jueves, 1 de septiembre de 2011

Barry Gibb

Barry Alan Crompton Gibb nació el 1° de septiembre de 1946 en Douglas, Isla de Man, territorio autónomo integrante del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte.


¿Te acordás? “¡Aguas frescas! ¡Aguas frescas!”, voceaba el Chavo del Ocho, vendedor ambulante ilegal instalado en la inhabitual puerta de la vecindad. “¡Ya cállate, cállate, cállate que me desesperas”, lo increpaba de tanto en tanto Quico, exasperado exasperante, cachetón de derecha. Ñoño era, ante todo, vigilante: “¡Mírelo, eh! ¡Mírelo, eh!”, alertaba. Al que no tenga buena memoria lo ayudará el reciclaje perpetuo que hace la tele de sus productos más rentables. Imposible no recordarlos: tipos grandes, cuarentón ya alguno, hablando en falsete, condenados por el éxito a dejar su propio tono de lado y poner la voz delgadita episodio tras episodio, cada día y al siguiente, cada vez que se encendieran las nuevas luces del viejo varieté.
A ellos les pasó por causa de un argumento que los ponía en el rol de niños. Para Barry Gibb, en cambio, fue una casualidad buscada, un intento por hacer algo nuevo con su música, que de tan rotundo se volvió insoslayable y lo dejó plantado hasta el fin de sus días sobre una línea que separa la virtud del ridículo, con un pie de cada lado. Para mediados de la década del 70 estaba claro que los Bee Gees eran una banda que no le hacía asco a explorar caminos que se bifurcan. Australia, Inglaterra, influencias folk y barrocas, discos experimentales, psicodelia… Era la era de los discos, y todo eso estaba en sus long plays, por más que el mercado dispone y el top hit siempre era una balada. Llegó el disco “Children of the world”, con Barry mandando en la tapa, con su peinado de Puma Rodríguez al spray, con su barba de Manolo Galván angloparlante. Y al final de la primera canción, “Nights on Broadway”, pintó la voz finita del barbeta, tímidamente en los estribillos, y más lanzada sólo en el fade out, pero marcando el camino para hacer estallar el Mundo. Y el Mundo estalló. En la pantalla grande, John Travolta se acomodaba el paquete en los calzones, rezongaba en la pinturería, daba vergüenza ajena coqueteando a la rubia danzarina, y a la noche cepillaba la pista con los mocasines de taco alto, el ambo blanco y la cara de daguerrotipo. Y por los parlantes, ese tipo que nos había hecho chapar de lo lindo con el “you don’t know what is like… beeeibe… you don’t now what is like to love somebody…”, ahora percutía “ah, ah, ah, ah, stayin’ alive, stayin’ alive”, chillando como Ernesto Acher en “La gallinita dijo eureka”. E, inexplicablemente, la rompía.
Roberto Gómez Bolaños tenía 63 años cuando le llegó la hora del basta, tengo 63, no puedo seguir diciendo “es que no me tienes paciencia” como si fuera un nene. Barry Gibb hoy cumple 65. Nunca dijo basta. Anunció que lo haría –tal vez de verdad intentó hacerlo— cuando murió su hermano Maurice, uno de los mellizos, sus laderos con voz de hombre. Pero siguió. Ojo: es un músico de la gran siete, no un guitarrero caradura que payasea. No es Gianfranco Pagliaro, aunque parezca. Sólo que la vida lo hizo pararse con un pie sobre el ridículo, le puso pantalones ajustados, un peinado con buen volumen y poco movimiento, y así lo mandó a escena. Y él, Peter Fonda exitoso, sigue su destino, ése que encontró al final de “Nights on Broadway”, cuando la música se va perdiendo despacito y a lo lejos, entre coros y disco music, se escucha un “¡eeeeehhhh!” finito, como si a algún chiveta le hubieran pisado el callo.

Publicado en el diario La Unión del 1º de septiembre de 2011.

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