jueves, 19 de mayo de 2011

Cecilia Bolocco

Cecilia Bolocco Fonck nació el 19 de mayo de 1965 en Santiago, Chile.


Uno a veces no entiende. O, hablemos con propiedad: yo. El que no entiende soy yo. Como decía Rabinovich: yo no lo entiendo. Hay personas que hacen de su vida un evento que yo no puedo entender. Explicaciones hay, seguro y por supuesto, si no por qué lo harían, ¿no?, pero son materia inasible para mi razón. No es, por lo demás, algo común, habitual. Por lo general entiendo. Por ejemplo, hoy también cumple años Alejandra Pradón. Supongamos que Alejandrita se hubiera metido de canuto en departamento ajeno, captó que venía el marido, quiso pasarse al balcón de al lado y se cayó. Eso lo entiendo. Otra que cumple años hoy es Estela Raval. Estela Raval actúa como si supiera que canta como nadie más puede cantar, siente que es dueña de los aplausos, y cada vez que aparece un éxito más o menos, ella lo hace cover. También lo entiendo. ¿Quién más cumple años hoy? Día prolífico. Otro es Diego Forlán. Le gustó Zaira Nara y ahí fue. Más que entendible. Un cumpleaños más del 19 de mayo: Natalia Oreiro. De ella entiendo todo. No lo puedo evitar. ¿En qué estaba yo?... Ah, en lo que no entiendo. Cecilia Bolocco. Y no, no entiendo. No llego a ponerme en situación. “Es por la guita”, me dirán. “La mina no es ninguna pirada. Se salvó para toda la vida”, me dirán, parados sobre el lugar común. ¿Quieren que les diga una cosa? Igual no entiendo. No lo veo, no lo capto, no lo acepto. No te podés casar con ese tipo. “El poder seduce, Vallejos”, me dirán. Puede ser. Pero lo que viene con el combo es demasiado: un señor anciano, consumido, un renacuajo dentro de un traje brilloso, pero además un tipo incapaz de formular una idea compleja si no se la dictaron, y que aun así la mayoría de las veces se equivoca al formularla, y un tipo capaz de vender a su hijo y su madre si hace falta para resolver alguna componenda o si se lo indican. ¿Fue por la guita? Para mí no puede ser. Y si fue, tampoco lo veo. Si me decís que es Gladys Florimonte, está bien, acepto, entiendo. Pero ella era la ex Miss Universo, 35 años, famosa, prestigiosa, y estaba para partirla a fustazos. Guita, si no le alcanzaba la que tenía, conseguía en cualquier parte. El mundo está lleno de empresarios.  ¿La habrá tentado, nomás, el poder, ser la primera dama chilena del presidente argentino? ¿Se habrá creído de verdad el “que vuelva Carlos”? Semejante error de cálculo tampoco me cierra. Si acá sabíamos todos que no había forma, si nuestro temor grande no era que volviera, sino que López Murphy entrara al balotaje, ganara y ahí sí, agarrate porque se venía una como para que la filmara Oliver Stone. ¿Puede ser que se haya confundido de tanto andar entre Córaches y Kóhanes, Gostanianes y Benardos, Susanas y Tonys Cuozzos, que no tuviera a nadie de confianza que le advirtiera “mirá, Chechus, fijate bien porque no es como te dicen estos tipos, eh”? Le dio para delante, nomás, Cecilia. Le daba tanta impresión que cuando el juez dijo “puede besar a la novia” ella amagó y puso el cachete. Pero, así de fría, fue al frente e hizo de esposa. ¡Hasta un hijo hizo! Yo no lo entiendo. Que era capaz, sí, de acuerdo, lo veíamos todos, ella es de esas personas con la cara honesta y el cinismo ostensible, que basta verlas y te das cuenta que no les importa nada. ¡¿Pero para qué, hermano… para qué…?!

Publicado en el diario La Unión del 19 de mayo de 2011.

jueves, 12 de mayo de 2011

Jonah Lomu

Jonah Tali Lomu nació el 12 de mayo de 1975 en Auckland, Nueva Zelanda.


