2011.

jueves, 26 de mayo de 2011

Clemente VII

Giulio di Giuliano de Medici, luego Clemente VII, nació en Florencia, Italia, el 26 de mayo de 1478. Falleció en Roma, en territorio de la actual Ciudad del Vaticano, el 25 de septiembre de 1534.


Lo primero que sugiere el nombre del personaje seguramente es: “Che, ¿el 26 de mayo no cumple años nadie?”. Efectivamente, así como el jueves pasado hubo que hacer de tripas corazón y descartar cumpleañeros como Alejandrita Pradón, Nati Oreiro, Cachavacha Forlán o el gran Pete Towshend en favor del protagónico de Cecilia Bolocco, hoy la mano venía fulera, con velitas para insípidos. De ese mar de opacidades es que sacó ventaja el papa mufa.
Juan XXIII fue “el papa bueno”, Juan Pablo I “el papa que ríe” (hasta que le enchufaron el Racumín en la sopa y no se río más) y Juan Pablo II “el papa viajero”. Nuestro Clemente VII fue “el papa mufa”, aunque no se lo decían (de hecho, el término “mufa” no se utilizaba entonces en la acepción que se le da en la actualidad en Buenos Aires).
No se hará en estas líneas una crítica a la oscuridad, dudosa moral, crueldades y baja estofa en general de Clemente. Hay que tener en cuenta el contexto de aquella Europa precolombina que admitía sin disimulos el sometimiento del hombre por el hombre y la política de poderosos apoyada en el sufrimiento de los débiles, o sea, era igual que ahora.
A los papeles, entonces. A Clemente VII, la mufa lo afectó incluso desde antes de haber sido elegido. En 1521, a la muerte de León X, él era el gran candidato a sucederlo. Pero en la primera vuelta de votación, los cardenales que lo respaldaban dividieron los votos entre él y un perejil cualquiera sólo para complicar las chances de entrar al balotaje del otro postulante, un italiano que no viene al caso. Resulta que los cardenales del italiano éste hicieron lo mismo. Y ganó el perejil, que fue Adriano VI.
Clemente tuvo que esperar dos años más hasta ser papa. De entrada nomás, se alió a los franceses para echar a los españoles de Italia, justo cuando España avanzaba a dominar medio Mundo. Perdió como en la guerra (o, más precisamente, en la guerra). Para colmo, apenas pasó esto, al ejército español en Italia se le juntaron tres o cuatro meses de sueldos atrasados. “Saqueemos Roma y nos cobramos de ahí”, dijeron los muchachos; dicho y hecho, y Clemente VII pasó sitiado siete meses, sin poder salir de su castillo. Un tiempito después intentó disciplinar a Henry VIII, el rey de Inglaterra que pretendía divorciarse de su esposa, pero Enrique no sólo no se sometió, sino que le fundó una religión paralela que al día de hoy persiste con aceptable éxito. Siga el baile, y ahora Francia e Inglaterra se aliaron contra España. “Ahora sí, no podemos perder”, pensó Clemente, y casó a una sobrina suya con el rey de Francia. Huelga detallar el resultado de su plan. En fin… derrota más, fracaso menos, el 25 de septiembre del 34 pidió champiñones para la cena, igual que unas semanas antes le había pedido a Michelangelo que pintara un fresco sobre los ángeles expulsados del cielo en el techo de la Capilla Sixtina. No se sabe si el cocinero le erró sin querer o le embocaron los hongos venenosos porque todos en Roma estaban hartos de andar siempre con la mano en el huevo. Pero, en todo caso, para él fue mala suerte. Como era de esperar, Miguel Ángel pintó en el techo de la iglesia el Juicio Final, es decir, cualquier otra cosa que lo que le había pedido Clemente. Así terminó la historia del 219º papa. Que no será la mar de interesante, cierto, pero bueno, qué quieren… Alejandrita Pradón y la Bolocco no cumplen años todos los jueves.

Publicado en el diario La Unión del 26 de mayo de 2011.

jueves, 19 de mayo de 2011

Cecilia Bolocco

Cecilia Bolocco Fonck nació el 19 de mayo de 1965 en Santiago, Chile.


