jueves, 5 de abril de 2012

Cacho Tirao

Oscar Emilio Tirao nació en Berazategui, provincia de Buenos Aires, el 5 de abril de 1941. Murió en la Ciudad de Buenos Aires el 30 de mayo de 2007.


Cuando los diarios vengan con música va a ser más fácil. No sería nada raro. Tanto escorchan con “el final del diario en papel” que nunca pasa y nunca va a pasar, ¿por qué no pensar al revés, en “el comienzo del papel con Internet”? Y ahí va a ser más fácil. Porque ésta es una historia que viene con música de fondo: la del mejor Adiós Nonino en una guitarra sola que existe, dulce, envolvente, avasallante, lleno de notas y de música. Buscás esa versión, metés play y entonces sí, te ponés a leer.
Esta historia, además, empieza casi cuando termina. El 16 de diciembre de 2000, Cacho Tirao tocó Adiós Nonino en la Casa de la Cultura de Adrogué. Lo tocó como lo había hecho 30 años atrás integrando el Quinteto de Astor Piazzolla pero solo, porque Tirao solo sabía sonar como un quinteto de cámara. Tocó por milésima o millonésima vez en sus 53 años de trayectoria artística, 59 de vida. Tocó Adiós Nonino para terminar el recital, se levantó del taburete y no saludó al público porque cayó fulminado por un rayo cerebrovascular que le dejó inerte la mano izquierda, la que sabía volver viruta los diapasones.
En los tiempos en que Cacho Tirao empezó, a los músicos como él difícilmente se los veía. De tanto en tanto sí, en algún teatro, o los que eran verdaderamente entendidos y seguidores. Si no, el hábitat era el disco o la radio, ambos en soporte negro, ése que en las clases de física de tercer año nos enseñaron que era ausencia de color y no uno de ellos. Cacho, velocista preciosista, arreglador sorprendente (acá poné stop, buscá Berimbau, de Baden Powell, por Tirao, y vas a entender de qué se trata este asunto), capaz de hacerte de una guitarra una orquesta polifónica o un atardecer en Hokkaido, conseguía que, escuchándolo en un disco, vieras sus dedos macizos trajinar el diapasón. Algunos, pocos, legos, decían que era un defecto, una desprolijidad que se oyera algo más que no fuera la cuerda pulsaba. Otros cerraban los ojos y le veían los dedos. Y cuando se puso a tocar una vez por semana en la televisión de cuatro canales grises, vieron que era cierto y que era bueno. Con las grabaciones que sacó mientras salía en la tele vendió un millón de discos. Un millón. Diez millones de dedos. Cuatro millones de dedos zurdos pisando tripa de la prima a la bordona, como decían Alfonso y Zavala.
Esa ponchada de dedos fue que se quedaron quietos aquel diciembre. “No toco más”, pensó Cacho que decidía. Tanto había hecho ya que le pareció suficiente. Para qué más conciertos, viajes, discos, escalas y armonías. Pero su siniestra tenía ideas propias. Se entrenó como Rocky en el frigorífico, tamborilenado y dibujando arañas sobre un diapasón sin guitarra. La fue corriendo de atrás a la diestra hasta que consiguió alcanzarla. Rehízo los callos. “Agujas clavadas en los dedos”, decía el dueño de la mano que sentía después de cada día de entrenamiento. Decía que sentía. El asunto iba bien.
Al final del final, la mano zurda grabó el último disco, volvió a llevar a su jefe a un escenario, dejó así de chiquita una guitarra nueva. Y apenitas después dijo “ya está”. Esa mitad de Cacho Tirao que había hecho el camino de ida y vuelta al cementerio cantó –o, mejor, tocó— diez de última y se llevó a Cacho Tirao entero. ¿Para qué más armonías, escalas, discos, viajes y conciertos?
Poné stop, que terminó la historia. O, si querés, seguí escuchando el diario.

Publicado en el diario La Unión del 5 de abril de 2012.

jueves, 29 de marzo de 2012

Terence Hill

Mario Girotti nació en Venecia, Italia, el 29 de marzo de 1939.