Una bestia. El tipo era un portento. ¿Por qué ”era”,  en tiempo pasado, y no “es”, si está vivo e incluso sigue jugando? Porque el impacto, el momento en el que nos dejó a todos (los pocos que, supongo, estaríamos viendo ese partido) con el as de espadas congelado en la cara y el “¡a la mierda!” a flor de lengua fue hace 16 años. Vayan a Youtube, pongan “Lomu, 1995, England” y nomás vean. Es una semifinal entre los All Blacks e Inglaterra en 1995. No hace falta entender de rugby.
Jonah Lomu corría 100 metros en 11 segundos o un pelito menos (10.80 era su récord). Igual que el Pájaro Caniggia. Es decir, algo normal, no para todo el mundo, por supuesto, pero sí para un wing de rugby del más alto nivel. Lomu, además, medía 1,96 metro y pesaba entre 120 y 125 kilos, según lo que hubiera almorzado. Eso no es normal, ni para wing ni para velocista.  Es como si La Mole Moli –dos centímetros más bajo que Lomu y un par de kilos más liviano los días de pelea o de semifinal de “Bailando…”— tuviera el récord argentino en los cien metros llanos.
Lomu es el jugador de rugby más popular en el Mundo, de todos los tiempos. Su carrera, no obstante, entró en declive rápido. Problemas de salud. Aunque fue capaz de otras hazañas, como la de entrenarse y jugar al mismo tiempo que se sometía a diálisis tres veces por semana, o volver a jugar menos de un año después de que le hicieran un trasplante de riñón, éstas son de las que no impactan del mismo modo en la tele.
Menotti decía, en los años del mejor Maradona, que Diego era un producto del fútbol argentino, de nuestra cultura, del potrero. Que si hubiera nacido en Japón no habría llegado a ser lo que fue.  En ese sentido, Lomu, que no es un tipo normal, le debe mucho al rugby neozelandés. Pero no al modo de los rugbiers de acá, que dicen deberle al rugby “el honor”, “el compañerismo”, ”la fortaleza”, “la deportividad”, y pavadas semejantes, y lo dicen como si sólo los jugadores de rugby pudieran portar esas cualidades. Lomu al rugby y a su nacionalidad les debe tal vez la vida. Además de nacer con esa falla renal que empezó a traerle problemas apenas pasó los 20 años, Jonah nació pobre, en un barrio bajo del sur de Auckland, donde la gente algunos días vivía de changas y otros de afanar, y donde nadie se sorprendía por cosas como la que le pasó a su primo David, al que degollaron a machetazos en una pelea. Su papá, un inmigrante tongano, se emborrachaba y lo fajaba seguido (y viendo al hijo, uno se imagina que don Semisi Lomu debía tener la mano sólida y grande), hasta que un día resultó que el pibe había crecido, y lo recagó tanto a palos que se tuvo que ir de su casa para siempre por las dudas de que don Semisi aplicara represalias. Jonah iba a la escuela porque imaginaba un futuro digno, trabajando de cajero en el banco del barrio. Jugaba al rugby porque en Nueva Zelanda todos juegan al rugby. Y llegó a los All Blacks a los 19 años por pura lógica. si Lomu, como decía Menotti, hubiera nacido en otro país, por ejemplo Argentina, probablemente habría muerto joven y desconocido, culpa de una insuficiencia renal. ¿Dónde iba a jugar al rugby un villero, acá, que lo primero que te piden para entrar a la URBA es colegio privado y certificado de que no tenés necesidad de laburar?  Tenía razón el Flaco Menotti. Y si no dijo lo mismo de Lomu que de Diego es porque el rugby le importa un pito.

Publicado en el diario La Unión del 12 de mayo de 2011.

jueves, 5 de mayo de 2011

Raphael

Manuel Rafael Martos Sánchez nació el 5 de mayo de 1943 en Linares, Jaén, España.


Las cosas no se ven siempre de la misma manera. Hace unos 30 años, un hombre que saludara a un amigo con besito en el cachete habría sido visto como un desviado. Hoy, un tipo que se va de un cumpleaños y para despedirse de su primo le tiende la mano es un payaso. En 1987, Glenn Close prendía y apagaba la lámpara y vos te dabas cuenta que le fallaba un fusible y que en cualquier momento le cocinaba el conejo a la hija de Michael Douglas (cosa que poco después se comprobaba cierta). Hoy, Glenn Close sería una animadora más del programa de Lapegüe. A comienzos de los ’80, los Village People eran tipos new wave, posiblemente algo extravagantes, pero nadie (salvo los especialmente avisados) advertía su pertenencia a la comunidad homosexual, a la que dirigían muchas de sus canciones. Los Village People eran divertidos, Tato Bores bailaba YMCA todos los domingos y el indio Felipe hasta les gustaba a las chicas. Hoy, obviamente, se los ve de otra manera. Pero entonces –me atrevo a decir que hasta Rock Hudson y la peste rosa— lo puto expuesto no se consideraba posible, o no se consideraba. Pedrito Rico era empalagoso, Freddie Mercury era transgresor. Y Raphael era el Niño; Raphael con sus caras, sus pasitos y su canto amanerado, con sus gestos mezcla de Pepino el Payaso y Susana Roccasalvo, sus pasos histéricos de caricatura de señora indignada, su canto gloriosa gema para imitadores de cantina de la Boca, que no tuvo un Ricardo García que lo eternizara en la tele porque el pináculo de la fama de Raphael se apagó muy rápido cuando ya no hubo más sábados circulares de Mancera.
Momento. Paremos un poco el carro. Raphael es un señor casado, padre de familia, quizás familia un poco disfuncional como la de todo artista internacional, pero familia al fin. No va por ahí el asunto. La idea no es decir que Raphael se la manya, que puede ser que sí, cómo no, o que no, qué importa, lo que sí importa es que si hoy apareciera en la escena un tipo como él, o cuando aparece él mismo actualmente, en el barrio sobran los filósofos que reflexionan: “Mirá el sable éste…”, y razón para hacerlo no les falta.
Y sin embargo, nuestras tías o nuestras primas –tachar lo que no corresponda, según la edad del lector— murieron por Rapha, que cantaba “Yo soy aquel” (“Yio soy aquel”, decía Raphael) y no había necesidad de novela de Echarri para que ellas se hicieran encima. Y “Digan lo que digan”, y antes del “… te querréééé” del final la orquesta callaba y el metía una cara y unos ojos abiertos de dos de oros que daban susto. Y la monumental “Llorona”. “Ay… Chiorona, chiorona…”, cantaba en el estribillo, y nuestras tías morían. Y no es una exageración: así en 2003 cuando necesitó de un trasplante de hígado, alguna se llegó a la clínica Doce de Octubre, en Madrid, a decir “vengo a que me saquen el hígado y se lo injerten al Niño”.
De no creer, ¿no? Un tipo que logra eso merece el interés por ir a ver de qué se trata. Y ahora que viene para Buenos Aires, ¿por qué no ir, compañero lector, la semana que viene al Gran Rex, a ver in situ al Niño Raphael en su salsa? También es de no creer, te lo aseguro. Pero lo verás a Raphael hacer lo suyo en el escenario y seguramente podremos reflexionar juntos: “Mirá el sable éste…”.