Uno a veces no entiende. O, hablemos con propiedad: yo. El que no entiende soy yo. Como decía Rabinovich: yo no lo entiendo. Hay personas que hacen de su vida un evento que yo no puedo entender. Explicaciones hay, seguro y por supuesto, si no por qué lo harían, ¿no?, pero son materia inasible para mi razón. No es, por lo demás, algo común, habitual. Por lo general entiendo. Por ejemplo, hoy también cumple años Alejandra Pradón. Supongamos que Alejandrita se hubiera metido de canuto en departamento ajeno, captó que venía el marido, quiso pasarse al balcón de al lado y se cayó. Eso lo entiendo. Otra que cumple años hoy es Estela Raval. Estela Raval actúa como si supiera que canta como nadie más puede cantar, siente que es dueña de los aplausos, y cada vez que aparece un éxito más o menos, ella lo hace cover. También lo entiendo. ¿Quién más cumple años hoy? Día prolífico. Otro es Diego Forlán. Le gustó Zaira Nara y ahí fue. Más que entendible. Un cumpleaños más del 19 de mayo: Natalia Oreiro. De ella entiendo todo. No lo puedo evitar. ¿En qué estaba yo?... Ah, en lo que no entiendo. Cecilia Bolocco. Y no, no entiendo. No llego a ponerme en situación. “Es por la guita”, me dirán. “La mina no es ninguna pirada. Se salvó para toda la vida”, me dirán, parados sobre el lugar común. ¿Quieren que les diga una cosa? Igual no entiendo. No lo veo, no lo capto, no lo acepto. No te podés casar con ese tipo. “El poder seduce, Vallejos”, me dirán. Puede ser. Pero lo que viene con el combo es demasiado: un señor anciano, consumido, un renacuajo dentro de un traje brilloso, pero además un tipo incapaz de formular una idea compleja si no se la dictaron, y que aun así la mayoría de las veces se equivoca al formularla, y un tipo capaz de vender a su hijo y su madre si hace falta para resolver alguna componenda o si se lo indican. ¿Fue por la guita? Para mí no puede ser. Y si fue, tampoco lo veo. Si me decís que es Gladys Florimonte, está bien, acepto, entiendo. Pero ella era la ex Miss Universo, 35 años, famosa, prestigiosa, y estaba para partirla a fustazos. Guita, si no le alcanzaba la que tenía, conseguía en cualquier parte. El mundo está lleno de empresarios.  ¿La habrá tentado, nomás, el poder, ser la primera dama chilena del presidente argentino? ¿Se habrá creído de verdad el “que vuelva Carlos”? Semejante error de cálculo tampoco me cierra. Si acá sabíamos todos que no había forma, si nuestro temor grande no era que volviera, sino que López Murphy entrara al balotaje, ganara y ahí sí, agarrate porque se venía una como para que la filmara Oliver Stone. ¿Puede ser que se haya confundido de tanto andar entre Córaches y Kóhanes, Gostanianes y Benardos, Susanas y Tonys Cuozzos, que no tuviera a nadie de confianza que le advirtiera “mirá, Chechus, fijate bien porque no es como te dicen estos tipos, eh”? Le dio para delante, nomás, Cecilia. Le daba tanta impresión que cuando el juez dijo “puede besar a la novia” ella amagó y puso el cachete. Pero, así de fría, fue al frente e hizo de esposa. ¡Hasta un hijo hizo! Yo no lo entiendo. Que era capaz, sí, de acuerdo, lo veíamos todos, ella es de esas personas con la cara honesta y el cinismo ostensible, que basta verlas y te das cuenta que no les importa nada. ¡¿Pero para qué, hermano… para qué…?!

Publicado en el diario La Unión del 19 de mayo de 2011.

jueves, 12 de mayo de 2011

Jonah Lomu

Jonah Tali Lomu nació el 12 de mayo de 1975 en Auckland, Nueva Zelanda.


Una bestia. El tipo era un portento. ¿Por qué ”era”,  en tiempo pasado, y no “es”, si está vivo e incluso sigue jugando? Porque el impacto, el momento en el que nos dejó a todos (los pocos que, supongo, estaríamos viendo ese partido) con el as de espadas congelado en la cara y el “¡a la mierda!” a flor de lengua fue hace 16 años. Vayan a Youtube, pongan “Lomu, 1995, England” y nomás vean. Es una semifinal entre los All Blacks e Inglaterra en 1995. No hace falta entender de rugby.
Jonah Lomu corría 100 metros en 11 segundos o un pelito menos (10.80 era su récord). Igual que el Pájaro Caniggia. Es decir, algo normal, no para todo el mundo, por supuesto, pero sí para un wing de rugby del más alto nivel. Lomu, además, medía 1,96 metro y pesaba entre 120 y 125 kilos, según lo que hubiera almorzado. Eso no es normal, ni para wing ni para velocista.  Es como si La Mole Moli –dos centímetros más bajo que Lomu y un par de kilos más liviano los días de pelea o de semifinal de “Bailando…”— tuviera el récord argentino en los cien metros llanos.
Lomu es el jugador de rugby más popular en el Mundo, de todos los tiempos. Su carrera, no obstante, entró en declive rápido. Problemas de salud. Aunque fue capaz de otras hazañas, como la de entrenarse y jugar al mismo tiempo que se sometía a diálisis tres veces por semana, o volver a jugar menos de un año después de que le hicieran un trasplante de riñón, éstas son de las que no impactan del mismo modo en la tele.
Menotti decía, en los años del mejor Maradona, que Diego era un producto del fútbol argentino, de nuestra cultura, del potrero. Que si hubiera nacido en Japón no habría llegado a ser lo que fue.  En ese sentido, Lomu, que no es un tipo normal, le debe mucho al rugby neozelandés. Pero no al modo de los rugbiers de acá, que dicen deberle al rugby “el honor”, “el compañerismo”, ”la fortaleza”, “la deportividad”, y pavadas semejantes, y lo dicen como si sólo los jugadores de rugby pudieran portar esas cualidades. Lomu al rugby y a su nacionalidad les debe tal vez la vida. Además de nacer con esa falla renal que empezó a traerle problemas apenas pasó los 20 años, Jonah nació pobre, en un barrio bajo del sur de Auckland, donde la gente algunos días vivía de changas y otros de afanar, y donde nadie se sorprendía por cosas como la que le pasó a su primo David, al que degollaron a machetazos en una pelea. Su papá, un inmigrante tongano, se emborrachaba y lo fajaba seguido (y viendo al hijo, uno se imagina que don Semisi Lomu debía tener la mano sólida y grande), hasta que un día resultó que el pibe había crecido, y lo recagó tanto a palos que se tuvo que ir de su casa para siempre por las dudas de que don Semisi aplicara represalias. Jonah iba a la escuela porque imaginaba un futuro digno, trabajando de cajero en el banco del barrio. Jugaba al rugby porque en Nueva Zelanda todos juegan al rugby. Y llegó a los All Blacks a los 19 años por pura lógica. si Lomu, como decía Menotti, hubiera nacido en otro país, por ejemplo Argentina, probablemente habría muerto joven y desconocido, culpa de una insuficiencia renal. ¿Dónde iba a jugar al rugby un villero, acá, que lo primero que te piden para entrar a la URBA es colegio privado y certificado de que no tenés necesidad de laburar?  Tenía razón el Flaco Menotti. Y si no dijo lo mismo de Lomu que de Diego es porque el rugby le importa un pito.