El sueño del pibe –del “muchacho”, para ponerlo en términos de cine clásico— era conocer a Jack Beauregard. Al gran, el incomparable, Jack Beauregard, el pistolero más rápido del far west, legendario cowboy que desenfundaba, disparaba y guardaba sin que se viera que el arma hubiera salido de la cartuchera. Beauregard peleaba contra bandidos y maleantes y contra la fama que, a su edad, le impedía retirarse. Todo el tiempo, alguien lo provocaba o lo retaba a duelo sólo para convertirse en “el hombre que mató a Jack Beauregard”. Y a él no le quedaba otra que seguir batiéndose y matando. Tenía que desconfiar hasta del peluquero –del barbero, según se le decía—y hacerse afeitar a punta de pistola.
El muchacho sin nombre se hacía llamar Nadie. El chiste era obvio: “Nadie es más rápido que Beauregard”. Pero el pibe no quería batirse contra él sino con él. Y derrotar, los dos juntos, a los bandidos del terrible Grupo Salvaje.
Acá la película se llamó “Ahora mi nombre es Nadie”, traducción de los originales “My name is Nobody” e “Il mio nome è Nessuno” –como tantas en su género, la película se editó oficialmente en dos versiones, en inglés y en italiano—. Y fue una mamushka rusa de botas, chaleco y pistolas humeantes, símbolo de un antes y después dentro de otro. Nadie era el muchachito que venía a ocupar el lugar del ya vivido Beauregard. El western spaghetti  cerraba su círculo como la variante moderna a las legendarias aventuras de John Wayne, Alan Ladd o Henry Fonda. Y, en los roles estelares, el propio Fonda era el veterano en retirada y Terence Hill la estrella que acá se instalaba como héroe a la par, quizá, de Giuliano Gemma y ningún otro.
“Yo trabajo solo”, le remachaba Jack a Nadie, pegado a él como un monitor. Pero, al fin, era inevitable que enfrentaran juntos al Grupo Salvaje. Beauregard supo que el jefe de la pandilla había matado a su hermano, Nevada Kid. Ya tenía un motivo. Nadie hizo los arreglos necesarios y así llega la imponente escena de los dos justicieros frente a la horda de salvajes, acertándoles con sus balas y haciendo estallar la dinamita en sus monturas.
Hill, que venía de reventar taquillas con las dos entregas de Trinity en las que junto a Bud Spencer destrozaban el falso Oeste a trompadas y tiros, siempre evaluó esta de Nadie como su gran película. Aun cuando las anteriores fueron tan populares que los viejos fans de barrio siguen refiriéndose a “Ahora mi nombre es Nadie” como “la mejor de Trinity”. Aun cuando con el gordo Spencer hizo historia en 17 filmes que fueron del Oeste a Miami, Brasil o España. Desde 1968, cuando emergió a pistoletazos, Hill fue siempre aquel muchacho polvoriento bajo el sol rajante. Y sus personajes posteriores, la curiosidad de ver a un cowboy disfrazado de millonario, policía o cura. Y aun después de haber devenido actor de carácter y hecho de Lucky Lucke y Don Camilo.
En el momento culminante, Nadie y Beauregard se baten a duelo en la avenida polvorienta frente al saloon. Nadie es más rápido. Beauregard cae. Pero es un tongo. El viejo Jack se hizo el muerto y ya sin fama ni familia, vida pública ni pesados a su alrededor, navega rumbo a su jubilación en el Viejo Mundo. Nadie ocupa su lugar. Es quien ahora desenfunda como un rayo frente a maleantes o provocadores y esquiva balas a movimiento de cintura y cuello. Y, claro, no confía ni siquiera en el barbero.

Publicado en el diario La Unión del 29 de marzo de 2012.

jueves, 22 de marzo de 2012

Karina Jelinek

Karina Olga Jelinek Yamaguchi nació el 22 de marzo de 1981 en Villa María, Córdoba.