Publicado en la edición Nº 38.914 del diario La Unión, el 5 de mayo de 2011.

jueves, 28 de abril de 2011

Penélope Cruz

Penélope Cruz nació el 28 de abril de 1974 en Alcobendas, Madrid, España.


Penélope Cruz, para empezar por algún lado, tiene ese labio. Ese labio es como una fogata en hogar de leña crujiendo y una frazada peluda para enroscársela después de llegar de afuera muerto de frío, echando vapor por la boca y medio húmedo porque empezó a llover con gotas gruesas. Penélope nos mira y el labio tiene vida propia, es un actor protagónico más, candidato al Goya, a la Concha de Plata (ejem… perdón), a esos premios con prestigio. Del labio superior estamos hablando. El labio inferior carnoso podrá gustarles a algunas y algunos (gracias, Cristina y Sabbatella), pero da bobo. Es el de Carlitos Menem –los dos, el del helicóptero y el de Gran Hermano y la tararira—, el de papá Carlo, el de Echarri mal que nos pese, el de Caramelito Carrizo. El labio inferior no garpa. Tampoco la boca expansiva, como la de Angelina Jolie, que parece un bavaroise hecho por Doña Petrona en flanera de acero inoxidable. El labio superior bien dotado, como el de Penélope, es elegante, sensual y arde como losa radiante. Y es escaso, marca diferencia. Otro que tenía –bah, tiene— un (labio) superior interesante es Martín Lousteau que, me acuerdo, apareció jurándole a la Presi por el Ministerio de Economía, y las minas no lo podían creer, se les humedecían las comisuras de la emoción. Ellas, que jamás oyeron hablar del Peye Peirano y menos todavía de Carlos Fernández (Carlos Fernández… ¿Se acuerdan? Ministro de Economía… Ah, ¿no se acuerdan?), morían por Lousteau, economista top para el bolsillo de la dama por un tiempo, hasta que llegó Amado y le mató el punto. Pero estábamos hablando de Penélope Cruz. ¡¿Quién metió a toda esta gente de saco y corbata en la conversación?! Despeguemos la mirada un instante de ese labio seductor, magnético, atrapante, y ¿con qué nos encontramos? Por supuesto: con las tetas. Por lo general, vestidas, como suele suceder con todas ellas. Cuando no, son tetas para ver con amigos, sobran para uno solo. Y aquí aparece la perversidad del asunto, seguramente llevada a los hechos por Penélope con toda intención. El asunto es que las películas en las que Penélope nos muestra su todo, o casi todo, son películas que jamás podríamos ver con amigos. Con amigos uno puede llegar a ver algo como “Duro de matar”, “Rocky II” o, con mucho esfuerzo, “Pulp fiction”. Y aun así sería una situación inusual; lo más probable es terminar mirando Los Andes-Sarmiento o el compilado de patadas de Lavecchia. Pero jamás pastichos incomprensibles como “Jamón-Jamón”, “Abre los ojos”, “Elegy”, “Los Abrazos Rotos” o “Vanilla Sky” (ver dos horas a Tom Cruise con la careta de Tom Cruise es casi tan divertido como cruzar La Pampa por la Ruta 20); éstas son películas que si por una de esas casualidades las llegás a ver es porque el DVD lo eligió tu mujer. Y ahí se acabó toda la magia. Cuando aparece Penélope, todo esplendor, toda tetas, ella dirá “¡pero mirá las estrías!”, o “decime qué tiene que ver este desnudo. Lo hacen para provocar, lo hacen…”, o directamente “¿qué mirás, Eduardo? ¡¿Qué mirás?!”. O sea: no se puede. Con la señora al lado no se puede. Y eso Penélope lo sabe. No es casual que en las películas que podríamos disfrutar con los muchachos ande abrigada hasta el cogote, y en las que se aligera los argumentos son como para tirarse de un quinto piso. No es casual… Flor de histérica, Penélope.