Publicado en el diario La Unión del 12 de mayo de 2011.

jueves, 5 de mayo de 2011

Raphael

Manuel Rafael Martos Sánchez nació el 5 de mayo de 1943 en Linares, Jaén, España.


Las cosas no se ven siempre de la misma manera. Hace unos 30 años, un hombre que saludara a un amigo con besito en el cachete habría sido visto como un desviado. Hoy, un tipo que se va de un cumpleaños y para despedirse de su primo le tiende la mano es un payaso. En 1987, Glenn Close prendía y apagaba la lámpara y vos te dabas cuenta que le fallaba un fusible y que en cualquier momento le cocinaba el conejo a la hija de Michael Douglas (cosa que poco después se comprobaba cierta). Hoy, Glenn Close sería una animadora más del programa de Lapegüe. A comienzos de los ’80, los Village People eran tipos new wave, posiblemente algo extravagantes, pero nadie (salvo los especialmente avisados) advertía su pertenencia a la comunidad homosexual, a la que dirigían muchas de sus canciones. Los Village People eran divertidos, Tato Bores bailaba YMCA todos los domingos y el indio Felipe hasta les gustaba a las chicas. Hoy, obviamente, se los ve de otra manera. Pero entonces –me atrevo a decir que hasta Rock Hudson y la peste rosa— lo puto expuesto no se consideraba posible, o no se consideraba. Pedrito Rico era empalagoso, Freddie Mercury era transgresor. Y Raphael era el Niño; Raphael con sus caras, sus pasitos y su canto amanerado, con sus gestos mezcla de Pepino el Payaso y Susana Roccasalvo, sus pasos histéricos de caricatura de señora indignada, su canto gloriosa gema para imitadores de cantina de la Boca, que no tuvo un Ricardo García que lo eternizara en la tele porque el pináculo de la fama de Raphael se apagó muy rápido cuando ya no hubo más sábados circulares de Mancera.
Momento. Paremos un poco el carro. Raphael es un señor casado, padre de familia, quizás familia un poco disfuncional como la de todo artista internacional, pero familia al fin. No va por ahí el asunto. La idea no es decir que Raphael se la manya, que puede ser que sí, cómo no, o que no, qué importa, lo que sí importa es que si hoy apareciera en la escena un tipo como él, o cuando aparece él mismo actualmente, en el barrio sobran los filósofos que reflexionan: “Mirá el sable éste…”, y razón para hacerlo no les falta.
Y sin embargo, nuestras tías o nuestras primas –tachar lo que no corresponda, según la edad del lector— murieron por Rapha, que cantaba “Yo soy aquel” (“Yio soy aquel”, decía Raphael) y no había necesidad de novela de Echarri para que ellas se hicieran encima. Y “Digan lo que digan”, y antes del “… te querréééé” del final la orquesta callaba y el metía una cara y unos ojos abiertos de dos de oros que daban susto. Y la monumental “Llorona”. “Ay… Chiorona, chiorona…”, cantaba en el estribillo, y nuestras tías morían. Y no es una exageración: así en 2003 cuando necesitó de un trasplante de hígado, alguna se llegó a la clínica Doce de Octubre, en Madrid, a decir “vengo a que me saquen el hígado y se lo injerten al Niño”.
De no creer, ¿no? Un tipo que logra eso merece el interés por ir a ver de qué se trata. Y ahora que viene para Buenos Aires, ¿por qué no ir, compañero lector, la semana que viene al Gran Rex, a ver in situ al Niño Raphael en su salsa? También es de no creer, te lo aseguro. Pero lo verás a Raphael hacer lo suyo en el escenario y seguramente podremos reflexionar juntos: “Mirá el sable éste…”.

Publicado en la edición Nº 38.914 del diario La Unión, el 5 de mayo de 2011.