Ella se llamaba Olga y no quería que nadie lo supiera. Olga era un nombre sin glamour, de vieja, de fea, maldita la hora en que su padre austríaco le había puesto Olga, Karina Olga. ¿Por qué no Karina Giselle? ¿O Karina Belén? Nadie más que quienes lo sabían tenían que saber que ella se llamaba Olga. Pero a alguien se le escapó. La tele todo lo puede y la insistencia cómplice del productor de un programa fue suficiente para hacerle abrir la boca a algún allegado bocina. Cuando Pettinato le preguntó “¿no te gusta que te digan Olga?” ella no supo qué responder. No podía decir que sí, siempre se había negado a llevar ese nombre. Tampoco que no, porque era cierto. Como tantas veces, no supo qué pensar. No supo qué hacer. Se fue.
Ella le vendió la exclusividad de la imagen de su culo a una marca de pastillas para adelgazar. Y por mucho tiempo no pudo mostrarlo. Lo tenía embargado. Se entregó, entonces, a las gorgonas redondas de su pecho, tan imponentes y artificiales, iguales a tantas otras de otros pechos, iguales una a la otra. Durante algún tiempo ella fue frente sin dorso. Y fue como si a Piazzolla le hubieran escondido el bandoneón o a Palermo, prohibido patear al arco. Trasero esquivo… Todo por culpa de una exclusiva.
Ella supo pronto que muchas veces no sabía qué contestar. Y aprendió un comodín: “Lo dejo a tu criterio”. Desde entonces lo usó para todo, ya fuese que le preguntaran si era mejor como actriz o como modelo, si le parecería bien hacer un “desnudo cuidado”, qué opinaba de las recientes declaraciones de Stefanía Xipolitakis o cuál era la capital de Italia. Ella respondía “lo dejo a tu criterio”. Y advirtió que el recurso funcionaba. Y le gustó.
Ella cuenta que no endosó un cheque y le puso dedicatoria, que no mezcló un alfajor con un ácido en la secundaria y que no demandó al tipo que le dijo Olga. Tal vez le parezca elegante decir que no. Ella dice que fue a París “y todos hablaban en Francés” que no es “de la generación de leer libros”, que su nombre artístico “es Karina Jelinek” pero su nombre real es “Karina Jelinek”. Ella…
Ella se casó con un multimillonario de rodete. Fue la princesa rosa de Leonardo. Él le compró anillos de diamantes grandes y caros como el Taj Mahal, autos lucientes y veloces para pasear por Palermo y otros distintos que hicieran juego con Puerto Madero, una mansión con habitaciones en las 23 provincias, tal vez viajes o caprichos. O un kilo de helado en Freddo. O un pony. La llevó de paseo a Miami para declararle su amor en Cancún. Eso es clase. Él no le hacía preguntas, al menos no en situaciones de exposición pública. Y ella, a él, no le respondía “lo dejo a tu criterio”. Enamorados, separados, tatuados o insatisfechos. Qué importancia tiene. Era una historia de amor y mucha plata en la que ella siempre fue, básicamente, un amor.
Ella, ligustro imponente, india oliva japonesa, fatal monumento exótico, flor de upite, flor de tetas para hincarles bien el ojo, partirla en dos como un queso, hacerle saltar los piojos, darle del suelo al pescuezo, pasarla por bayoneta y si quiere gritar, que grite.

Publicado en el diario La Unión del 22 de marzo de 2012.

jueves, 15 de marzo de 2012

Ariel Delgado

José Ariel Carioni nació en Mercedes, Corrientes, el 15 de marzo de 1931. Murió en Buenos Aires el 16 de octubre de 2009.


Era una voz sin cara. Mirá qué curioso: en ese catálogo panóptico de todas las cosas y lugares y personas que hay y hubo en el mundo que es Wikipedia, la ficha correspondiente a Ariel Delgado no tiene foto. Está bien; no hay imagen. En Delgado, la cara era un extra reservado a los más cercanos. Para el país y el pueblo, en cambio, era esa voz. “Hay más informaciones para éste boletín”. Sí, cierto, en esa oración la palabra “este” no debería llevar acento. Pero así la decía Delgado, atildada y, es más, apretada al “para” anterior, sin el agujero en el medio: “paraéste”. “Paraéste boletín”, decía, muchas veces, no sé cuántas pero en mi recuerdo de yo infante se me hace que unas 20 ó 25 por media hora de informativo, probablemente no fuesen tantas.
Voces machazas se escuchaban en la radio de casa. En Rapidísimo, Larrea. Antonio Carrizo con La Vida y el Canto. Cacho Fontana. Y “hay más informaciones para éste boletín”, sin ni nombre. No había “Show de Ariel Delgado”. Sólo noticias. Delgado fue un hombre que quería difundir informaciones, simplemente, nada menos.
“Un pajarón”, lo calificaban aquellos a quienes les caía mal no el latiguillo de Delgado y el tono monocorde sino también el hecho de que a través de una radio uruguaya –Radio Colonia—y peronista –propiedad de Héctor Ricardo García—, chicaneara las prohibiciones del gobierno argentino que por algo era que prohibía. Delgado daba noticias, monocorde. Nada más decía. “Hay más informaciones…” y el pronóstico del tiempo. “Hay más informaciones…” y una denuncia de violaciones a los derechos humanos en la Argentina. “Hay más informaciones…” y uno que ganó solo el Prode. “Hay más informaciones…” y la entrega del Premio Nobel de la Paz a Adolfo Pérez Esquivel. “Hay más informaciones” y un terremoto en la India. “Hay más informaciones” y la desaparición de Rodolfo Walsh. “Hay más informaciones…”.
“Buenos Aires. Una junta de comandantes asumió esta madrugada el poder en la Argentina. Tanques y tropas del ejército con pertrechos de guerra ocuparon el casco céntrico de la Capital Federal”. Eso dijo Ariel Delgado el 24 de marzo en la apertura del informativo de Colonia. Dio una noticia, nada más. Así visto parece poco y no lo era. Al mismo tiempo, todos los canales y radios del país transmitían en cadena los comunicados oficiales de la dictadura y la tapa de Clarín decía “Total normalidad. Las Fuerzas Armadas ejercen el Gobierno”.
En septiembre de 1979, una comisión de la OEA visitó Buenos Aires para comprobar las violaciones a los derechos humanos. Delgado quiso informar. En Uruguay también mandaban los militares. Lo sacaron del informativo y le dejaron un micro diario de cinco minutos. Al año siguiente, en ese mini espacio, habló de Pérez Esquivel y Jacobo Timerman. Lo sacaron de Uruguay. Vivió en Roma y en Nicaragua. Volvió con la democracia, trabajó y fue despedido de cuatro radios, siempre por los mismos motivos: querer hablar de lo que no querían que hablara. No sólo los militares censuran; también los empresarios.
Fue secretario de redacción de Crónica y locutor de Crónica TV, después. Pero esta parte del asunto no tiene nada relevante. No se puede escribir “hay más informaciones paraéste boletín” en el encabezado de cada noticia de un medio gráfico. No se puede ocupar un lugar destacado en la televisión cuando uno es una voz y no una cara.