Publicado en la edición Nº 38.908 del diario La Unión, el 28 de abril de 2011.

jueves, 14 de abril de 2011

Roberto Ayala

Roberto Ayala nació en Paraná, Entre Ríos, el 14 de abril de 1973.


Ahora que anda por ahí con buen suceso esta película nueva sobre San Martín da para pensar otra visión sobre el Santo de la Espada. Para imaginarse cómo hubiera sido si…
Por ejemplo: 1812. San Martín recién llegado de España.
–¡Cómo le va, Coronel! ¡Le presento al Teniente Coronel San Martín, acá conmigo! ¡Recién llegado de España!
–Mucho gusto, Teniente Coronel. ¿Y dígame, General, qué lo ha traído al Teniente Coronel por estas tierras?
–Ni se imagina, Coronel. El Teniente Coronel San Martín viene a liberar América. ¡Ya va a ver lo que es capaz de hacer! ¡Bolivar le lustra las botas, y de agachado!
Después, por supuesto, con el correr del tiempo, San Martín es San Martín, impar líder, estratega, político y guerrero. Sin embargo, imaginemos cómo hubiera sido si…
a)      Batalla de San Lorenzo. Avanza el enemigo a paso redoblado. Pero contra lo previsto, no desembarca frente al convento sino unos kilómetros antes, donde lo derrotan las fuerzas de apoyo al mando del general Bermúdez. San Martín llega tarde a la batalla, demorado por un incidente con su caballo, el Granadero Baigorria y el Sargento Cabral.
b)      Cruce de Los Andes. San Martín conduce magistralmente la epopeya de 4.000 soldados atravesando la Cordillera. Pero los mapas de Álvarez Condarco están equivocados, y el General y su tropa desembocan en Chubut. El Chile permanece colonia.
c)       Entrevista de Guayaquil. Bolívar se atrasa, culpa de un pisco potente. El encuentro no se produce. En el Perú, los realistas disfrutan largos años del ceviche.
Así es el fútbol. Roberto Fabián Ayala despuntó en Ferro, a mediados de los 90, y a sus 20 años ya se vio que sería un defensor excepcional. Fue, hasta que lo sobrepasó la insistencia del Pupi Zanetti, el que más jugó en la Selección Argentina, durante 13 años, y el más veces capitán, siempre elegante, sólido, estupendo cabeceador, veloz. Pudo haber sido San Martín con la celeste y blanca. Pero algunos nacen con estrella y otros… como Ayala. En 1998, su primer mundial, en el último minuto lo pasó por arriba un pelotazo y el holandés Bergkamp eliminó a Argentina de las semifinales. En 1999, Copa América, tuvo un penal para empatarle a Brasil pero… se lo atajaron, y Argentina otra vez afuera. 2002 era el Mundial de Bielsa, Argentina iba a comerse a los pibes crudos y Ayala era titular, pero… se lesionó en el precalentamiento, cinco minutos antes del primer partido. Después, ya se sabe, al equipo de Bielsa no le fue tan bien como se esperaba. En el Mundial de 2006, en Alemania, Ayala era el héroe: un cabezazo suyo estaba eliminando del torneo a los locales pero… el partido se dio de otra forma, hubo definición por penales y adivinen quién fue uno de los que erró. En 2007, otra Copa América, final contra Brasil, llegó a toda velocidad para cortar un centro al área pero… lo mandó al arco propio: gol en contra y a otra cosa. Se acabó la Selección, ya veterano volvió al país después de 15 años en Europa para retirarse jugando en Racing, pero... a la tercera fecha lo mandaron al banco. Se retiró mirando los partidos de sentado, sin que nadie se diera cuenta. Tal vez hasta lo hizo con intención, quizá sabiendo, ya a esa altura, que los grandes momentos no eran su fuerte. E hizo bien. No se sabe de nadie que haya perdido por goleada su propio partido de homenaje. Pero…

Publicado en la edición Nº 38.896 del diario La Unión, el 14 de abril de 2011.

jueves, 7 de abril de 2011

Francis Ford Coppola

Francis Ford Coppola nació en Detroit, Michigan, Estados Unidos, el 7 de abril de 1939.


