jueves, 3 de noviembre de 2011

Helmuth Koinigg

Helmuth Koinigg nació el 6 de octubre de 1948 en Viena, Austria. Falleció el 6 de octubre de 1974 en Watkins Glen, Nueva York, Estados Unidos.


“Macho, mirá”, convocó Stewie, o como fuese que se llamara, a su compañero. Algunos dicen que se llamaba Stewie; otros, que no. Es lo de menos. Digamos que sí. Stewie, entonces, ese día era comisario de pista en el autódromo de Watkins Glen. Lo que le dijo a su compañero de tareas lo dijo en inglés con acento neoyorquino, pero fue eso: un “Macho, mirá” asombrado, fuera de órbita, como los ojos de Helmuth Koinigg que lo miraban desde dentro del casco. Los oficiales de pista, especialmente en esa época, estaban acostumbrados a escenas sobrecogedoras. Un año antes, ellos mismos se habían topado con el torso desflecado de François Cevert, durante la sesión de ensayos. Sabían, también, del final desesperado de Roger Williamson pidiendo ayuda en vano desde bajo su auto después de haber recorrido 300 metros cabeza abajo en la pista de Zandvoort. Y del destino de Lorenzo Bandini, asado dentro de su Ferrari, en Mónaco.
Y ahora, que veían morirse –o haber muerto— a Helmuth Koinigg, sentían que hasta ese momento no habían visto nada.
En aquella Fórmula Uno los pilotos se morían. Reventaban a 300 kilómetros por hora. Velocidad, tecnología y muerte apasionaban a los fanáticos alrededor del Mundo. El Flaco Traverso dice, con razón, que por más variantes que busquen para hacer la Fórmula Uno actual más atractiva, por más plata que pongan en desarrollarla, no van a conseguir nada, porque se perdió el riesgo. Es como ver al equilibrista del circo caminar por la cuerda floja a 20 centímetros del suelo. “Vos te subís a un auto de éstos, te querés matar a propósito y no podés”, describe Traverso. Hace 17 años, desde el accidente de Ayrton Senna, que no muere un piloto de Fórmula Uno. En la época de Koinigg fallecía por lo menos uno por año. El 6 de octubre de 1974 le tocó a él. Culpa de unos neumáticos inseguros que nunca más volvieron a usarse y de restos de otro auto accidentado antes, que ensuciaban el pavimento. O fallaron los frenos. O le dio un paro cardíaco. No quedó claro. El Surtees de Koinigg siguió derecho donde había que doblar y se llevó puestos dos alambrados de contención. El tramo alto del doble guardarrail resistió el impacto, el bajo no y el auto indomable del joven austríaco lo atravesó casi entero hasta que quedó clavado allí por sus ruedas traseras.
Helmuth tenía 25 años. Había querido ser filósofo pero dejó los estudios superiores para probarse en el esquí deportivo. A los 20 cambió por las carreras de autos. Le fue bien, manejaba rápido. Dos semanas antes del choque corrió su primera carrera de Fórmula Uno, en Canadá. Ahora, allá estaba. Un poco, tirado y arrepollado entre los fierros de su Surtees abollado del otro lado del guardarrail.  Otro poco, a unos dos metros, de este lado, donde había quedado su casco después de encontrarse con la parte alta de la baranda de contención, la que no cedió. Al lado de este otro poco, Stewie llamaba a su compañero –“macho…”— mientras cruzaba la vista con la de la cabeza de Helmuth Koinigg que, desde dentro del casco, lo miraba.
Allá, casi Koinigg en su auto. Acá, la mirada de Koinigg en el casco. Un comisario de pista de los 70 muy cada tanto podía encontrarse con cosas como esta. Después de un rato –dos o tres vueltas—, Stewie y el otro reunieron y taparon a todo Koinigg con una lona para que no distrajera. La carrera siguió y ganó Lole Reutemann. La Fórmula Uno apasionaba.

Publicado en el diario La Unión del 3 de noviembre de 2011.

1 comentario:

  1. Osea que para que la Fórmula 1 apasione, ¿tienen que morir pilotos? ¡Lo que hay que oir! Qué tendrá que ver una cosa con la otra. Te recuerdo que hace poco Massa casi pierde la vida. Kubica otro tanto de lo mismo y sigue sin poder correr, Dan Wheldon murió, igual que Simoncelli...¿Te parece bonito? ¿Quieres riesgo? ¡Toma riesgo!

    Muy bonito tu ensalzamiento de la muerte del piloto, recreandote en la escena de su cabeza dentro del casco. Casi poético diría yo, como gustándote a tí mismo.

    De verdad que no es nada personal, pero no he podido aguantar la tentación de escribir.

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