Publicado en el diario La Unión del 15 de marzo de 2012.

jueves, 8 de marzo de 2012

Kat Von D

Katherine von Drachenberg Galeano nació el 8 de marzo de 1982 en Montemorelos, Nuevo León, México.


Me pregunto si alguna vez llega el momento en que algunos tatuadores y tatuados se sienten frustrados con la piel que habitan. Empiezan por hacerse un tatuaje: un dibujito, una guarda, unos ideogramas chinos, el nombre de alguien, Jesús, el Che Guevara, Homero Simpson los más tontos. Siguen. Se hacen otro. Algo que les parece relevante y digno de ser puesto en tinta, algo que le queda bien a su brazo, su pecho, su espalda o el nacimiento de su culo, algo nuevo, algo azul, algo prestado. O están aburridos de verse como se ven y ¡fa! un tatuaje. Hasta que un día quieren otro y ya no tienen dónde. Entonces, pienso yo, se frustran, se dedican al grafiti o la pintura decorativa, se dividen la lengua en dos o se pintan las uñas.
Kat Von D es la más famosa de todos los tatuadores del mundo. Aparentemente lo hace muy bien. Además, da linda y sexy en la tele, muestra el ombligo, tacos altos, boca roja, pelo raro, y le sobra para que LA Ink, el inverosímil reality que la exhibe día tras día en su negocio sea un éxito en muchas partes. Acá es marginal, sólo para fanáticos o entendidos, está a la cola de la grilla del cable. A Kat todavía le queda algo de espacio como para no frustrarse. Tiene un fárrago de dibujos y letras en piernas, brazos y manos, cuello, pecho y espalda, 21 estrellas bordeándole la izquierda de la cara y un rayito que viborea al lado del ojo derecho. Es hija de argentinos, y la conexión país siempre suma. Funcionó con Roland Orzabal, Roberto Baggio y los novios perfectos Matt Damon y Michael Bublé. ¿Por qué no iba a andar bien con Kat?
En el programa, ella es la jefa que preconiza “todos somos amigos” y trata como el upite a todo el mundo. Está Corey, otro tatuador, su amigo del alma salvo las veces que discuten por qué hora es, o cosa así, y él se va, pone su propio negocio pero después vuelve. También Adrienne, la encargada que basurea a todos pero como no habla nadie lo sabe. Y Liz, que entró de cadeta pero ella quiere ser gerenta de RRHH. Craig, la competencia, un tatuador de saco y corbata que se babea. Amy, que se pinta las cejas a la altura donde a Víctor Hugo Morales le nace el pelo. Y Nikki Sixx, el bajista de Mötley Crüe, circunstancial novio de Kat. Y un montón más de ridículos que van, vienen y desaparecen. Todo parece un montaje. Es Estados Unidos (“esto es América”, dirían ellos): no hay nada que no esté arreglado. Los clientes, la parte menos relevante de la trama, son lo más creíble. Entra un quía de musculosa y pide: “Quiero hacerme este platillo de sopa humeante porque representa el sudor de mi novia que murió en un accidente en un sauna turco y nunca dejaré de amarla”. Las temáticas son otras pero el esquema motivacional es semejante al que podemos encontrar en cualquier local de tattoo de la Galería Laprida. Allá y acá. Marilyn y el Che. Una rosa espinosa y un jazmín del país. La bandera de los estados confederados y la albiceleste. Una Harley Davidson y el escudo del Taladro. Un símbolo apache y una guarda pampa. Un nombre: Debbie y otro: Claudia. Una frase en chino y una frase en chino. Puros argumentos buscados para decorarse como si fuese indigno admitir que simplemente se quieren pinturrajear un poco. Acá y allá casi no hay diferencia. Sólo que acá la gráfica la hace un tipo con piercings, orejas de cocker y pantalones tres cuartos. Y allá la dibuja Kat Von D. Vaya si la dibuja.