Deconstruyamos, como Woody Allen con Harry. De atrás para delante.
Coppola. No da del todo bien. Mal que nos pese porque así somos los argentinos, y es uno de nuestros aspectos más zonzos. Coppola –nuestro Coppola. ¿Hace falta aclarar esto? “Guillote”. ¿Hacía falta aclararlo? En fin… A ver si prestamos atencion— “fuma abajo del agua” y eso lo hace admirable, “un maestro”, “no es ningún boludo” (expresión vernácula que busca significar que, por oposición diametral a la negativa que plantea, el tipo es extremadamente inteligente, en general basada en el único argumento de que tiene plata). Nos da miedo decir la verdad, tememos que nos tomen por giles –el peor de los castigos— y entonces admiramos oficialmente, por exitoso (con sus brillos cocodrilescos y gatunos), lo que intrínsecamente despreciaríamos: un negociante turbio, olfa de los poderosos, de horizontes penosamente superficiales, un adolescente envejecido y para peor con pocas luces, que ni siquiera es de verdad gracioso, no se merece ni el indulto a quienes nos hacen reír. Coppola no suma.
Ford. Ford da robustez, confiabilidad, fortaleza de alta gama, garantía de rendimiento, buen nombre y honor. La herencia del Falcon que llega hasta nuestros días, Ford da imagen de seriedad. Los Chevrolet corren; los Ford compiten. Pero, claro, hay un bache, una laguna, el Océano Pacífico: Ford es Falcon. “Muy bien peinados, muy bien vestidos y con un Ford”, cantaba Pipo, por más que fuera un Falcon. Desde allí y desde entonces da secuestro, apremio ilegal, detención clandestina, tortura, delito, inmoralidad, vergüenza. Mi medio hermano Gerardo tenía un Falcon verde. Él, como mi papá, era de los que creían, por más que no sabían, en la verdad oficial, el orden y las buenas costumbres. Y qué mejor metáfora de todo eso que un Ford Falcon. Ford podría sumar si Falcon se hubiera portado bien, pero tampoco.
Por último, Francis. No significa nada, o casi. Francis Smith, músico y productor notable y olvidado, esposo primero de Sandra Smith y después de Marilú Smith. Como Soldán, se casaba siempre con rubias, pero a diferencia de William Silvio, sus rubias no terminaban mandándolo en cana. O Francis Cornejo, el primer descubridor de Maradona, también casi olvidado por el presente.  Y Francis Drake, el pirata que cruzó el estrecho de Magallanes y buscando otro paso para volver llegó hasta California. Para que Francis sume hay que hacer mucho esfuerzo, y aun así suma poquito.
Síntesis: que Francis Ford Coppola es uno de esos casos en los que el todo es más que la suma de las partes. El todo es “El Padrino”, “El Padrino II” (¡mamita querida! Pongámonos de pie, como Pagani cuando nombra a Riquelme) y “El Padrino III”. Nueve horas. Nueve y media, o un poquito más, si ves los DVD de la caja negra. Eso es el todo. Del hombre se podrían mencionar otras cosas que ha hecho: Apocalypse Now, para empezar, o Drácula, American Graffitti o La Ley de la calle. O que vino a instalarse a Buenos Aires y le robaron el guion de Tetro (entiéndase: no se lo plagiaron; se le metieron en la casa y le afanaron los papeles, además de un par de cámaras, cables y cosas así). Pero lo que se detalla son detalles. Así como si contás la vida de Jesucristo lo importante va a ser la parte de la cruz y la resurrección, y no cuando le dijo a Lázaro “arriba campeón, ¡hop!”, si hablás de Coppola, es El Padrino. La uno, la dos y la tres. Todo.

Publicado en la edición Nº 38.889 del diario La Unión, el 7 de abril de 2011.

jueves, 31 de marzo de 2011

Facundo Arana

Facundo Arana nació en Buenos Aires el 31 de marzo de 1972.


