jueves, 17 de marzo de 2011

Pattie Boyd

Patricia Boyd nació en Taunton, capital del condado de Somerset, Inglaterra, el 17 de marzo de 1944.


El cuento verdadero termina mal porque termina bien. Un buen melodrama habría tenido su momento culminante: él se suicida y ella lo encuentra muerto y desangrado justo cuando había ido a decirle que estaba decidida a dejar a su esposo para quedarse con él. O –más frío, más inglés, pero igualmente sólido— ella le dice que no lo quiere y se va, pero todos sabemos que es mentira, que en realidad lo ama locamente. O tantas otras variantes sobre el mismo asunto, ¿no? Pero no la del auténtico relato, bastante rutinaria y desgraciada: ella se separa de su marido, sí, pero no para irse con él sino porque el tipo es un mujeriego lunático seguidor del gurú Maharishi. Al tiempo sí se casan, conviven los años suficientes para que la relación se vaya desgastando, y finalmente se separan con ella afirmando que él es “un borracho abominable”.
La historia de Pattie Boyd son tres canciones; el resto de su biografía no tiene demasiado interés. A Nelly Omar, Manzi le hizo “Malena”. Agustín Lara le dedicó “María Bonita” a María Félix. A otro nivel, Luis Aguilé se despachó con “Señora Mirtha Legrand” y, del lado opuesto, Shakira grabó la increíble “Suerte” para Antoñito. Pero Pattie no tuvo sólo una, sino tres de las muy buenas. En 1969, George Harrison le escribió “Something”. En 1977, Eric Clapton le dedicó “Wonderful Tonight”. Y en medio de las dos, la que nos ocupa (si esto estuviera escrito en inglés, “in the middle of the two”, se podría leer también como “en medio de los dos”, y la frase tendría doble sentido). Los que saben quién es Pattie Boyd seguro que ya conocen la historia: estamos a comienzos de los 70, Harrison y Clapton son amigos, suelen tocar juntos… todo eso. George está casado con Pattie. Eric se enamora como un bobo de la mujer de su amigo. Un día le muestra (a ella) una canción que acaba de componer. El riff de guitarra es como para volarle el mate a cualquiera (lógico, es Eric Clapton); la letra dice nada lo suficiente para que ella entienda. Cosas como “me tenés de rodillas”, “te estoy rogando”, “resolvamos esto antes de que me vuelva loco”. Y por si hiciera falta más, la canción se llama “Layla”, como la princesa de un cuento árabe que, obligada por su padre, se casa con un noble y deja en banda a su joven enamorado.
Hasta ahí, la novela está que arde. Y habría seguido en ese nivel si al terminar de escuchar la canción ella le hubiera dicho: “Tenés razón, negro, lo largo al limado éste de George y me voy con vos”. Pero no, lo que le dijo fue algo así como: “Pará un poco. Si grabás esto todo el mundo se va a dar cuenta de que soy yo”. La historia empieza a caerse a pedazos. Eric hace el último esfuerzo con la frase final del tema: “Por favor, no digas que nunca encontraremos la manera; mejor decime que mi amor es en vano”. Pero no resulta. De ahí en más, ella tira abajo todo, paso a paso: lo rechaza a Clapton, se separa de Harrison, lo va a buscar a Clapton y le dice “bueno, nos casamos” (¡ah, claro! ¡Qué viva!) y finalmente se separa y lo denigra por chupitegui. ¿Y quieren algo peor? Últimamente se gana el billete yirando por el mundo con una exposición de fotos que sacó durante sus días “con George y Eric”. Una turra.
Por eso, estas palabras no están dedicadas a vos, Patricia. Primero, porque no te las merecés. Y segundo, porque no quiero que dentro de unos años andes por ahí exponiendo fotos mías.

Publicado en la edición Nº 38.870 del diario La Unión, el 17 de marzo de 2011.

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