Publicado en el diario La Unión del 8 de marzo de 2012.

jueves, 1 de marzo de 2012

Benito Quinquela Martín

Benito Juan Martín, luego Benito Juan Martín Chinchella y por último Benito Quinquela Martín, nació el 1º de marzo de 1890 y murió el 28 de enero de 1977, en la Ciudad de Buenos Aires.


Si lo que dice acá arriba, a apenas una calle de diseño (antes se decía diagramación y sin embargo era lo mismo; debe de haber cambiado el nombre nada más, como cuando le pusieron Tavano a Virgilio) de distancia, es totalmente cierto, va a ser por suerte, casualidad o destino. La verdad es que no se sabe probadamente dónde, cuándo y quién nació aquel marzo. El dónde es una aproximación basada en probabilidad. Si a la criatura la dejaron en la puerta del Hogar de Niños Expósitos, actual Hospital de Niños Pedro de Elizalde (otro que cambió de nombre, como Benito mismo), en  la esquina de Caseros y Montes de Oca, a una cuadra de la estación Constitución, lo más probable es que haya nacido no lejos de allí. El cuándo lo determinaron los médicos del hogar que lo midieron, lo pesaron y concluyeron: “Este chico tiene 20 días”, y era viernes  21. Y el quién fue decisión de los curas que, con autoridad de cura, lo bautizaron Benito Juan Martín, se dice que porque el bebé llegó con un papel que traía escrito ese nombre, o tal vez no. Traía, eso sí, medio pañuelo bordado, la mitad que le tocó guardar del misterio de su origen. Suele suponer la gente que quien guarda un misterio conoce la verdad verdadera tras el velo. Pero a veces no es así y el guardián sólo posee el misterioso misterio. Cuando Benito tenía siete años, los carboneros Manuel y Justina Chinchella se lo llevaron de la Casa Cuna a que fuera hijo de ellos. Y fue Quinquela. Los carbones de la Boca fueron su primera primitiva arma de artista. Y fue pintor.
Marineros y estibadores cargan y descargan ahí del Puente Viejo. Un buque en ruinas se va deshaciendo bajo la tormenta.  Las barcas descansan, se amontonan y se reflejan en el agua todavía posiblemente azul del río. Don Quinquela pintó barcos, Riachuelo, puerto y portuarios. Apenas pintó otras cosas que, de tan pocas, se cayeron de su biografía. Muchas veces al fondo está Avellaneda, el Docke, este lado del río. El escenario es el otro, las Barracas al norte, los colores de la Boca urgentes en su espátula, porque Don Quinquela tras la iniciación pronto desechó el pincel despacioso, cauto y fino. El puerto no es fino.
Es Don Quinquela porque lo aprendimos de viejo. Así está en las fotos, las estampillas y la película en la que Arturo Puig se debate entre la 9 de Boca y Susana Giménez: un duende con cuatro pelos locos y un hongo como nariz crecida por los años, como el de la Canción para los días de la vida. Pero en lugar del violín que nunca calla, la espátula refalosa que sacaba a pasear colores y también era igual a las guirnaldas. Quinquela Martín se hizo viejo en el tiempo que tardó el arte, siempre tan culto, para entenderlo. Entretanto vivió de lo que pudo y a veces de lo que no pudo, expuso hasta por la fuerza e imaginó Caminito de fachadas coloreadas, como una callejuela hecha con todas las cajas de Rasti, allí donde antes había puro cardo y vía.
Como si hubiera querido compensar su primera infancia entre sotanas negras, curas y doctores de blanco, Quinquela pintó al pueblo en mil colores y fue hijo natural del puerto y la Boca.  Obreros, río y barcos que pintó su mano irrefrenable colorearon el ataúd en donde lo acostaron finalmente. La vida no podía ser gris para Quinquela. Menos, la muerte.

Publicado en el diario La Unión del 1º de marzo de 2012.

jueves, 23 de febrero de 2012

Mirtha Legrand

Rosa María Juana Martínez Suárez nació en Villa Cañás, provincia de Santa Fe, el 23 de febrero de 1927.