Hay una canción más o menos conocida, “A whiter shade of pale”. En Capital, en la estación Pueyrredón del subte D, en el pasillo que sale a la esquina noreste de Santa Fe y Pueyrredón, hace ya unos 10 ó 12 años había un muchacho que la tocaba en la armónica acompañándose con la guitarra y era una maravilla, daba gusto quedarse en el pasillo escuchando cómo reverberaba la melodía en los recovecos. Un pibe flaco, medio narigón, con unos granos de acné ahí abajo del moflete. Nada que ver con el que estaba antes, que tocaba el saxofón. No tocaba tan bien como el de la armónica. Pero era alto, lindo, rubio, pelo largo, ojitos claros, aunque para saber esto había que prestarle mucha atención porque estaba siempre con los ojos cerrados, pero las chicas y las señoras le daban. Atención, digo, le daban. Al de la armónica no; el de la armónica me gustaba más a mí. Ellas se quedaban con el otro, el del saxo, Facundo Arana. Pero un día Facundo Arana se fue a la tele, y vino el de la armónica y “A whiter shade of pale”. Mala suerte para ellas.
Esto lo tendría que escribir una mujer. Yo no llego a captar totalmente el meollo del asunto. Voy a hacer lo posible, pero sepan, señoras, que a veces lo posible no alcanza.
Facundo Arana, hay que decirlo, fue afirmando atributos a lo largo de su carrera actoral. Al principio –Canto Rodado, El Rafa, Muñeca Brava...— era un rubio lindo, pero lindo-lindo, eh. Con el transcurrir del tiempo no sólo fue eso, sino que logró que todos sus personajes –un salvaje, un policía, un empresario, un cura, un antropólogo/detective— tengan el pelo largo y anden despeinados y con la barba a medio afeitar.
Facundo Arana fue, también, quien encarnó al personaje más extraordinario de las telenovelas argentinas. Veamos, si no, punto por punto: 1) Tenía doble personalidad, pero las dos iban vestidas igual, de cura franciscano. 2) Con la capucha baja era el Padre Juan; con la capucha puesta, el bandido justiciero “Coraje”. Y nadie se daba cuenta de que eran la misma persona. 3) Cuando empezaba la trama no se sabía ni el catecismo, pero un par de días y ya daba misa y confesaba como si fuera el padre Lombardero. 4)  Con sólo mover un brazo aniquiló una plaga de moscas que se abatía sobre el pueblo. 5) Se encontraba con Perón, y era el General el que le pedía una gauchada a él. También con Evita, Gatica, Fangio y Tita Merello. Y siempre sin salir del pueblito perdido donde estaba. 6) Y con todo esto, igual se daba tiempo para cumplir las funciones básicas de galán de telenovela, enamorando a la chica menos conveniente. 7) Ah, sí: en los títulos el Paz Martínez cantaba “prohibido nuestro amor. ¡¿Y qué?!” y te partía al medio.
Ahora que veo, incluso la parte del saxo y el subte, la de la enfermedad de Hodgkins que acá no contamos porque quién no la sabe, la imagen civil de tipo más bueno y aburrido que el Pupi Zanetti, todo está de sobra antes y después de ese ícono fantástico que fue el Padre Coraje.
Capucha abajo. “Hola, padre Juan, ¿cómo le va?”. Capucha arriba. “¡Coraje! ¿Y el padre Juan, que recién estaba acá, se fue?”. Capucha abajo. “Ah, padre Juan, pensé que se había ido. Recién vino Coraje, ¿no lo vio?”. Capucha arriba. “¡Coraje! ¿Te quedás o te vas?”. ¡Maravilloso!

Publicado en la edición Nº 38.882 del diario La Unión, el 31 de marzo de 2011.

jueves, 17 de marzo de 2011

Pattie Boyd

Patricia Boyd nació en Taunton, capital del condado de Somerset, Inglaterra, el 17 de marzo de 1944.