Hoy también cumple años Silvia, la melliza misteriosa, la que al pasar por un cuartel se enamoró de un coronel y se acuarteló para siempre. Silvia que se llama María Aurelia pero le dicen Goldie, un apodo que le pusieron en familia por lo rubia, aunque de chica rubia no era. ¿Sería rubia de adentro, como dice Mirtha que es ella, de adentro y de afuera? Goldie, remoquete en inglés porque qué bien suena lo inglés, no como “rubia” español, anodino, casi submundano, aunque Chiquita, todo frescura y gracejo, después contó que en realidad al principio a la hermana la llamaban Gordi. ¿Habrá envidiado Mirtha ese Goldie elegante y británico al lado de su Chiquita tan de solero y mate en la vereda? Mirtha tenía un esposo francés. Silvia, uno de uniforme. Mirtha, de uniforme, tiene a sus mucamas. ¿Qué envidiará Silvia de Mirtha? ¿Tendrá en su recoleta casa de zona norte buena luz artificial que disimule sus arrugas? ¿Envidiará tal vez la pleitesía de Luis Aguilé? ¿Soñará que una locutora la presenta en off cada vez que entra por el pasillo del vestidor al living? ¿Se peinará con Roby apenas levantarse? De Silvia nada se sabe. Es una señora, meramente. De las que no salen en los diarios salvo que las pise un 266 y a veces ni siquiera. ¿Almorzará sola Silvia? ¿Pondría Canal 2 para ver qué prepararon de comer en lo de su hermana? La locutora dice “hoy tenemos ensalada de suaves hojuelas de caléndula, entrecot a la Rogullard con papas jóvenes y glaseado de foie gras y, de postre, trío de chocolates centroeuropeos laminados en oro. Y para el comedor ‘Los morochitos felices’ 200 raciones de polenta y un cajón de naranja de ombligo”. Y quizá Silvia, a mitad de camino entre los dos menús, coma su milanesa de pollo sentada en la cabecera, sola. Pero esta noche, ¿quién ocupará la cabecera en la cena de cumpleaños? ¿Irá Valeria Gastaldi? ¿Y Juanita Viale dirá “no sé para qué pregunta la abuela si no te escucha y se pone a hablar de otra cosa”? ¿Le dirán Silvia a la tía? Porque Goldie es apodo, pero Silvia es nombre no propio sino apropiado, como Mirtha, aunque ella seguramente considere que es “Mirtha de adentro y de afuera”. “No vayan a decirle Rosa, chicos, por favor, que nos deshereda”, pienso que más de una vez ruega Marcela. ¿Le rendirán culto todos al tótem Mirtha o la dejarán hablando sola del zurdaje, el féretro vacío de Néstor Kirchner, Astiz y las pelotas de De Vicenzo? “Me tiene podrida con todos los PNT que mete antes de servir la cena. Hay que aguantarle los chivos de las joyas, los zapatos, el centro de mesa, el desodorante de ambiente, y al final la colita de cuadril mechada la comemos siempre fría”, calculo que le reclamaría en su momento Eugenia Suárez a Nacho Viale, después, de madrugada, mientras descorría el cubrecama. No debe de ser fácil para ninguno. La señora piensa, seguro, que es la mejor anfitriona, buena conversadora –excelente entrevistadora, por supuesto, si lo dijeron Blanc y Lafauci— la más elegante, graciosa, divertida, “canchera”, moderna, buena madre, tía, abuela, buena vecina, inmaculada, generosa y joven. ¿Tendrá ganas Goldie, hoy, de ponerse los tacos y comer con la hermana? ¿O también ella estará harta?

Publicado en el diario La Unión del 23 de febrero de 2012.

jueves, 16 de febrero de 2012

Roberto Mouras

Roberto Mouras nació el 16 de febrero de 1948 en Moctezuma, Partido de Carlos Casares, Provincia de Buenos Aires. Murió el 22 de noviembre de 1992 en Lobos, Buenos Aires.


Están locos. Van en procesión allí donde haya una carrera. Miles. Llegan un par de días antes. Acampan. Pruebas, series, final. No se pierden nada. Escuchan pasar a cada auto que pasa mientras tiran a la parrilla chorizos y falda y, ahora que la cosa está mejor, asado o vacío. Comen sánguches en pan francés, milanesas frías, chupan naranjas. Hay de todo y providencia de bebida. A la noche van al lugar al que haya que ir del pueblo donde estén y se encuentran a ellos mismos. Algunos van con su coche a 180, por esas 15 cuadras. Otros no. Capaz que una de esas noches eligen la reina del pueblo, votan, y quizás uno con un poquito de chapa hasta es jurado, aunque la reina ya está elegida, es la que dijo el intendente. El domingo es la carrera. Hinchan por Chevrolet o por Ford. Chevy contra Falcon. Un clásico raro, encarnado en autos de otra época, que no se fabrican más pero siguen compitiendo para ver cuál va más ligero. Como si Boca y River siguieran jugando el Superclásico año tras año con los mismos jugadores de aquellos tiempos, Passarella y Alonso de un lado, Mastrangelo y el Chino Benítez del otro, sesentones, y la cancha siempre llena da fanáticos enajenados, algunos de los cuales ni cumplieron los 20.
Pasan los Chevrolet y los Ford. Rruuummm. Es un segundo. Menos. El que va arriba no importa tanto, es una circunstancia, lo que vale es la marca del auto. Pocos llegaron a imponerse y valer más, para ellos, que el coche que piloteaban. Por ejemplo, Mouras. Rruuummm. Pasaba el auto y ellos en loquecían (locos enloquecidos) porque era Mouras. Rruuummm. Un segundo, o menos, y a esperar un rato para volver a verlo ese instante al pasar. A veces, sin saber si iba primero, segundo, tercero o nada. Porque en la época de Mouras muchas carreras se hacían en pistas armadas en la ruta, triángulos aprovechando una encrucijada mixta de caminos, o una recta para allá, la vuelta en U y otra recta para acá por el carril opuesto. Y los autos largaban por tandas y les tomaban el tiempo. Ellos sabían que Mouras iba rápido pero no cómo iba. Hubo carreras, Grandes Premios en varias etapas, en las que ni él sabía, que los pilotos le metían todo lo que podían hasta el final y ahí uno les decía “ganaste” o no. Ellos, igual, se acostumbraron a que Mouras, lo supieran o no, casi siempre iba primero. Ganó 50 carreras de TC. Solamente Juan Gálvez ganó más que él, pero nunca seis seguidas como el Toro en el 76. Mouras ganó cuatro campeonatos y perdió ese del 76, la ciencia no puede explicar cómo. Fue ídolo hasta corriendo en Dodge, algo así como jugar para Lanús un campeonato en el que están Boca y River. Peinaba la pista con raya al medio, de tan elegante para manejar esos trastos de fierro a 250 por hora. Un Scalextric. Eso decían que parecía el auto de Mouras.
El domingo aquel, en Lobos, chau asado, naranjas, providencia y escaléctric. Se rompió una goma y la Chevy se independizó de las manos del Toro, libertad inmadura de auto loco que terminó contra un talud de tierra. Chau carrera, también; se suspendió y ganó Mouras, que iba primero y murió yendo adelante. Veinte o treinta mil lloraron en vivo y en directo, hinchas de cualquier marca, y muchos más siguen hoy, a 20 años, renegando por su ausencia. Esa tarde no hubo joda ni coches a 180. En la carrera siguiente sí, seguramente.

Publicado en el diario La Unión del 16 de febrero de 2012.

jueves, 9 de febrero de 2012

Víctor Sueiro

Víctor Sueiro nació el 9 de febrero de 1943 y murió el 20 de junio de 1990 y el 13 de diciembre de 2007, en la Ciudad de Buenos Aires.



Tía Estela,
te escribo ahora que no estás con la ilusión de que puedas leer esta carta y perdonarme. Es improbable, pero siento que aun así tengo más chance de que atiendas a mis palabras que cuando estabas en casa, conmigo. Era difícil, Tía Estela, hablar con vos sólo durante las propagandas e interrumpir cualquier argumento apenas aparecía la placa del 13. Cuando llegaba el otro corte uno ya había perdido el hilo, tenía que empezar de nuevo. Sería por eso, Tía, que nos pasamos la vida discutiendo sin ponernos de acuerdo. Y ahora que estoy solo pienso que tenías razón. Y me gustaría que lo supieras; qué meta absurda, ¿no, Tía Estela? El equivocado era yo.
¿Cómo le podías creer a Víctor Sueiro, inventor de noticias, fenómenos, entrevistas y entrevistados? Eso pensaba yo y te lo decía a los gritos. Y vos: “Yo le creo. ¿Por qué no puede ser cierto?” Vos con tu irracionalidad inquebrantable que me volvía loco. Sueiro le decía “la mamita” a la Virgen María (a mí me hacía reír porque me acordaba de Francella con Silvia Kutika en “De carne somos”), televisaba cielos santos con dos soles, jesuses que lloraban, sanaciones milagrosas. ¡Sueiro decía que se había muerto asomado al Paraíso y vuelto! Me volvía loco. Y vos: “Para mí es un buen hombre. Tendrías que ser menos incrédulo”. Loco, Tía, me ponían él y vos. ¿No te dabas cuenta de que ese tipo, mucho antes de sus milagros, había sido de los que sostenían, en la revista Gente, que la verdad es lo que sale en la nota y no a la inversa? ¿Que antes de relatar a la mamita le escribió los libretos a Olmedo? ¿Que según sus muchos amigos era divertido y ocurrente? ¡Ocurrente, Tía! ¿No te dabas cuenta? Pero, claro, todo esto no te lo podía decir porque aparecía la plaquita de “La Tele” y vos “¡sshhh!”, me mandabas callar, que volvía Víctor con sus misterios y milagros. Me daba bronca, Tía. Pero ahora que no te tengo conmigo me doy cuenta de que estabas en lo correcto. Porque, ¿qué es la vida, Tía Estela, sino lo que percibimos? Lo que uno siente es lo que es. Yo decía que Sueiro era un mentecato. Ahora que veo todo más claro digo que era un tipo tan considerado que nos daba la posibilidad que él no tenía, de creer en esas maravillas. Porque él sabía todo: lo que se veía en la tele y la parte de atrás, la invención, lo turbio. Nosotros sólo la imagen feliz y, si queríamos, la hacíamos nuestra. ¿Se forró de guita vendiendo sus entelequias? Cierto. ¿Y qué hay de malo? Todos aspiramos a ser bien compensados por lo que damos, en esta vida o en otra. Otros se llenan los bolsillos promoviendo guerras, también en base a ilusiones. Él, a cambio, te daba algo que si lo creías era cierto y te hacía bien. Él fue del otro lado y volvió, prefirió estar vivo y mostrárnoslo. Ser un muerto no era para él. Él era un vivo. El más vivo de todos. Hasta que se murió, claro. Nadie zafa para siempre. Todos seremos polvo, como el Gallego Sueiro, vos y yo tal vez mañana. Pero entretanto hay que seguir viviendo, tía. Honrar la vida. Así que me voy al billar, que los muchachos me esperan. Vuelvo a eso de las 11 y nos clavamos un par de horas de Tinelli que está que arde, ¿te parece? Bah… No sé para qué me caliento en preguntarte, Tía Estela, si vos en tu puta vida leíste dos líneas juntas, lo único que hacés es mirar tele e ir a misa, te vas a morir rezando. Después nos vemos.
Tu sobrino.