El cuento verdadero termina mal porque termina bien. Un buen melodrama habría tenido su momento culminante: él se suicida y ella lo encuentra muerto y desangrado justo cuando había ido a decirle que estaba decidida a dejar a su esposo para quedarse con él. O –más frío, más inglés, pero igualmente sólido— ella le dice que no lo quiere y se va, pero todos sabemos que es mentira, que en realidad lo ama locamente. O tantas otras variantes sobre el mismo asunto, ¿no? Pero no la del auténtico relato, bastante rutinaria y desgraciada: ella se separa de su marido, sí, pero no para irse con él sino porque el tipo es un mujeriego lunático seguidor del gurú Maharishi. Al tiempo sí se casan, conviven los años suficientes para que la relación se vaya desgastando, y finalmente se separan con ella afirmando que él es “un borracho abominable”.
La historia de Pattie Boyd son tres canciones; el resto de su biografía no tiene demasiado interés. A Nelly Omar, Manzi le hizo “Malena”. Agustín Lara le dedicó “María Bonita” a María Félix. A otro nivel, Luis Aguilé se despachó con “Señora Mirtha Legrand” y, del lado opuesto, Shakira grabó la increíble “Suerte” para Antoñito. Pero Pattie no tuvo sólo una, sino tres de las muy buenas. En 1969, George Harrison le escribió “Something”. En 1977, Eric Clapton le dedicó “Wonderful Tonight”. Y en medio de las dos, la que nos ocupa (si esto estuviera escrito en inglés, “in the middle of the two”, se podría leer también como “en medio de los dos”, y la frase tendría doble sentido). Los que saben quién es Pattie Boyd seguro que ya conocen la historia: estamos a comienzos de los 70, Harrison y Clapton son amigos, suelen tocar juntos… todo eso. George está casado con Pattie. Eric se enamora como un bobo de la mujer de su amigo. Un día le muestra (a ella) una canción que acaba de componer. El riff de guitarra es como para volarle el mate a cualquiera (lógico, es Eric Clapton); la letra dice nada lo suficiente para que ella entienda. Cosas como “me tenés de rodillas”, “te estoy rogando”, “resolvamos esto antes de que me vuelva loco”. Y por si hiciera falta más, la canción se llama “Layla”, como la princesa de un cuento árabe que, obligada por su padre, se casa con un noble y deja en banda a su joven enamorado.
Hasta ahí, la novela está que arde. Y habría seguido en ese nivel si al terminar de escuchar la canción ella le hubiera dicho: “Tenés razón, negro, lo largo al limado éste de George y me voy con vos”. Pero no, lo que le dijo fue algo así como: “Pará un poco. Si grabás esto todo el mundo se va a dar cuenta de que soy yo”. La historia empieza a caerse a pedazos. Eric hace el último esfuerzo con la frase final del tema: “Por favor, no digas que nunca encontraremos la manera; mejor decime que mi amor es en vano”. Pero no resulta. De ahí en más, ella tira abajo todo, paso a paso: lo rechaza a Clapton, se separa de Harrison, lo va a buscar a Clapton y le dice “bueno, nos casamos” (¡ah, claro! ¡Qué viva!) y finalmente se separa y lo denigra por chupitegui. ¿Y quieren algo peor? Últimamente se gana el billete yirando por el mundo con una exposición de fotos que sacó durante sus días “con George y Eric”. Una turra.
Por eso, estas palabras no están dedicadas a vos, Patricia. Primero, porque no te las merecés. Y segundo, porque no quiero que dentro de unos años andes por ahí exponiendo fotos mías.

Publicado en la edición Nº 38.870 del diario La Unión, el 17 de marzo de 2011.

jueves, 10 de marzo de 2011

Pappo

Norberto Napolitano nació en Santa Isabel, provincia de Santa Fe, o en Buenos Aires, el 10 de marzo de 1950. Falleció en Luján, provincia de Buenos Aires, el 25 de febrero de 2005.


Primero una anécdota. Lucas Martí está en un bar. Pappo también, en el mismo. Pappo comenta algo sobre cierto disco “Alive” (pronunciado así, con todas las letras: a-ele-i-ve-e). Martí, hermanito de Emmanuel Horvilleur, más o menos músico, moderno, artista con más contexto que mérito, lo corrige: “Se dice ‘alaiv’”. Pappo le alcanza un billete. “Es para que te compres una cara nueva”, le explica. Y le rompe la ñata de un trompazo. Al día siguiente sale en la tele y en los diarios. Y, sí, lo que hizo está mal. Pero nos gusta, ¿no?
 “Esta noche toca Pappo, no me lo puedo perder”, escribió y cantaba Charly García a comienzos de los 80, admirador sin ironías de un tipo que ya la gastaba cuando acá nadie sabía tocar la guitarra –tal vez sí Claudio Gabis, aunque de otro modo… Me estoy metiendo en terreno de otro columnista que sale más al medio del diario, me parece–. En la prehistoria transformó a Los Gatos de vanguardia nuevaolera a grupo de rock, con el riff y el solo de “Rock de la mujer perdida”. Después, en la historia, fue Pappo. Tocó. Suficiente. Dejémonos de pavadas y vamos a los bifes: los solos de Pappo’s Blues Volumen I (1972), los de “El marqués bajo la luz” en Ruedas de Metal, el primer disco de Riff (1981), el de “El mensajero nocturno” en Pappo y Hoy no es Hoy (1987), el de “Yo te amo más” en Buscando un amor, su último disco (2003). Como para hacer un paneo, nomás. “Era uno de los grandes bluseros que existieron. Punto”, dijo B.B. King cuando se enteró de la muerte de Pappo. Punto.
Y aparte. Por si fuera poco el asunto de la guitarra, detrás de ella estaba este tipo imponente, que tocaba y cantaba con voz de lata de Bardahl, pero nadie pudo hacer sonar una canción suya mejor que él. “Que cante Pappo, la puta que lo parió”, exigió la hinchada en Sala Uno el 14 de noviembre de 1980, cuando debutó Riff con otro cantor, Juan Carlos García Haymes, que duró sólo ese día y algunos más. Ahora mismo, en estos últimos años en que está muerto, todo el mundo canta ”Juntos a la par” –hasta Yulie Ruth, el autor, hace una versión que vos decís “¿cómo puede ser? Menos mal que la grabó Pappo”—, pero el único que te endereza los pelos es el quía cada vez que Galende manda la publicidad tramposa de los viejitos bailando en 6-7-8.
En Juan B. Justo y Andrés Lamas, esquina del barrio porteño de Villa General Mitre, está Pappo tocando la guitarra. Está dos veces, una en forma de silueta de acero al carbono y la otra, en el bajorrelieve de la placa del mismo metal de donde se recorta aquel contorno. Enjaulado –en una ciudad que se ha acostumbrado a darles importancia a las jaulas—, de su reja penden remeras, letreros, trapos, mensajes, poemas, en los vértices gruesos hay calcomanías de motoqueros fanáticos de Pappo mismo más que de su música, en los rincones flores, púas de guitarrista, alguna foto. Fanatismo, amor, idolatría. Admiración. ¿Se puede decir que alguien es “el mejor guitarrista”? Es difícil comprobarlo, esas cosas no se miden, no son como los goles de Palermo o los edificios de César Pelli. Quiere decir, entonces, que se puede y es incontrastable, así que lo digo: Pappo fue el mejor guitarrista argentino, de entonces, de antes y de ahora, de cualquier género, de todas las guitarras. Y como dijo B.B. King: punto.