Publicado en el diario La Unión del 9 de febrero de 2012.

jueves, 2 de febrero de 2012

Shakira

Shakira Isabel Mebarak Ripoll nació en Barranquilla, Colombia, el 2 de febrero de 1977.


Y ahí está el asunto de Camilo García. Una exageración. Porque, vamos, en televisión todo lo que pasa está arreglado, nada es la verdad, todo se cocina en la oscura tramoya. Los reencuentros de padres e hijas después de 25 años, la mujer que se topa en un talk show con la amante del marido que además es su tía abuela, los votos de Gran Hermano, las infamias de los policías en acción, las peleas de Moria y Pachano y de Fantino y ese muchacho de River, los concursos de Julian Weich. Todo. Armado, cada detalle, para que parezca una verdad perfecta y no se note la costura del guión. Ahí, Rial dice que Shakira es una mierda. Camilo le retruca que para él las canciones son buenas. “Indudablementes sos una mierda igual que ella”, lo crucifica Rial. Bueno, Todo eso está armado por un productor que sugirió “Rial en contra de Shakira. Camilo, a favor”. La exageración es que, entonces, Rial lo haya rajado del programa –o Camilo renunció, no importa—, que Camilo se haya convertido de frívolo intruso a joven políticamente sensible, que se le supiera víctima de la dictadura. Todo por Shakira. Y porque además las canciones estaban bien. Fijate vos; a veces es difícil entre tanto artilugio. Porque Shakira eligió –o tomó— el camino del guionado. Los estribillos FM híper repetidos (al “loca, loca, loca” número 478 te querés matar, sí). Los ritmos latinos que puedan entender los yanquis. Las fotos en la isla de Caras. Los videos con la ropa mínima necesaria para que sean clips musicales de promoción y no una película de Tinto Brass. Los romances con Piqué. Los duetos con otras tapas de disco de su misma compañía. La colombianidad neocapitalista. Los arreglos a propósito para que venda. El nombre sin apellido. Pero “Ojos así” es una canción, guarda. No es un flan musical hecho con la receta. “Pies descalzos, sueños blancos” también. Hay algo en esas canciones y en otras también, que no suele ser el resultado de Tommy Mottola que se cruza con una chica linda que entona bien y decide construir un éxito. O “Eres”, que lo sacó en el 93, tenía 16 años, desafinado, cantado medio como el culo, pero no es pop melódico, pop latino, o como se llamen esas cosas que endulzan a las chicas de los supermercados. Es rock, rock nacional. Ahí está. Rock nacional argentino hecho en Colombia. Rock nacional como, por ejemplo, Fito Páez, pero que agarró para otro lado. Shakira cuida la imagen casi más que la música. ¿Eso no es rockero? Fito anda en trajecitos rojos de pantalones finitos y anteojos top. Shakira anda con Piqué. Eso es muy rockero. Fito se casó con Cecilia Roth. Shakira de vez en cuando desafina en vivo. Fito… es mucho más rockero, de acuerdo. La cuestión es tan simple como esto: si no te interesa mucho la música, si no te da el mate para escuchar, si sos de los que dejan que la radio elija, entonces Shakira te va a parecer más o menos igual a todas; como artista, una más. Tal vez eso le pasaba a Rial. Si sos de los que prestan atención, escuchan y tratan de disponer de lo que les pasa por la oreja, entonces vas a notar que es distinta. Tal vez eso le pasaba a Camilo. Por eso –eso— odiamos a Rial y queremos a Camilo.
(No, no te pienso ni mencionar, sushi bobo. Ganate los porotos.)

Publicado en el diario La Unión del 2 de febrero de 2012.