Publicado en la edición Nº 38.864 del diario La Unión, el 11 de marzo de 2011.

jueves, 3 de marzo de 2011

Fabiana Cantilo

Fabiana Cantilo nació en Buenos Aires el 3 de marzo de 1959.


Mi nombre es todo lo que tengo. Como el tipo ése, Joe, el borrachete animoso de la película de Ken Loach. Vallejos. Nombre plural pero uno solo, como Carlos, como Lucas. Único. Nombre y nada más. Como Dunga, como Topa, como Jackaroe.
Como Fabiana no. En ella, donde termina su nombre vienen los apellidos: Cantilo Luro Pueyrredón. Un compendio de avenidas al que Fabiana tuvo el tino de no agregarle. No como hizo su prima Patricia que al Bullrich Luro Pueyrredón le sumó, al paso del tiempo, Jotapé, Menemismo, Nueva Dirigencia, Frepaso, Ucerre, Ucedé, Unión por Todos, Recrear, Coalición Cívica y Lilita. Fabiana, en cambio, no necesita apellidos; no los lleva puestos. Una Cantilo Luro Pueyrredón que se merezca no reaccionaría como lo hizo ella hace dos meses, después de haber sufrido un asalto en su casa de cuerpo presente. Diría –una Cantilo etcétera etcétera— “me tuvieron secuestrada”, “nadie nos protege” o el clásico y siempre de moda “lo que pasa es que los derechos humanos son sólo para los delincuentes”. Fabiana, en cambio, dijo “me ataron con un piolín de audio pero fue medio simbólico”, “voy a poner una reja alta así, con pinches” y “me trataron bárbaro, buena onda los pibes. Estaban asustados y apurados”. Curioso: medio en las nubes, como se la ve desde que salió de la clínica de rehabilitación, y despistada e ida como es desde que la conocemos, lo suyo tuvo más sentido común que lo de tantas víctimas de robos que escuchamos. Como cualquier ser humano, no quiere que la afanen (por eso la reja, los pinches), pero entiende que los ladrones (los pibes, asustados, apurados, buena onda) están peor que ella (peor económicamente, socialmente, peor presente, peor futuro), aún después de haberle robado.
Nadie la tomó en serio a Fabiana. Lógico. Más allá de la sensatez, el discurso no estuvo muy ordenado. Fabiana no puede hilar tres frases seguidas. Ella es la chica “tonta”, “loca” y “talentosa” (todo entre comillas), aun ahora que ya pasó los 50. La que no carga con sus apellidos , ni siquiera con su nombre. Le sobra con ser Fabi. La que conocimos veinteañera, cuando era la minifalda necesaria para que Los Twist fueran definitivamente atractivos. Que después nos conquistó, a mí y a los muchachos, y llegamos a pagar campo en Obras para verla cantar “Mi enfermedad” con un Calamaro que era menos que ella. Que nos dejó en banda un día que fuimos hasta Liniers (¡Liniers!) a verla cantar. “Se suspende el show. Fabiana tuvo un accidente”, nos dijo un tipo en la puerta. Sospechamos cuando a la semana siguiente tocó y cantó sin problemas. Y confirmamos cuando Fito Páez la mandó en cana con eso de “el día que dejaste de actuar sólo para darme amoooor… para darme amooor…”.
Y ahí dijimos basta, los muchachos y yo. No por despecho sino que ya era suficiente. Perdimos el interés. “Nada es para siempre” nos pareció muy linda, pero al fin y al cabo una canción para chicas. “Inconsciente colectivo” no nos hizo falta; tenemos los impares discos de Charly. Y de otras cosas de ella ni sabemos. Es que nos fuimos poniendo grandes, nosotros. Fabi no; ella nada más se arrugó un poco.

Publicado en la edición Nº 38.858 del diario La Unión, el 3 de marzo de 2011.